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Escriba con el ácido de la palabra REMEDIO PARA ENCOLERIZADOS, por Silvia Dioverti

Lápices 2Hay artículos, cartas, y hasta relatos y poemas, que escribimos desde la rabia. Y eso está bien. No escribir bajo el imperio de la emoción –como aconsejaba Quiroga en el punto IX de su Decálogo– es bueno cuando esa emoción, esa conmoción puede engendrar, en virtud de su calidad intrínseca, algo duradero.

Pero hay rabias que un severo control de calidad anímico no autorizaría ni para escribir un grafiti. Y, sin embargo, nos incomodan, nos intranquilizan. Para esas rabias de poca monta queda siempre el ejercicio catártico de la escritura.

Si le negaron un aumento de sueldo o le escamotearon un logro, si le atropellaron el auto o simplemente lo atropellaron a usted en el camino de la vida, tan desprovisto de fiscales de tránsito, si tiene hambre y sed de justicia y como los Maderos de San Juan “pide queso y le dan un hueso”, escriba. Cómprese un cuaderno y un lápiz y comience, la imaginación es toda suya. Instale frente a usted cómodamente –o de rodillas sobre garbanzos si lo prefiere– a la persona responsable de su cólera, esgrima el lápiz y, olvidándose de eso que se llama caridad cristiana, arremeta.

Impreque. Dele nombre y apellido a su rabia, no olvide que ya Dostoievski había declarado: “escribo para matar mis fantasmas.” No se quede con la rabia por pequeña que sea, no pocas enfermedades tienen su origen en ella.  No olvide que solo a la ostra le está permitido fabricar una perla a partir de un grano de arena indigerible.

Exprese lo que le duele y por qué le duele, recuerde que el papel lo soporta todo. No se ocupe de la gramática, no busque en el diccionario de sinónimos. Emplee metáforas solo en el caso de que la figura resultante sea más incisiva que la cruda realidad.

Si leyó a Borges y su «Arte de injuriar», olvídelo, usted no está escribiendo para un público selecto, está conjurando a quien lo encolerizó. Refuerce, machaque, atornille las palabras; haga con cada una de ellas un alfiler al mejor estilo vudú y cláveselo en el mero centro del pecho a quien es responsable de su cólera. Desfóguese, no pierda de vista el objetivo, no se vaya por las ramas, vaya directo a las raíces: rocíelas con el ácido de la palabra para secar ese retoño del mal antes de que se convierta en bosque. Haga de la palabra un ariete y verá caer hecho añicos el muro de su ira.

Si usted no es un profesional de la escritura y si ya apaciguados los ánimos se salva de la debacle alguna frase feliz, considere la posibilidad de meterse a escritor. Muchos hay que con menos que eso tienen varios libros publicados. Lea en voz alta una y otra vez lo escrito; actúe, sobreactúe, dramatice. Y cuando a fuerza de ser dicho y redicho no le quede nada por dentro, entonces ría. El viento de una gran carcajada dispersará los papeles de la cólera.

 

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