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Entrevista al cardenal Baltazar Porras “HAY QUE OÍR, SENTIR Y COMPARTIR EL CLAMOR DE LA GENTE”, por Inés Muñoz Aguirre

Cardenal Baltazar Porras
“Urge atender a los niños recién nacidos, a los ancianos, a los de enfermedades crónicas, esto nos tiene que hacer tomar conciencia de que si necesitamos la ayuda humanitaria es porque algo está fallando”.

Venezuela atraviesa una de las más graves crisis que le ha tocado vivir a lo largo de su historia. No solo desde el punto de vista económico, sino en todas las instancias, incluyendo las que podrían ser consideradas de mayor gravedad como las referentes a los valores y a la fe.

Cuando se habla de crisis se habla de peligro, y en la medida en que nos hemos radicalizado como sociedad, donde la política pareciera ser la protagonista  de todo, hemos perdido incluso los referentes más importantes, aquellos que pueden actuar como guías y contención de una sociedad. Cuando se habla de ‘cambio’, es imposible transitar el camino adecuado si con solo ver los gestos y analizar la palabra, entendemos que cualquier ámbito de comunicación se ha convertido en un campo de batalla. Buscando una voz que pueda tendernos ‘un cable a tierra’, me acerco al cardenal Baltazar Porras. Un hombre,que ha vivido la historia de nuestro país durante los últimos veinte años, lidiando con el compromiso de una Venezuela que cuente en todas las instancias, con un liderazgo cónsono con las necesidades de desarrollo.

El Cardenal es un hombre que en estos días, convertido en la ‘voz del pueblo’, ha puesto con serenidad pero con firmeza, temas de gran interés sobre el tapete. De sus declaraciones más recientes me  atrevo a recoger:

“En el 2016 la Iglesia desempeñó un papel de garante a solicitud de los partidos, esto fue un gran esfuerzo por resurgir de la crisis de manera pacífica e institucional, a través de la negociación, entre el gobierno de Maduro y la Mesa de Unidad Democrática. Se pusieron sobre el tapete una serie de condiciones que debían cumplirse, solicitudes indispensables para que ese dialogo se desarrollara de manera fructífera y efectiva. Todos esos intentos, desafortunadamente han sido interrumpidos, porque nunca se cumplió lo acordado en las reuniones. Maduro buscó el diálogo, a través del Vaticano y luego desatendió los compromisos adquiridos. Es importante aclarar que como Iglesia reconocemos que se trata de colocar el bien común por encima de cualquier otro interés. Eso significa llevar adelante un trabajo por la unidad y la paz, pero hay una sorda resistencia del régimen. Hoy, dos años después de todo lo planteado, hay que agregar la evolución de la situación en la que se encuentra sumida nuestra sociedad, se hace perentorio en medio de esta crisis, evitar cualquier forma de derramamiento de sangre. La Iglesia está como siempre con el sufrimiento del noble pueblo venezolano, que parece no tener fin. No podemos obviar que ahora nos encontramos en una situación de una ilegitimidad de origen, por lo que se necesita en este momento escuchar la voz del pueblo. En estas ultimas semanas se nos ha mostrado como los que más salen a protestar son los sectores populares, porque el hambre, la necesidad y la angustia, está en todos los hogares. Esta situación requiere de una solución pacifica. Todo lo que sea llevar a la violencia y a la guerra, o a cualquier enfrentamiento, no conduce a nada”.

¿Muchos se preguntan si la Iglesia debe estar ligada a la política?

Sería absurdo pensar que estamos en un desierto o en una nube. Todo lo que hacemos hoy en día tiene repercusión en la Polis, en la sociedad, en el entorno. No hay duda que los valores religiosos, el de la honestidad, el de la verdad, el del bien común, siempre tienen una relación con la cara negativa que podemos encontrar en el corrupto, en el manipulador, en el que se aprovecha del otro. Ese es un ámbito donde tenemos el reto de asumir que el otro es distinto, pero que el ser distinto no significa que es el enemigo de uno. Que hay que trabajar por él. Somos compañeros de camino y debemos enriquecernos como lo hace nuestro padre, nuestra madre cuando somos pequeños, el entorno familiar.

