Inicio / Destacado / En torno al oficio de escritor UN LIBRO DE EDUARDO LIENDO, por Roberto Lovera De Sola

En torno al oficio de escritor UN LIBRO DE EDUARDO LIENDO, por Roberto Lovera De Sola

Eduardo Liendo 6
Liendo: «La lectura es particularmente importante por cuanto existe una estrecha relación entre palabra y pensamiento, y la manera más precisa y eficaz de su ordenamiento es la lengua escrita».

La Fundación Francisco Herrera Luque convocó el 5 de septiembre pasado al Círculo de Lectura a propósito del libro En torno al oficio de escritor, con su autor Eduardo Liendo, novelista, cuentista y ensayista, acompañado de Gisela Cappellin, escritora, educadora y comunicadora social, bajo la coordinación de Roberto Lovera De Sola. Estas fue la presentación del investigador y crítico literario.

Nada más estimulante para todo estudioso de la literatura que las reflexiones que tejen los propios creadores acerca de su oficio y las alternativas cuando ellos se encuetran ante la página en blanco. Esto es lo que ahora ha hecho Eduardo Liendo (1941) en su libro En torno al oficio de escritor (Prólogo de Eduardo Sánchez Rugeles, Lugar Común, Caracas, 2014. 159 p.) alrededor del cual nos estamos reuniendo esta mañana para glosarlo en esta tertulia.

Antes de entrar en las páginas del libro de Liendo cabe señalar aquellas obras, en nuestras letras, que se ocupan del mismo asunto.

Unos antecedentes

En Venezuela hay reflexiones sobre la novela hecha por algunos de nuestros novelistas. Tales los casos de Guillermo Meneses (1911-1978) en Espejos y disfraces [1];  de José Balza en Narrativa: instrumental y observaciones, Los cuerpos del sueño y Este mar narrativo, la mayor parte de este último centrado en una lectura del Quijote; de José Napoleón Oropeza en Perfiles de agua. En el libro del maestro Arturo Uslar Pietrri (1906-2001) Las nubes destacamos unos hermosisimos párrafos sobre el acto de escribir. También debemos anotar el valor del libro de Ana Teresa Torres (1945) El oficio por dentro, una obra de crítica literaria de factura también impecable. Su lectura nos ha asaltado. Su realización es un inmenso logro. Creemos, por lo que conocemos de las letras hispanoamericanas, que no hay en nuestro continente un libro como este, una disquisición tan cuidadosa sobre un género, producto de la investigación, de las vivencias como novelista y escrito en tan bello lenguaje.

En las letras universales

Hay también otros libros sobre la escritura de ficciones que numerosas veces hemos recomendado en estas tertulias. Muchos elementos para la comprensión de estos asuntos están en obras como aquel magistral libro, poco conocido entre nosotros, no bien leído, del catalán Enrique Vila Matas (1948), Bartleby y compañía, concebido a partir del relato de Herman Melville (1819-1891) que le da título, del mismo autor de Moby Dick (1851). En Bartleby y compañía está el censo y la historia de aquellos escritores que sólo escribieron un libro, destacado casi siempre por la crítica, y no volvieron a publicar nunca. Es esta obra, desde luego también una curiosa teoría de la literatura. Seguiríamos con el de la española Rosa Montero (1951) La loca de la casa, sobre el arte de crear narraciones; con La maleta de mi padre, de Orhan Pamuk (1952), sobre el oficio de escribir y su porqué más hondo y más íntimo. No dejaríamos de mencionar aquí la Carta a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa (1936), en donde concentró toda su teoría y práctica de la novela. Igual cosa hace Stephen King (1947) en Mientras escribo, tan leído aquí por nuestros escritores en formación [2].

El acto de escribir

No podemos dejar de citar aquí un párrafo sobre ese hecho, del maestro Uslar Pietri, en Las nubes:

“Los discípulos de Freud se han referido muchas veces a ese sueño-despierto dentro del cual, con mucho de inconsciente, los escritores crean su obra. Es un estado de trance de suprema tensión de la mente y de excitación de la sensibilidad. Un mirar en los seres y en las relaciones y una embriaguez nerviosa con el licor letal de las palabras. Lo que es lo mismo que la inspiración de los viejos poetas, y también lo que [Jean Arthur] Rimbaud (1854-1897) llamaba ‘hacerse vidente’… De esa hora turbia, en la que el escritor toma en la mano transida la arcilla de crear, quedan, como la imagen espectral de una lejana combustión de estrella, los manuscritos. Están allí marcadas las reveladoras huellas del delirante minuto, la angustiada trama que tejió una frase eterna o la perpetua visión de un rostro humano, y al verlos le parece a uno que se asoma a la hora secreta de la creación, que logra sorprender subrepticiamente al escritor, con la frente en la mano, la mirada introvertida y el lápiz grabando el papel en intermitentes accesos. Acaso hasta se podría adivinar el secreto ritual del escritor, el de aquel que recita la frase en alta voz solicitando ecos, o el que se pasea desazondamente, o el que hace pajaritas, toda la variada serie de tretas pueriles con las que el hombre de pensamiento busca inconscientemente como evadirse de la angustia del trance creador. Lo que queda en el papel es como la huella de un combate en la arena, la honda y atormentada traza inerte de un sublimado esfuerzo que ardió y se consumió como una llama. En este sentido son algunos manuscritos escritura apagada, residuo y ceniza de una luminosa combustión invisible” [3].

