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Esa formación imaginaria de la letra LA NOVELA QUE GESTA LA HISTORIA, por Fernando Yurman

Miguel de Cervantes Saavedra
Pero fue Cervantes y su orbe los que crearon el Siglo de Oro, no al revés.

Suele afirmarse que la historia es mejor ilustrada, interrogada y entendida por la literatura, no por la filosofía o por la misma historia. Su estofa recóndita es siempre narrativa. El relato histórico no puede escapar a las leyes de la sintaxis o ignorar la semántica. Aquel aforismo “no hay historia solo historiadores” observa todos los documentos y monumentos flotando rigurosamente sobre el lenguaje. Walter Benjamín sospechaba que el historiador podría ser un trujamán, un ventrílocuo con hábiles trucos teóricos sobre la anticipación y la anterioridad narrada. A cambio, el novelista, menos pretencioso de una verdad, puede narrar desengañando. La novela logra ese toque revelador de linterna exploradora que apreciamos en Balzac o Stendhal con la burguesía francesa, en Dickens con la revolución industrial, en Dos Passos con el sueño norteamericano, en Cervantes con la hidalguía española, y en otros con una realidad creada que parece preexistirlos.

Pero fue Cervantes y su orbe los que crearon el Siglo de Oro, no al revés. Quizás el lustre fetichizado que se había otorgado a la historia soslayó que la novela también crea la historia, la va fraguando con sugerencias sorprendentes pero irrefutables. Esa formación imaginaria de la letra, plena de convicción emotiva, pero sin fundamento palpable, tiene el mayor efecto ‘historizante’ sobre los pueblos. Como testimonio rotundo viene al caso la invención de ‘pueblo’ o ‘nación’, entre otras ficciones indetenibles, vastos entes imaginarios que mueven montañas.

La invención de la historia

Un ensayo pretencioso de Shlomo Sand, tiene el oportunista título de La invención del pueblo judío. Las premisas que emplea son correctas, tomadas de Benedict Anderson y otros estudiosos que analizaron el sustrato imaginario de las comunidades, pero las aplica solo a los judíos y su conclusión es un nido de sofismas. Supone que los otros pueblos no son inventos. El profesor Sand sigue el espíritu de Renan, que lograba una tímida afinidad con Taine y a la postre con Gobineau. Para Renan, Jesús no podía ser judío, para su alambicada espiritualidad la figura venerada rechazaba esa identidad. Las captaciones de esencias estaban de moda, y los avezados intelectuales olfateaban rápido los perfiles. Esa voluptuosidad del siglo XIX prefería la mitología nacional en vez de la bíblica, y la búsqueda de los orígenes era una inclinación romántica; la expansión política de esta sensibilidad mereció aquella justa burla de Macaulay “decir que hay un gobierno esencialmente católico o protestante es como decir que hay una manera católica de hacer compotas o una equitación fundamentalmente protestante”.

Hoy se olvida que esos afanes imaginarios, trasmutados en pasión publica, desembocaron en el nazismo. Hay una diferencia entre el cálido sentimiento de Herder por la particularidad y el impulso discriminador de Renan, entre la literaria relación del gaucho con la pampa que hizo Sarmiento y el paisaje con alma francesa de Taine. Es fácil resbalar tratándose de los sentimientos oscuros de lo particular. Lo cierto es que no hay pueblos o entidades colectivas duraderas sin mitologías, nada indica que Inglaterra debe ser teológicamente de los ingleses o que los ingleses deberían estar en Inglaterra. Si se quita el azar étnico, su mezcla arbitraria y se separa la mitología de una presunta historia real, lo que queda es simple intolerancia a la textura imaginaria de la realidad humana. La idea de pueblos originarios es ingenua, tentada por el fascismo, y una ilusión tan postiza como las otras. En lo que mas se parecen los pueblos es en la ilusión de creerse distintos, y para sí mismos todos terminan en originarios.