Entiendo que en ese hacer política, nos habla de la necesaria participación de cada quien para re-construirnos como sociedad…

Yo viví una experiencia de niño en lo que hoy en día es el centro de Caracas, en Santa Teresa, Santa Rosalía, donde vivía y estudiaba, en el colegio Fray Luis de León. Salíamos a la calle, niños y adolescentes que regresábamos a nuestra casa con un gusto y una tranquilidad inolvidables. Con un bulto lleno de cuadernos, y yo no recuerdo nunca que alguien nos hubiera querido asaltar, sino que, por el contrario, uno se saludaba. Todo eso hay que recuperarlo porque no es justo que uno salga a la calle atemorizado, pendiente siempre de qué sombra se te viene encima para atacarte y robarte. Llevárselo a uno por delante. No es justo tener que vivir entre rejas y no querer ver a nadie que no conozcas.

¿Cómo piensa usted que eso se puede recuperar?

Hay una cantidad de experiencias. Cuando se detectan necesidades concretas, eso une a todas las comunidades. Un hueco en la calle no es bueno para quien es mi enemigo, pero también es malo para mí, así que entre los dos tenemos que taparlo. Si lo tapamos entre los dos, pasamos por allí sin ningún problema. Creo que este tipo de experiencia de la ayuda mutua y solidaria se está dando mucho en los barrios, y en esto ayudan mucho las abuelas quienes no solo son madres de sus hijos, sino de sus nietos. Estas son experiencias que hay que multiplicar. Estos son problemas no solo nuestros, así que la Iglesia Latinoamericana ha desarrollado una gran cantidad de programas para la paz exterior y para la paz interior, la del corazón, la que nos abre la posibilidad de compartir y convivir. Eso lo estamos llevando adelante aquí en Caracas con la creación del Centro Diocesano Monseñor Arias Blanco, con la Pastoral de la Esperanza. Para el aprendizaje de lo humano, lo ciudadano, lo religioso y la capacidad de entender que somos protagonistas, que no podemos estar esperando siempre un Mesías que nos saque de abajo. Esta es una experiencia positiva en países  con conflictos de guerra y estoy seguro que entre nosotros que poseemos ese espíritu de alegría, el caribeño, estos programas abren caminos de esperanza.

¿De qué otra forma  avanza el trabajo constante de la Iglesia en nuestras comunidades?

Anoche  en una reunión, me hicieron una pregunta: ¿cuándo la Iglesia se va a ocupar de los niños? Y yo respondí, eso lo hacemos todos los días, no solo con el programa Saman de Caritas, Sistema de Alerta, Monitoreo y Atención en Nutrición y Salud, que se hace en los barrios y responde a un programa internacional para recuperar a los niños desnutridos, ayudar a las madres embarazadas que no tienen capacidad ni para alimentarse ellas mismas, ni para alimentar a sus hijos, sino que tenemos 35 centros que atienden a niños en las zonas más marginales de la ciudad. Atendemos entre ochocientos y mil niños a diario en zonas marginales. Estas son cosas a las que no se les da publicidad. Necesitamos superar aquello de ‘que no sepa tú mano izquierda lo que hace tu mano derecha’, porque en la sociedad globalizada de hoy la existencia de pequeñas buenas noticias, ayudan a que surjan otras buenas noticias. Otro de nuestros programas es La Olla Solidaria, que era un programa temporal y se convirtió en permanente y necesario. Y lo que se consigue allí no es que lo dan unos cuantos ricos, sin duda hay quien colabora, pero cuando ves a una gente que no tiene y que llega con dos papas, con un paquetico de arroz, piensas en la ayuda de la que habla El Evangelio, “esta dio un centavito, pero dio más porque era lo único que tenía”.  Creo que este tipo de experiencia nos debe llevar a ignorar lo que a nivel político se nos ha inculcado, que todo tiempo pasado fue malo, y que ahora es que llega lo bueno. Esos discursos nos crean una especie de incapacidad y nos hace perder la memoria de lo mucho y lo bueno que hemos heredado de nuestros mayores , y que la obligación nuestra es multiplicarlo.

