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El sound track de la lucha por la libertad MÚSICA PARA LOS NO CAMALEONES, por Faitha Nahmens Larrazábal

Despedida de Armando Cañizales
Compañeros de la orquesta sinfónica despidieron a Armando Cañizales con el Himno Nacional de Venezuela.

“Tuve que interrumpir el trabajo que había comenzado con mucho entusiasmo en enero: a partir de mayo no pude continuar, no tenía cabeza ni mucho menos corazón para una sola nota, menos para una de tono festivo”, confía la compositora Diana Arismendi, “pero logré retomar la obra, y Caracas nuestra de cada día, la que dedico a mi amada ciudad, a propósito de sus 450 años, que aún son, se estrenó, felizmente, hace dos semanas en el Municipal”.

Victoria de la disciplina y de la devoción, las protestas contra tanto, pero sobre todo el dolor del duelo aun imposible de digerir, convertirían en estropicio de vidrios rotos la inspiración inicial, el argumento, el tono. Demasiado estruendosa la escena en la per se ruidosa ciudad, para soslayarla. “La belleza resiste, igual que resistimos todos, no hay manera de obviar el Ávila y la luz… pero hubo y sigue habiendo demasiado dolor en la escena”, añade la directora de Cultura de la Universidad Simón Bolívar. “Me concentré exclusivamente en lo que estaba pasando y participé cada día en las marchas que siempre terminaban en medio del fragor de balas y gases lacrimógenos”. Año de desconcierto, la música se pondría grave. Aciagos tambores, estallarían cuerdas de violines.

Los 450 de Caracas sorprenden a la ciudad en paños menores. Urbe de gracia y potencialidades infinitas, disimuladas en la mala hora de penas y penurias, en ella distintas voces se alzarían en nombre de la libertad y la paz, y la música sería escenario de una confrontación sorda. ¿Es papel de la música hacer puentes o de estremecer y crear conciencia? ¿Es excluyente lo uno y lo otro? Pieza en dos movimientos —y un guiño a Billo Frómeta y a su línea celebérrima es que yo quiero tanto a mi Caracas—, Caracas nuestra de cada día “es un canto a Caracas: el mío”, que materializa una necesidad expresiva  —¿no afloran algunas penas en la narrativa de Arismendi? ¿cómo es que ella todo el tiempo está oyendo pájaros cantando en Caracas, desde que amanece hasta que se acuesta, incluso de noche?— y contiene compromiso. “Pero cuando digo compromiso me refiero a la libertad de construir y a poder registrar lo que pienso y creo: hablo de mi absoluta devoción por la ciudad”, acota la autora.

No confundir compromiso con recetas preconcebidas o zalemas por encargo. Compromiso es la capacidad de condolerse y la valentía de cantar verdades, sean felices o trágicas. Eso que vivió o casi mató al ruso Dmitri Shostakovich, cuya obra silenciada, tildada luego de genial, la dictadura del proletariado juzgó como burguesa y elitista, pecado que lo ubicó tras las rejas y por poco lo lleva al paredón de Stalin.

Diana Arismendi 1
Diana Arismendi: “La belleza resiste, igual que resistimos todos, no hay manera de obviar el Ávila y la luz… pero hubo y sigue habiendo demasiado dolor en la escena”.

Charlista profunda, Arismendi entiende la música como lenguaje de contenidos universales, que pueden conmover y propiciar, exaltar y denunciar, o zarandear e indiciar. “Un artista si es honesto, apasionado y altruista, será siempre una protesta viviente”, dijo Pier Paolo Pasolini. En estos parámetros oscila el talante de Arismendi, quien quiso homenajear a Caracas con esperanza pero sin fáciles fuegos artificiales, con una obra que no se remite al constreñido momento y cuyo final le rinde culto al valle. Pero de precisiones sabe y de ir directo al grano, también. Tiene entre su prolija trayectoria una pieza estremecedora dedicada al pueblo judío, que se estrenó en Caracas en el 75 aniversario del Holocausto. Clara en cuanto a la diferencia entre emocionar y hacer himnos proselitistas, comprende otra diferencia más: la que hay entre convertir la música en dardos y lanzar dardos a los músicos.

