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El ‘tatuamiento’ EL PELLEJO COMO PAPIRO, por Antonio Llerandi

¿Cuál es la recóndita razón,  por qué lo hago?

Las cosas cambian. Cuando me merodeaba la juventud, era poco o nada usual encontrar a alguien con un tatuaje.  Quienes lo poseían eran una minoría y por múltiples razones no los exhibían notoriamente.

Inicialmente el hombre comenzó a expresarse en la piedra, el asunto era laborioso y requería de tiempo y paciencia y ambas cosas las había y en abundancia. Los dibujitos y los escriticos encontraron entonces un asiento que permitió su subsistencia por siglos. Hoy en día los dibujos de las cuevas europeas o africanas, o la Piedra de Roseta, fundamental para el conocimiento de los idiomas, se atesoran en museos y galerías de peñascos.

La cosa se facilitó con el papiro, ahí la vaina se puso más sencilla, solo se necesitaba un pedazo, indiscutiblemente más liviano que una piedra, y unos pinceles, plumas o vaya usted a saber qué cosa,  que untado en algo que después llamaríamos tinta,  nos permitía darle rienda suelta a nuestra imaginación  a través de palabras y dibujos.

La industria del papel, sucedáneo del papiro se masificó y la humanidad vivió el esplendor de los libros y los escritos.  Las pinturas se fueron por otro camino paralelo, las telas y lienzos le sirvieron de soporte.  Y así nos habíamos acostumbrado a estar rodeado de esos seres vivos que eran las obras, asiento de otros dibujitos y otros escriticos.

Como les decía al comienzo, en la alborada de mi existencia, el tatuaje sólo se encontraba y con dificultad en tres tipos de ciudadanos: los piratas o marinos, los presidiarios y las prostitutas. Las tres p del tatuaje. Los piratas inicialmente y los marinos después, usualmente se tatuaban como una manera de expresar en carne propia por donde habían ambulado o con cuál chica habían sucumbido en el placer del amor y así lograr la permanencia de sus recuerdos atados a su propio cuerpo, muchas veces lo único que tenían en propiedad. Pero no es que andaban mostrándoselos a todo el mundo, cuando moraban entre ciudades y gente, las camisas y los pantalones — normalmente los dibujos y escritos corporales eran ubicados en las extremidades— se lo tapaban.  Quizás porque esa profesión de pirata o de marino no era tan bien vista y desde luego la presencia de los tatuajes mostraban su estatus, errantes navegadores y busca fortunas. Algo peor sucedía con las otras dos p: prisioneros y prostitutas escondían al máximo sus señales.

En primer lugar porque los prisioneros no han sido bien vistos en ninguna parte y cualquier signo que los delatase era terrible. Sospecho que en la soledad de las prisiones, con el ocio y la falta de papel, algún avezado dibujante inventó lo de los tatuajes para percibir algún extra que le permitiera sobrellevar las carencias del encierro. Por otra parte, las prostitutas nunca han sido muy bien vistas. Bueno, en el pasado. Y muchas de ellas ostentaban tatuajes que generalmente obedecían al hecho de ser consideradas ganado propiedad de un chulo o de otra meretriz.  Bucaneros y piratas, bandidos y asaltantes, izas, rabizas y colipoterras eran por lo general los portadores de insignias intracorporales.

Pero de repente —¡zuás!— todo cambio. Y nos encontramos hoy en día con una proliferación de los tatuajes, proceso tan generalizado que me atrevo a calificar de ‘tatuamiento’, y como todo hace pensar en la desaparición próxima de todo vestigio de papel, la humanidad se dispuso a usar su propio pellejo. Porque el papel desaparece, mientras que eso que algunos sofisticados llaman piel, permanece adherida a nuestro cuerpo hasta que nos incineren o un poquito después que nos siembren.

Y ahí vienen mis autopreguntas y mis no respuestas. Por qué alguien se tatúa, o como se dice actualmente para estar en algo, se hace un tatoo.  Cuál es la razón para que me siente en una silla o una camilla, como de médico y me someta al chirrido (audible o inaudible, no lo sé) de una maquinita a la que le van metiendo tintas de colores para hacer cualquier dibujo, cualquier frase, cualquier oropéndola en nuestro único y mortal pellejo.

Y no es que me lo hago en sitios escondidos o no visibles. Porque vamos a estar claros, ya no hay sitios encubiertos. Hoy en día todo se ve. Si cometemos el desafuero de ir a una playa, vemos unos trajes de baño o bañadores que a decir verdad, no sé para qué se los ponen, porque tapar, no tapan nada. Quizás el famoso triangulo de las Bermudas, de los pezoncitos y la totonita, para darle un lenguaje poético. Pero la susodicha está tan pero tan marcada que aunque no se vea, uno la siente. Y encima —y este encima tiene dos connotaciones, porque nos vamos un poquito más encima y los pezones tienen dos mini telitas que dejan escapar por los lados el piercing caníbal con que fueron atravesados. Y no hablemos de la parte posterior, un pabilito desaparece semiescondido entre las protuberancias actuales, originales o fabricadas, que para el caso es lo mismo.

Y hay de todo, los que se tatúan nombre o frases o poemas o seudopoemas o párrafos enteros y dibujos, todos. Aunque a decir verdad, estéticamente creo que están un poco atrasados con respecto a la cultura pictórica porque generalmente son dibujos figurativos, el cinetismo y el abstraccionismo no han llegado a la piel, todo es hiperrealismo.

¿Cuál es la recóndita razón,  por qué lo hago? Algunos se tatúan nombres, creyendo inocentemente que el amor es para siempre y después tiene que parir un bojote de dólares para intentar borrar el nombre del bicho o de la bicha esa, que mira que tu mamá te lo dijo.

Otros se impregnan con dibujos. En este aspecto los hacen notorios, extravagantes, gigantescos, originales. Me he preguntado para qué. Tengo una respuesta especulativa que espero que algún avezado en la materia me la ratifique o me la bata contra el suelo. Hoy en día hacer el amor se ha hecho extraño, es más fornicar, singar, tirar, follar y todos los verbos latinoamericanos o españoles que se utilizan para describirlo. Es más deporte que relación. Y deporte de alto desempeño, porque si no “tú no estás en nada”. Si nos atenemos a cualquier película de las llamadas despectivamente porno, los chicos y chicas merecen estar en las olimpiadas. La resistencia y las proezas, para qué te cuento, ni en el Cirque du Soleil.  Y resulta que por la inmediatez, por lo colectivo, por la falta de prolegómenos o ¿cómo te llamas? o ¿de qué signo eres?, la única manera de recordarlo es “aquella flaquita que tenía un unicornio que empezaba en la espalda y terminaba en el ombligo” o “aquel chico que se había tatuado la Torre Eiffel en el pene”.  Porque de nombres, vaya, es que no hubo tiempo. Y los recuerdan gracias al tatuaje, porque si te veo vestido o vestida por la calle, es que ni me entero.

En fin, cuando uno llega a esta avanzada edad es difícil —por no decir imposible— someterse a uno de esos artilugios. Me imagino a un diestro tatuador intentando hacer algo con el múltipellejo de la edad y un pedacito estirado por seis u ocho pinzas de tendedero de ropa para estirar lo inestirable. Y total para qué, si apenas lo suelten ese impresionante tatuaje se convertirá en una manchita, que en la próxima visita al dermatólogo te dirá: “no cojas tanto sol porque te estas manchando”.

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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