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Factoría Disney UNA MAQUINA DE MOLER NIÑOS, por Antonio Llerandi

Walt Disney
Sabemos que todo empezó con la humanización de los animales (copiando a Kipling y su libro de la selva) a partir del primigenio Ratón Mickey, pasando por el Pato Donald y todo el homini zoológico.

Algún avezado investigador sobre la edad media no dudo que podría encontrar pruebas o indicios acerca de alguna maquinaria, utensilio o criterio donde, a inspiración de Herodes, se pondría en práctica una masiva o serial forma de reducir a los menores de manera sistemática.

Sin embargo, en esta modernidad que llamaremos —por seguir la corriente— posmodernismo o era digital, existe un modo sumamente sofisticado y poderoso de hacerlo de una forma no sólo eficaz sino además dotada de una cierta legalidad y sobre todo de aceptación y complicidad pública y masiva.

Aunque usted no lo crea hablo de la Factoría Disney, ese monstruo de mil cabezas que alguna vez comenzó de manera artesanal el gringo de origen español —y dícese que fascista— que le dio su nombre primigenio y que ha permanecido en el tiempo y bien largamente.

Hoy en día ese raro dysneysaurio ha engullido nada más y nada menos que a todo aquel que se le acercara, aunque fuese ligeramente, a su competencia. En sus entrañas cohabitan Marvel, Starwars, Pixar y, su último alimento, Fox.  Lo recientemente tragado es tan grande que por los momentos le está siendo difícil la digestión, pero ahí va. Todo este proceso de ingestión le ha permitido ser el dueño absoluto de TODAS las llamadas ‘películas evento’: Vengadores, Endgame, El Rey León, Alladin, Capitana Marvel, Toy Story 4, Spiderman. Sony u otros semigrandes han tenido que asociarse o ser devorados.

Por otro lado sabemos que todo empezó con la humanización de los animales (copiando a Kipling y su libro de la selva) a partir del primigenio Ratón Mickey, pasando por el Pato Donald y todo el homini zoológico. Los lindos animalitos y sus historias nos fueron inoculando el virus de la sentimentalización sin analizar sus consecuencias. Las neurosis animalizadas, las frustraciones sexuales al no tener pareja sino sobrinos, la orfandad de Bambi; pasando en algún momento a los humanoides y sus maldades, la terrible madrastra, la niña que dormía con siete enanos, o la versión traumatizante de Alicia en un país que no era una maravilla. Pero eso era carboncillo y lápices de colores.

Ahora, con lo digital, la vaina (sustantivo totalizante que me encanta) creció y de qué manera. Son los dueños del cine del mundo, los demás son propietarios de minucias, casi de limosnas, para que no digan que monopolizan la cinematografía mundial. El cine, ese de las salas y las cotufas (palomitas de maíz) ha quedado para ellos. Las familias lo utilizan para sacar a sus hijos de los cuartos donde están encerrados con los teléfonos, computadoras, tabletas y videojuegos y salir, en este caso a los cines, donde lo único o lo casi único que pasan son películas de ‘héroes’. Todos superpoderosos, todos superdotados, todos galácticos.

Ahí desaparecen muchas cosas, sentimientos, salvo uno que otro de amor mal entendido, temores, con exclusión del que nos producen los monstruos, ilusiones, con la excepción de casarse con un príncipe azul. En fin una esquematización tan grande que el ser humano, el de verdad, no aparece por ninguna parte.

Y eso le entra en el cerebrito en crecimiento de los niños y cuánto costará en el futuro revertir esa tendencia y hacerles ver que la vida —la vida de verdad— va por otro lado. Y los padres, cómplices de ese exterminio, quizás porque ellos lo sufrieron también en carne propia, no son capaces de contrarrestar ese daño, poniéndole en sus manos infantiles El Principito, los libros de Julio Verne, de Kipling, de tantos otros, que apuntando también a los menores lo hacen de una manera infinitamente humana, trascendente.

En este caso, y es lo más terrible, la destrucción va por dentro, es una maquinaria que aparentemente deja vivo el esqueleto pero no el cerebro, su principal objetivo.

Y por si el daño masivo no fuera suficiente, nos encontramos hoy en día con una tribu —con un ingrediente de autodestrucción inherente— que la prensa sensacionalista ha calificado como ‘Chicas Disney’. La lista es larga pero para mencionar las más conocidas podríamos citar: Britney Spears, Lindsay Lohan, Demi Lovato, Hillary Duff, Miley Cyrus, Bella Thorne y un gigantesco etcétera. Pobres chicas que han sufrido en carne propia el haberse creído superheroínas y que han sucumbido más a la heroína que a lo super.

Voces alarmadas han estado tratando de hacer un escándalo por la inminente presencia de una parada gay en los parques Disney o la de personajes de esas características en las últimas películas ‘para niños’, sin darse cuenta que el daño está en otro lado, que la máquina de moler niños sigue actuando incólumemente.


Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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