En verdad, hoy abría que anotar la trasmutación de los manuscritos por aquello que escribirnos en la ventana de computador, ya que hoy las correcciones desaparecen ante las nuevas versiones de lo que escribe, a menos que el creador imprima cada vez antes de corregir, cosa que pocos hacen hoy.

Con Liendo

Creemos que para entrar En en torno al oficio de escritor debemos comenzar con sus dos líneas finales: ”El escritor… es el amante preferido de la existencia… su mayor desafío es vencer a la muerte con el filo de la palabra” (p.104).

Vayamos ahora al libro que nos ha convocado esta mañana, la bella obra, tan hondamente escrita, que nos ha ofrecido Eduardo Liendo en los últimos meses, En torno al oficio de escritor. Esta apareció paralelamente con su última novela Contigo en la distancia [4], otra muestra de su constancia en el arte de narrar, sobre el cual medita en el libro del que hoy estamos tratando.

Este libro está compuesto por cuatro partes: “En torno al oficio de escritor”, su ensayo central; con uno segundo “Elogio de la lectura”; por un tercero: “Reflexiones de un narrador”. Se cierra con la inserción de diez y siete cuentos suyos, tomados de sus dos volúmenes de relatos breves, El cocodrilo rojo (1987) y Contraespejismo (2007), todos relativos a los asuntos de la creación literaria [5].

Al abrir

Al abrir En torno al oficio de escritor nos encontramos con estos dos epígrafes, el primero de don Miguel de Cervantes y Saavedra (1547-1616): ”Deleitar con el lenguaje y asombrar con la invención”, y el segundo de Virginia Woolf (1882-1941), “Nada es real si no lo escribo”.

Luego sigue con estas líneas:

“Es algo aventurada la tarea de incurrir en generalizaciones para explicar una actividad como la del escritor, en la cual apreciamos el talento del individuo y la singularidad de la obra en un lugar predominante. ¿No es acaso la personalidad artística de un autor lo que más admiramos en su condición? Seguramente son valores singulares los que confirman la genuina importancia de los autores de excepción. Pensemos ahora en Shakespeare y Cervantes, en Flaubert y Kafka, Twain y Faulkner, Dostoievski y Tolstoi, Cortazar y Rulfo, para nombrar algunos imprescindibles” (p.21).

En este primer ensayo, leído originalmente gracias a una invitación de la universidad norteamericana de Colorado, en Boulder (23 de agosto de 1996), presente los tópicos que el trabajo de escritor requiere a la hora de concebir los textos que todo creador invenciona. Ellos son: las características de ese oficio; la condición de lector que debe ser todo creador, esta más tarde la amplía en su libro en “El elogio de la lectura” que nos ofrece; sigue con la voluntad de crear y de estilo; las dotes de observación; la necesidad de investigar sus temas, parte previa al desarrollo de sus textos; el uso de la imaginación; lo que denomina el oficio de vivir; las técnicas y procedimientos que debe usar; lo que hoy se denomina la “literatura de no ficción”, las circunstancias de escritor y sus propias manías cuando está por sentarse en su mesa de escribir, o está frente a la computadora; los medios que usa el escritor; los porcentaje que le ofrece su editor por las ventas de sus obras; el tema de los premios o la ‘segunda piel’ que debe desarrollar todo hombre y mujer de letras.

Una acotación digna de ser escuchada: sobre la llamada literatura de no ficción, muy en boga hoy, escribió Manuel Caballero (1931-2010): “Eso de prosa de no ficción es de lo más ficticio que hayamos leído. No existe tal. Desde el mismo momento en que nos sentamos con la hoja blanca por delante, sabemos que vamos a mentir, y que tenemos el deber de hacerlo, o no diremos nada… La única frase de no ficción que yo recuerde es aquella de ‘la marquesa salió a las cinco’, porque ella es tan solo descriptiva y en efecto, la marquesa había salido a esa hora” [6].