Por supuesto que la muerte del viola de la Orquesta Sinfónica Juvenil, Armando Cañizales, de 18 años, caído el 3 de mayo a causa de un tiro en la cabeza que tiene la firma de la guardia bolivariana, la paralizaría. Y a medio país. Al punto que produjo la controvertida reacción de Gustavo Dudamel. El director de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Venezuela, confesó: “Estoy destrozado”. Y publicó en los diarios The New York Times y El País: “Nuestro país necesita urgentemente sentar las bases de un orden democrático que garantice la paz social”. Si había sido cauteloso o, en opinión de algunos, indiferente, para el gobierno venezolano fue un traidor. El inmediato respingo de Maduro no tiene nada que ver con condolencias ni mucho menos, compromiso: suspendió la inminente gira de la Orquesta Juvenil Simón Bolívar, una reacción que es más bien una factura —“valía la pena sufragarles cada viaje solo mientras lavaran el rostro ceniciento del régimen”, diría conquistando eco inmediato la pianista venezolana Gabriela Montero— y acompañaría su decisión con un comentario lastimoso. “Bienvenido a la política, Gustavo Dudamel, pero no te dejes engañar por los imperialistas, que Dios te perdone”, le diría a quien dirige ¡la Filarmónica de Los Ángeles!

Gabriela Montero
“Valía la pena sufragarles cada viaje solo mientras lavaran el rostro ceniciento del régimen”, diría conquistando eco inmediato la pianista venezolana Gabriela Montero.

Se abrió un boquete en el pentagrama y músicos del mundo se las cantaron al régimen, asumiendo, pues, su compromiso. Madonna compuso un tema cuyo video resume la violencia de nuestra aciaga primavera. Maná, los mismos que rechazaron una oferta de un millón de dólares para tocar en una fiesta privada de Hugo Chávez, mostraron una y otra vez la bandera venezolana en cada uno de sus presentaciones. Miguel Bosé dedicaría el premio Tu música a Venezuela, con el deseo de que el país recobre su libertad y la democracia, “ese pueblo maravilloso y valiente”. Y preguntará en la gala televisada: “¿Dónde están los países hermanos? ¿Dónde están las otras democracias para defender al que se le ha arrebatado la suya? ¿Dónde está la conciencia internacional?”. Rubén Blades dedicará al pueblo de Venezuela su tema de trinchera Prohibido olvidar, compuesto en 1991, hoy aún vigente. “Por ahí anda rondándome el tiburón imperialista y tú ahora como que vienes a alentarlo para que se trague a Venezuela”, acusará recibo Maduro. Y Alejandro Sanz, vetado desde 2007 cuando le suspendieron una actuación suya en Caracas por sus críticas a Chávez, le dedicará el 25 de abril un tuit a Maduro: “La sangre de Carlos José Moreno (17 años) está en tus manos, Maduro. Cobarde”. Siguen David Bisbal, Carlos Baute, Chayenne, Ricky Martin, y más en la línea de fuego.

La música es bastión. Que lo diga Serrat. Que lo diga Víctor Jara. Y que lo diga la compositora e intérprete caraqueña Laura Guevara que no deja de cantarle a Caracas y tampoco faltó un solo día de protestas. Egresada de la Escuela de Artes, alzaba su voz mientras respiraba gases, grabó todo lo que veían sus ojos de uva, por lo que nunca vivió lo que Beethoven, que luego de tributarle la Sinfonía Heroica a Napoleón Bonaparte, tras rumiar la decepción que le produjo el ego dictatorial del emperador, tachó fieramente la dedicatoria. Expresión de belleza, que no ornamento, de compromiso, jamás corsé que asfixia la libertad, el arte suele estremecerse con la realidad. El francés de origen argelino Jacques Attali, mentor del presidente Macron y exasesor de Mitterrand, economista, político, cronista del semanario L’Express y apasionado de la música —toca el piano y escribe letras para canciones—, en su libro Ruidos: ensayo sobre la economía política de la música, sugiere que la política, “como forma de poder institucionalizado”, es en realidad un “escenario musical” donde distintas fuerzas juegan dentro de sistemas que unas veces se asemejan a procesos melódicos o armónicos, y otras, a procesos de ruido. Y que el poder, como la música, son una representación no solo de la realidad personal sino social, de ahí la variedad de tendencias y estilos. Cabe todo, pues, menos el silencio. El muy prolongado, al menos.

