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En la guerra que azota al país LA VÍCTIMA EN VENEZUELA, por Edilio Peña

Víctima
La naturaleza de la víctima termina siendo más compleja que la del victimario.

Especial para Ideas de Babel. La realidad de la víctima en Venezuela semeja a un espectro acorralado en el rincón de una cárcel oscura e invisible. Pero cuando aparece eso que es la luz de un sol incandescente, la víctima comprueba que ésta también lo tortura y castiga. Así, la individualidad de la víctima ha sucumbido a la idea de ser ella la única que padece en la magna tragedia que devasta al país. Su aislamiento la ha abstraído y separado del otro, del grupo o de cualquier organización política, bien por desencanto o desengaño. En Venezuela la víctima se rinde en la tarea de buscar cómo sobrevivir. No ha comprendido que está en medio de una guerra inédita, silente y mortal. Sin embargo, su enemigo no tiene la estatura de un Adolfo Hitler o un Joseph Stalin, sino de una manada fofa y con bigotes; por igual cruel y despiadada. La cual depreda física, psíquica y espiritualmente. El venezolano es una víctima que agoniza en medio de un mar sin esperanzas. Nada hacia la nada. Porque aún no ha prefigurado una estrategia certera (política, mística y militar) que lo conduzca no a la libertad de la nostalgia, sino a aquella libertad que debe fraguar también en el intenso proceso de su lucha rebelde. A fin de nunca más volver a extraviar la ansiada libertad que le corresponda.

La naturaleza de la víctima termina siendo más compleja que la del victimario. Quizá porque la conducta de aquella se define en el proceso del entramado que crea la férrea dominación del victimario. Pero a su vez, aunque parezca increíble, con la contribución de la propia conducta de la víctima que degradada, cede a consciencia en un espejismo de inconsciencia su aporte a la trama feroz. A menos que la víctima sea un ser despierto e irreductible difícil de vencer. Encargos e instrumentales científicos, de democracias inescrupulosas y dictaduras patentadas por la indiferencia del mundo, apuestan a reducir al ser a una expresión autómata y esclava, a través de medios sofisticados  de tortura y envilecimiento individual y colectivo. Así los actos del victimario proyectan ante la víctima el alcance de su poder a través de los más diversos padecimientos que infligen en su víctima. Poder que por igual se multiplica incesantemente. La ideología política, como la pre política delincuencial, aspiran a lo mismo. Cunden en los débiles Estados oficiales los Estados paralelos. La novela de Mario Puzzo El Padrino es una estampa macabra de ese derrotero. El tiempo es para la víctima muy distinto al tiempo del victimario. Ambos tiempos determinan la jerarquía del ascenso o descenso existencial, en la trama en la que ambos están inmersos. El victimario acumula más poder en la expansión perpetua del tiempo. En cambio, la víctima le es anulada el  ser en un tiempo que no parece terminar nunca.

La víctima en Venezuela abandonó hace tiempo la oportunidad de inventiva insurreccional, para oponerse a un victimario inescrupuloso y sanguinario. Justo cuando la polarización terminó con el señuelo de que había dos partes en lucha: una revolucionaria y otra opositora. El aceleramiento de la debacle económica propiciada por la corrupción en el país, pareció despertar y unir al pueblo por un momento, pero no hubo conductores políticos con ingeniosas estrategias para aprovechar la oportunidad que presentaba la circunstancia o el destino. Eso significó un costo donde iba a comenzar una nueva tragedia con prisioneros, torturados y asesinados por parte de los victimarios del régimen. Esos que también terminaron por dividirse y repartirse, en luchas intestinas, el botín del erario público y las mesadas del narcotráfico, el oro, el diamante y coltán. Es tan atípica la dictadura en Venezuela, que su propia policía secreta, se ha dividido en bandos. Al saber que la policía secreta de una dictadura como tal, termina por ser más importante que las propias Fuerzas Armadas. La historia del sostén de las dictaduras en el poder ha demostrado la eficacia de la policía secreta. Lo más grave de este mural  de consideraciones ha sido el alto porcentaje de anomia de la población condenada a buscar cómo sobrevivir. Más aún, a solo ensimismarse y quejarse, en un ciclo de pensamiento corto. En ese estado, la víctima está condenada a la conducta reiterativa y obcecada. La dictadura en Venezuela ha usado la propia denuncia pública de sus desmanes y crímenes, como forma de enajenación de la víctima. La abruma con ella. Para luego hacerla sucumbir en una dialéctica de expectativa, ansiedad, resignación e impotencia. Se repite tanto la denuncia por todos los medios hasta hacerla sucumbir en el olvido, por otra y otra más. Mientras, otras víctimas se dedican a hacer plusvalía en el comercio de la escasez y la carencia. Por supuesto, a la sombra de generales que comercian con  los medicamentos y alimentos de la población venezolana toda.

En el pasado cercano la víctima en Venezuela buscó liberarse a través del voto comicial y la resistencia de calle. Eso la extenuó porque su enemigo resultó ser más astuto y aprovechó para sí las opciones estratégicas que la víctima había esgrimido hasta entonces. Nunca pensó que el voto podía ser corrompible con la trampa, así como la resistencia con la fatiga y la impotencia de la voluntad juvenil. Una vez sacrificada la rebelión electoral y la resistencia pacífica que ha terminado con mártires y muertos, nadie previó otra forma de actuar en la desventura de una nación, arrasada por la peste del socialismo del siglo XXI. Ha habido sobreestimación del apoyo internacional al pueblo venezolano. Probablemente porque buena parte de los líderes de la oposición han padecido de la incapacidad de arriesgarse a proponer una propia y novedosa estrategia de liberación. Y eso implica superar el paradigma de seguir haciendo política tradicional, como se hizo con la heredada del siglo XX, para crear en los inesperados hechos y circunstancias una nueva forma de hacer política en la guerra silente que azota al país.

edilio2@yahoo.com

@edilio_p

 

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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