Los tópicos del que escribe

Liendo nos ofrece ello deteniéndose en catorce tópicos. Hay que tenerlos bien en cuenta para llegar a la entraña de lo que este escritor nos comunica en este  libro, una obra que perfectamente podemos tener como un curso de iniciación al arte de escribir.

El oficio

Al referirse al oficio de escribir se pregunta si este no es uno singular; el cual requiere en el que lo practica la condición de lector, porque la literatura está formada por una hilera de vasos comunicantes; por la decisión de crear; por la voluntad de estilo; por el don de la observación; por la necesidad de investigar para llegar al meollo de los temas que se desea tratar; la necesidad del uso de la imaginación ante la página en blanco o ante la ventana del computador; que quien escribe no puede prescindir del vivir, “no puede reemplazar la vida” (p.44) pues es ella la enriquece la escritura; que el escribir requiere del conocimientos de las técnicas y procedimientos para hacerlo; toca Liendo el tópico de la escritor de no ficción; al trabajar al creador expone sus circunstancias y manías, porque hay escritores que no pueden hacer su trabajo sino en un rincón de su casa, donde nadie los moleste, y con sus hábitos, algunos desnudos, tanto que recordamos el caso de José Vicente Abreu (1927-1987), el autor de Se llamada SN (1964), quien al recrear las torturas sufridas, todas se le volvieron vivas, a veces sangraba. Fue a su médico y este lo mandó a terminar su doloroso libro como la única medicina que le podía recomendar.

El escritor debe usar los medios propios del oficio, pensar a dónde lo conduce su labor, a la perfección dijo Guillermo Meneses, lo que Liendo recuerda (p.63); puede ganar peculios o no por sus tareas; podrá recibir premios, a veces, porque no siempre la comunidad intelectual es tan generosa como para concederlos. Piensen ustedes en cuántos de los ganadores del Premio Nobel de Literatura nadie sabe quienes fueron y son escasos los que lo leen. Y, en su oficio, el hombre de letras desarrolla una segunda piel. Toda persona que sienta la vocación por escribir, dentro de cualquier género, tiene que tener en cuenta cada uno de los puntos que Liendo examina en esta primera parte de su libro. Son esenciales, a través de ellos ofrece los rasgos de todo hombre de letras. Y los suyos propios, pues detrás de los ricos renglones de este libro está él siempre. Como siempre está todo creador.

El narrado en acción

Este es el último capítulo de En torno al oficio de escritor pero preferimos tratarlo en segundo lugar por lo concatenado que está con el primero, el cual inicia con  esta observación “Quizá solo aprendemos verdaderamente aquello que llevamos dentro”(p.98).

Los pasos del trabajo, tal como nos propone Liendo, son que hay que dar vida al oficio de escribir, el saber escoger el tema —este a veces, anotamos nosotros, no lo escoge el escritor sino este a él (p.101). Lo que siempre hemos pensado de nuestros propios trabajos, ahora ratificado por Liendo; la escritura debe tener musicalidad (p.103); no olvidar las deudas que tiene del conjunto de las letras. “Si de golpe me quitaran todo lo que la lectura me ha dado, sería el hombre más pobre del mundo. El más indigente” (p.103). Le sigue la responsabilidad y el destino de lo que se escribe, hecho a veces ignorado por los creadores. Un ejemplo: qué ha encontrado en sus libros un lector para ponerle el nombre del personaje a su hijo o hija. Por ello acota Liendo, ya para cerrar el precioso libro que nos ha reunido hoy: “La mejor literatura es el más hermoso espejismo de permanencia, eso experimentamos después de leer Don Quijote [Cervantes], Hamlet [Shakespare], Madame Bovary [Flaubert], Canto a mi mismo [Whitman], La metamorfosis [Kafka], Pedro Paramo [Rulfo], Mi padre, el inmigrante [Vicente Gerbasi]”(p.104).

Elogio de la lectura

Hemos querido concluir estas anotaciones sobre el libro de Eduardo Liendo no con su capítulo final, que lo sentimos concatenado con el tercero. Por ello, cerramos con el capítulo dos, “Elogio de la lectura”, página destacada, insigne, entre las que Eduardo Liendo ha pergueñado con la pluma en la mano, o con los dedos sobre el teclado del computador.

Lo que aquí nos dice y enseña Eduardo Liendo es un hecho que todo escritor sabe y práctica: que sin leer, sin ser un devorador de libros o una biblioteca ambulante, su obra no podría ser construida. Tanto que aquel joven escritor que llegó a decir que prefería escribir a leer, estaba totalmente equivocado y desde luego, con esa idea su obra nunca logró desarrollarse.