Sonoridades de trueno o delicados pianissimos, la música es un lenguaje y como tal construye contenidos, mensajes, ideas, sentimientos. Así, mientras el proyecto musical West Eastern Divan, ocurrencia de Daniel Barenboim y Edward Said consigue convocar en una misma orquesta a instrumentistas palestinos e israelíes —“Esta orquesta es una celebrada experiencia de entendimiento y convivencia, que deja atrás los odios y la violencia para intentar el camino de la paz y la tolerancia; una orquesta es el espejo de una sociedad y allí, sus integrantes dialogan”— y se convierte a sí misma en un canto a la convivencia, Gustavo Dudamel entenderá desde el podio la importancia del acoplamiento: “Como director de orquesta, he aprendido que nuestra sociedad, al igual que una orquesta sinfónica, está formada por un gran número de personas, todas ellas diferentes, singulares e irreductibles; todas ellas con sus propias ideas, convicciones y visiones del mundo. Esta maravillosa diversidad conlleva a que en la política, al igual que en la música, no existan las verdades absolutas y que para prosperar como sociedades —al igual que para alcanzar la excelencia musical— debamos crear un marco de referencia común en el que todas las individualidades se sientan incluidas más allá de sus diferencias, un marco de referencia que contribuya a evitar el ruido y la cacofonía del desencuentro, permitiendo afinar un acuerdo que, desde la pluralidad y las divergencias, logre alcanzar una armonía política y social”. Más comprometido aún se dirigirá sin rodeos a los rojos: “Así que encarecidamente pido al Gobierno venezolano que suspenda la convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente, no pueden haber dos constituciones, ni dos procesos electorales, ni dos Asambleas: Venezuela es una sola nación, un solo país en el que cabemos todos”. Golpe tuyero.

No lo escucharon; ha de ser especialmente frustrante para un director de orquesta. Pero ¿quién dice que ya todo está escrito? ¡Queda mucho por componer! Diana Arismendi ya perfila otro trabajo y revela —ay, el proselitismo, ay, el poder— que de haber estado lista Caracas nuestra de cada día para su interpretación el 25 de julio, como estaba previsto, igual no hubiera sido posible oírla. Quienes sí tenían sus piezas listas —Alfredo Marcano, por ejemplo, cuya obra es una composición creada con anterioridad— no tuvieron la oportunidad de ser oídos ese día. Como es habitual en los que detentan con estulticia el poder, el Teresa fue tomado para eventos propagandísticos, así que adiós agenda, adiós calendario celebratorio. Ay, lo tanto que desafinan ciertas políticas. Ubicado en la acera de enfrente de Arismendi —los pájaros que ella oye son los reales— aquél de los bigotes gomecistastalinianos, trajeado de verde olivo, el día del cumpleaños de Caracas, exaltaría a Teresa Carreño —este año se cumple un centenario de su desaparición física—, la compositora a quien también, vale decir, las circunstancias políticas resonaron en su vida. Prima de Guzmán Blanco, en tiempos de decadencia de su gobierno sería desairada por el público que encima la juzgaba su estado civil: varios divorcios. El chavismo no sería cordial con su memoria. Arrumados en sótanos mohosos, serían desalojados los vestidos, carteras y reliquias de la artista, su memoria toda, para beneplácito del gobernante anterior, Hugo Chávez que adoraba el salón para sus reuniones.

¿Música de requiem como banda sonora? No. Cuando la Schola Cantorum cumple 50, y Venezuela hace votos para que el coro venza como conjunción acoplada de los registros distintos que bien avenidos son arte, cuando en la ciudad de tumbao explícito, de caderas marcadas por el diapasón del oleaje caribeño, de las guacamayas que se asumen como música de fondo y las balas agreden con su rugido y su plomo oídos y corazones; cuando por falta de medicinas muere de mengua Adrián Guacarán, el mismo que de niño le cantara al papa Juan Pablo II; cuando Wuilly, el chamo de origen humilde que entró por fin al Sistema, se hizo héroe con su violín protestón, luego fue preso, luego ensalzado en medio mundo, luego personaje de una bio controvertida que lo extraditaba de las nubes, en tiempos de ídolos rotos lleva al país a la primera página de The New York Times, el hombre que es blanco perfecto en el lanzamiento de huevos baila frente a las cámaras de la televisión y convierte a la música en ofensa. Conviene oír completa la obra de Ricardo Teruel, Falsos héroes, y claro, Caracas nuestra de cada día. Entre la querella y la esperanza, son arte no escapismo.

 

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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