No cabe duda de que Borges, por ejemplo, descifró buena parte de la historia argentina, pero antes fue inventada más arbitrariamente por Echeverría, Mármol, Alberdi, Sarmiento, Hernández, Hudson, Lugones, grandes narradores de lo que debía haber pasado en ese incierto país. Ellos configuraron los fantasmas precursores, y los lectores fertilizaron con otras especies ese lecho narrativo. Cuando Macedonio Fernández, con sonriente agudeza, observa que los gauchos están en la pampa para divertir los caballos, nos iluminaba con su humor este costado de una escena ignorada, la trama desconocida de la mítica realidad criolla.

La novela que repta

Al repasar las generaciones de fieles que estudiaron la sagrada teoría de Marx, el intento heroico y patético por extraer las leyes de la historia de una Torá de los impíos, es difícil no recordar el intenso carácter ficcional de la obra. Las frases reverberan sobre las pasiones que inventaron Hugo, Dumas, Musset y otros hijos de ese siglo. Heinrich Heine, amigo de Marx, reconocía su vocación literaria, pero advertía su inclinación de héroe sombrío. Quizás Edmundo Dantes, el justiciero y vengativo Conde de Montecristo, fue una de sus musas. Desde las sombras sostenía parte de la irritación crónica de Marx. Otro influjo que avivaba su pensamiento procedía de Los Miserables, el ímpetu que Víctor Hugo había divinizado para siempre en las barricadas (las metáforas de oleaje revolucionario, corrientes históricas que que chocan anegan el espacio social, derivan de esa escena). Estos dos románticos se fundieron en una novela imaginaria (en el más certero sentido freudiano), que atravesó muchas biografías. Abarcó en su drama tanto a Friedrich Engels, sordo rival de un padre exitoso como empresario textil, como al furibundo Marx, cuyo matrimonio con una aristócrata alemana no le solucionó el problema doméstico. Los dos pensadores no tenían ni cadenas ni trabajo que perder, vivían de sus protectores. Compartían el mismo narcisismo exacerbado que los arrojaba a las comparaciones inevitables. Sus voces guardan el tono querellante, el ingenio aventurero, de las patologías románticas. Sus argumentos son impetuosos, una esgrima de sospechas y revelaciones que pretendían modificar la realidad en vez de intentar comprenderla como otros simples mortales. La propia acumulación de reconocimiento histórico, la avidez panfletaria, procuraban el nuevo Partenón de la época que ayudaron a inventar. Como a tantos participantes de la gaseosa filosofía alemana de entonces, los devaneos de Hegel había suministrado un ideal erotizado del pensamiento, una novela del ‘pensar’ curiosamente embanderada con ‘la materia’. La declamación obsesiva, religiosa, sembró multitudes, no a pesar de las normas rígidas y categorías sagradas, sino por su ejercicio, una fe que ofrecía el opio más barato.

Es cierto que del carácter novelesco de los textos de Marx no deriva automáticamente el autoritarismo estalinista o maoísta, el régimen coreano, cubano o venezolano. Eso requirió otra novela, El estado y la revolución, el manual leninista para llevar al matrimonio aquellas pasiones. Separar ese fondo emotivo tiene costos, el minucioso Althusser procuró convertir en ciencia la teoría marxista, higienizarla de ideología, despojarla de sus pasiones, pero se le colaron por la ventana de la locura y terminó asesinando a su mujer. Las pasiones también alcanzaron a Garaudy, otro teórico voluntarioso, y sus ensueños hoy sostienen la ultraizquierda fascista de Melanchon en Francia. El país de la ilustración y la razón es también el país de las letras trepidantes, y Lamartine ya prevenía sus contagiosas pasiones a Hugo. No casualmente Madame Bovary, la novela moderna fundamental, termina en una condena de las novelas, escena postrera casi igual a la de Cervantes sobre la muerte de Alonso Quijano, el bueno, que había sido Quijote en su desvarío.