Para Liendo:

“La lectura implica una forma de posesionarse de la realidad, de reconocimiento de nuestras emociones, pasiones y sueños, como lo expresa y trasmite la mejor poesía, ensayística, dramaturgia y narrativa literarias… La lectura es particularmente importante por cuanto existe una estrecha relación entre palabra y pensamiento, y la manera más precisa y eficaz de su ordenamiento es la lengua escrita. Pensamos con palabras, nombramos la realidad con palabras, y no es una afirmación muy exagerada la que sugiere que el tamaño del mundo de una persona es igual al de su vocabulario… En los contenidos de los ya innumerables libros, publicaciones múltiples y modernos archivos digitales, se concentra una parte fundamental de la historia y memoria de la especie atesorada durante milenios, haciendo de tal modo posible que cada individuo lector sea potencial heredero de la cultura universal que le resulte accesible y abarcable”(p.84).

Es por ello que aquí recuerda Liendo. Desde los primeros libros que llegaron a su casa cuando era niño, los leídos en la cárcel política, en los días de su insurgencia, cuando, como él lo dijo un día, su generación “se equivocó soñando”. Desde luego recuerda las librería que frecuentó y lo que en ellas conversó con otros escritores o apasionados de la palabra escrita, los cuales —no podría ser de otra forma— lo estimularon en su vocación de escribir, lo que es imposible, subrayamos, sin leer.

En ese capítulo sintetiza los rasgos del poder de la lectura:

“1) Expresamos nuestro pensamiento mediante el lenguaje y la lectura tiende a desarrollar esa capacidad; 2) Su práctica enriquece nuestra imaginación potenciándola con nuevas posibilidades antes antes ignoradas; 3) La lectura es fuente permanente de nuevos conocimientos; 4) La lectura amplía nuestra capacidad de concentración y de pensamientos abstracto. Permite aumentar nuestra potencialidad creadora, mostrándonos modelos y valiosas experiencias que que estimulan la emulación y la propia iniciativa; 5) Mediante muchas manifestaciones artísticas, literarias y científicas a las cuales el lector tiene acceso, este puede llegar a conocer mejor las emociones y sentimientos íntimos que expresan la rica condición humana; 6) La lectura posibilita la utilización provechosa del tiempo libre, además de la experiencia de la otredad: descubrir al otro, en el tiempo y en el espacio, en la raza, la edad, el sexo, las creencias religiosas o las costumbres. En fin, la lectura aumenta nuestra capacidad de conocer argumentos disímiles” (p.85-86).

Septiembre 4 de 2015.

[1] Guillermo Meneses: Espejos y disfraces. Caracas: Editorial Arte, 1967. 101 p.; José Balza: Narrativa: instrumental y observaciones. Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1969. 85 p.; José Balza: Los cuerpos del sueño. Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1976. 90 p.; José Balza: Este mar narrativo. México, Fondo de Cultura Económica, 1987.190 p.; José Napoleón Ofropeza: Perfiles de agua. Valencia, Universidad de Carabobo, 1978. 131 p.; Arturo Uslar Pietri: Las nubes, tercera edición, Caracas, Monte Ávila Editores, 1997. 325 p. Ver: “La escritura apagada” (p.214.218); Ana Teresa Torres, El oficio por dentro. Prólogo: María Fernanda Palacios. Caracas: Alfa, 2012, 289 p.

[2] Enrique Vila Matas: Bartleby y compañía. cuarta edición, Barcelona, Anagrama, 2001. 179 p.; Rosa Montero: La loca de la casa, Madrid:, Alfaguara, 2003. 275 p.; Orhan Pamuk: La maleta de mi padre, Barcelona: Debolsillo, 2007. 97 p.; Mario Vargas Llosa: Carta a un joven novelista. Bogotá, Planeta, 1997. 157 p.; segunda edición. Caracas: Alfaguara, 2011. 138 p.; Stephen King: Mientras escribo. Barcelona, Debolsillo, 2002. 319 p.

[3] Arturo Uslar Pietri: “La escritura apagada” en Las nubes, p.214-215.

[4] Eduardo Liendo: Contigo en la distancia. Caracas: Seix Barral/Planeta, 2014. 239 p.

[5] Eduardo Liendo: El cocodrilo rojo/Mascarada. Caracas: Alfaguara, 2011. 169 p., Contraespejismo. Caracas, Alfagura, 2007. 220 p. Mascarada es una novela corta, de esas que han hecho a Liendo maestro en su tratamiento.

[6] Manuel Caballero: El desorden de los refugiados. Caracas: Alfadil, 2004. 255 p.. La cita procede de la p.17.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

Te interesa

Bitácora Internacional 2020: SE ABREN OPORTUNIDADES DE CAMBIO, por Alfredo Michelena

Estamos cerrando un año que ha sido muy importante para la democracia venezolana. Al hacer …

Deja un comentario