En este momento otro de los temas delicados es el de la ayuda humanitaria…

Yo creo que lo primero que hay que entender es qué es la ayuda humanitaria. Surge cuando hay una necesidad real, y en el caso nuestro es una emergencia humanitaria, que tiene que atender a los más vulnerables. Urge atender a los niños recién nacidos, a los ancianos, a los de enfermedades crónicas, esto nos tiene que hacer tomar conciencia de que si necesitamos la ayuda humanitaria es porque algo está fallando. Ha fallado el sistema o el régimen en el cual estamos, así que la solución se logra cambiando de raíz las reglas del juego, y que estas nos conduzcan a que a través de nuestro propio trabajo podamos conseguir lo que necesitamos para poder vivir mejor.

¿En medio de la crisis qué podemos esperar de la Iglesia?

Que sea un ámbito de base, un recinto de paz, un ámbito de reencuentro que nos permita descubrir que el otro no es tan distinto, que tenemos cosas comunes que debemos potenciar para que nos enriquezcamos mutuamente y alcancemos una sociedad mejor, más fraterna, más solidaria, más respetuosa, amigable y alegre. Desde la iglesia tenemos que vernos hacia adentro. Tenemos que ver oír y compartir el clamor de la gente, conocer sus inquietudes, sus angustias y sus esperanzas, porque esta es la razón de ser de la Iglesia como institución. Tenemos que acompañar a una sociedad como la nuestra tan llamada a la violencia y a la polarización a abrir espacios para la fraternidad y el encuentro entre todos. No podemos dejar que nos roben una de las herencias más importantes que tenemos como venezolanos, que es la de convivir, compartir las experiencias, tanto las positivas como las negativas. No ver al otro como mi enemigo, sino verlo como mi hermano. Al distinto, al otro, pero con quien tengo necesidad de estar para poder abrir un camino para todos.

¿Cómo podríamos contribuir como sociedad a desmontar la polarización?

Pensemos en no hacer al otro, lo que no queremos que nos hagan. Si a uno le molesta que le peguen, que lo insulten, que lo conminen a algo, tenemos que pensar que el otro, está en la misma posición. Tenemos que descubrir muchas pequeñas cosas que a veces no vemos, la solidaridad que hay en los barrios, en los edificios, en las urbanizaciones, en la calle, hay tantas cosas que le dan a uno esperanza. Es cierto el dicho que dice que nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, pero la necesidad de recurrir a lo trascendente, a lo religioso no debe ser solo una catarsis para sentirse uno tranquilo, si no que nos tiene que llevar a un principio muy cristiano, la oración que nos lleva a la acción, y la acción es siempre compartir con el otro. Es la segunda parte del Padre Nuestro, perdonad a quien nos ofende y dar al que menos tiene.

Más allá de los actos de fe, hay una realidad que está allí a la vuelta de la esquina, ¿qué hacer para accionar frente a esa realidad?

Hay que escuchar la voz del pueblo,  es la eterna obligación que tenemos todos. No podemos creer porque estamos en sitios de mando o sitios superiores en la sociedad, que uno tiene la respuesta. Hay que oír siempre, porque esa voz del pueblo es la que nos hace ver que si lo hacemos mal hay que corregir.  Finalmente si lo hacemos mal y se nos está diciendo, hay que seguir el ejemplo de Emparan: “si no quieren mi mando, yo tampoco quiero mando”.

Publicado originalmente en https://elconstructoronline.jimdo.com/entrevistas-1/

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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