En algunos casos, la novela leída era recibida por la narración imaginaria ya instalada. La mezcla de voces luego parasitaria al héroe, como quizás ocurrió con los personajes folletinescos de Eugenio Sue o Knut Hamsum y la biografía reivindicativa que se inventó Hitler. La misma fábula que luego noveló el inescrutable pasado alemán de las multitudes. En otros, la novela circulaba por entregas, cambiaba de mano y hacía historia con portadores involuntarios de la ficción. Un caso interesante es Jean Paul Sartre, uno de los pensadores más lúcidos de su tiempo, acostumbrado a pensar en contra e incorporar la subjetividad en los análisis políticos. Ofendido por la incipiente tecnología, observó que la bomba atómica era antihistórica. Nadie entendía lo que había querido decir, pero había una historia, una novela propia, donde ese capítulo no entraba. También en su obra Las manos sucias ilustró la razón por la que el estalinismo es perdonable, incluso bueno en sus errores, como asimismo postula su ensayo El fantasma de Stalin. Es un caso de un filósofo, novelista, ensayista de la literatura, encerrado en una novela univoca, una ficción inscrita que lo pensaba, pero él no podía leerla.

La letra que circula

Una fulminante revelación cabalística, acaecida a finales del siglo XVII, permitió al profeta Natán de Gaza entrever en el enfermo bipolar que llegaba como huésped desde El Cairo su condición secreta de Mesías. Como en un cuento de Borges, Sabetai Zevi, el inadvertido viajero, empezó a predicar convencido con plenitud la redención aludida por el otro, y prometió incluso un ejército libertario para el oprimido pueblo judío. Su trastorno se avenía al personaje y facilitó una amplia convocatoria de apasionados creyentes desde Salónica hasta Holanda. Como psicótico con algún rasgo de sensatez, este mesías también se hizo musulmán cuando el soberano de la Sublime Puerta lo conminó a convertirse o morir. La apostasía no impidió que sus seguidores la pensasen como una sofisticada expiación, un mandato secreto que incluía un nuevo marranismo. Su legado, como precursor del sionismo histórico, ya estaba sembrado. Fue derivado de las letras cabalísticas del siglo XVII, perduró y volvió en el siglo XIX con las letras seculares de George Eliot en Daniel Deronda, quizás la primera novela sionista moderna. Teodoro Herzl, en un ensayo que también procuraba la novela, escribió al finalizar ese siglo El Estado judío. Un proyecto tan imaginario para un aristócrata asimilado e ignorante del idish y el hebreo, que lo pensó materializar en Uganda o Sudamérica. Zeev Jabotinsky, quizás el líder sionista de mayor incidencia histórica del siglo XX, recogió esa antorcha letrada. Era cultísimo políglota, periodista, novelista, pensador político, conferencista y además sabia el papel de la mitología en la memoria histórica. En 1920, luego de arribar a Jerusalén con la Legión Judía, que había improvisado con ceremonial destreza y perspectiva política, estuvo preso de los mismos ingleses que lo habían ayudado. En la prisión se dedicó a traducir La Divina Comedia. Escogió el texto con el que Dante inventó una nación y si no toda Italia, al menos a los italianos. No era casual para un nacionalista como Jabotinsky, que no desconocía a D’Anunzio y sabía del fervor nacional que convocaba el fascio. El 1926 escribió una novela sobre la antigüedad, la identidad judía y los filisteos. La trama fue llevada al cine en 1949, un año después de la Independencia de Israel, por Cecil B. De Mille y titulada Sansón y Dalila. El filme comienza con un discurso que permite entrever las ideas de Vladimir Jabotinsky, muerto nueve años antes, más que al guionista Laski. Fue quizás la primera muestra de identidad judía nacional que formulaba Hollywood, en el territorio bíblico y a través de Sansón.

En su cuaderno de la guerra de guerrillas, la seca prosa del Che Guevara relata un íntimo momento en el monte, cuando frente a la proximidad de la muerte recordó el personaje de Jack London que enfrenta con coraje su desenlace en la nieve. El recuerdo fue preciso, Jack London, el aventurero que editó libros con fortun y que junto con Joseph Conrad era uno de los narradores mayores de la aventura romántica imperialista. La épica de London nutrió Hollywood, con el que convivió antes de morir, y su aventura en Alaska y los mares en busca de fortuna fueron la gloria del hombre blanco. Lo que quizás no contradice su protesta socialista, considerada blanca entonces. Es difícil saber qué novela o filme de aventura ha creado el imaginario de muchos guerrilleros, qué Tesoro de la Sierra Madre los empujó al monte. Sin duda, estaban más cerca de Hemingway o de John Red que del abstruso Hegel, de John Ford o de Huston que del radical Jean Luc Godard. En algunos casos perduró el guion original de la ideología, pero la industria de drogas y secuestros que degradó en Colombia esta narración sostiene el dinero y el poder más que las ideas. El caso de Venezuela no es igual, no fue invadida imaginariamente por una novela, los delincuentes y estafadores del chavismo usaron una telenovela. La pasaban por capítulos, sin creer en ella, como un remedo de la exitosa Por estas calles, melodrama televisivo que la virtud locutora de Chávez continuaba con categorías políticas.  Sea como fuere, todo indica que la novela más que reflejar la realidad la crea, es su auténtica productora, y la única crónica posible de la historia parece la novela misma.

La realidad y la letra

Una de las maneras de explorar las fuentes ciertas de la realidad, esa mezcla hipotética de sólidas resistencias, fantasías, ensueños y deseos es reencontrar la sorpresa, el chiste o el desatino iluminador al estilo de Macedonio. Sucedía ese espléndido fogonazo con aquella mesa de disección y la máquina de coser, pero un surrealismo por prescripción no ofrecería el mismo resultado. La poesía tiene una extraña capacidad para encenderlo, y suscitar un preñado silencio cuando se apaga, pero por su misma delicadeza no puede llevar sus faroles a la vida pública. En cambio, hay encuentros extraños, escondidos o fugados a los lugares más imprevistos de un relato, con salidas y un rodeo para entrar de nuevo.

Stephen Crane, demasiado joven para participar de la guerra civil norteamericana, escribió La roja estrella del coraje, la crónica del frente más fiel para los genuinos veteranos. Stephen Crane constituyó esa memoria colectiva desde la letra de su imaginación. Al revés, Lewis Wallace peleó airosamente con las tropas de la Unión, terminó como oficial laureado, y luego gobernador de Arizona, pero no relató sus fatigosas campañas. De su vasta experiencia bélica escribió una enmarañada y popular novela de aventura histórica para adolescentes: Ben Hur. El libro ilustra un derrumbe civilizatorio fácil de comparar con aquel sur llevado por el viento, y le canta honor a la derrota, pero en la antigüedad. En el caso anterior, la literatura selló la memoria de la Guerra de Secesión. En este la guerra gestó una literatura histórica, pero sobre otra antigüedad que escondía el pasado del presente. Todas las direcciones se cruzan, no solamente la vida debería desembocar en novela, como planteaba un romántico, sino que la novela nos exige culminar en la vida. La novela imaginaria que Freud detectó en los neuróticos, ese fantasma fundamental, venía apropiándonos desde muy lejos, en grandes tamaños y muy hondo. La pos-verdad, el universo de fakenews, la expansión de la mentira pública, la bulliciosa fragmentación, no sustituyen las novelas, están organizadas sobre sus sinuosos espectros. No es todavía claro si la mirada matinal a la pantalla para saber del día, en vez de abrir la ventana exterior sobre la calle ‘real’, es más novedosa que la decimonónica espera de la diligencia en las aldeas rurales inglesas para recibir el periódico y el folletín por capítulos. Los detallados episodios de Dickens también contaban a la gente ‘su’ realidad y moldeaban las noticias que vivían.

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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