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El ruido del tiempo ARTE Y TOTALITARISMO SEGÚN JULIAN BARNES, por Ricardo Bello

Shostakovich y Stalin
Los mejores y más tranquilos artistas de la URSS fueron sacrificados en los momentos más álgidos de la paranoia de Stalin, padrecito de la madre patria y por lo tanto, nieto de sí mismo.

Dmitri Shostakovich tiene treinta años, es el compositor soviético más importante del siglo XX: cuatro sinfonías en su haber, varias piezas orquestales y una nueva ópera recién montada. Comienza el año 1936, le recomiendan que vaya al Teatro Bolshoi, el camarada Stalin quiere escuchar Lady Macbeth de Mtsensk y asistirá a la representación.

Efectivamente, ahí está el Secretario General del PCUS en su balcón, rodeados de acólitos, todos miembros del primer círculo de poder. Pero en el intermedio, a mitad de la función, Stalin se retira. Varios días después, el 28 de enero, mientras el compositor está de gira en Arkhangelsk, una ciudad no muy lejos de la capital, aparece en Moscú la edición del diario Pradva, órgano oficial del Partido Comunista de la URSS con el artículo “Caos en vez de música”.  Lo relee cinco o seis veces, es una crítica despiadada de Lady Macbeth. La editorial lo acusa de modernista, de trabajar en sintonía con élites intelectuales contrarrevolucionarias, sin respetar la estética recomendada por un Estado comunista, al servicio del pueblo. Se da cuenta de las consecuencias. Muchos de sus amigos y protectores ya han sido detenidos, ejecutados o deportados a campos de trabajo forzado en Siberia. La dinámica del terror tocó a su puerta, es una partitura impensable pero real, cotidiana, excesivamente normal diría un conocido cínico venezolano.

A partir de entonces, Shostakovich no dormirá en su cuarto. Le da miedo pensar que agentes de la policía secreta irrumpan de noche en su apartamento y lo detengan en presencia de su esposa y su hija de un año. Prepara una pequeña maleta con algo de ropa y espera a los agentes afuera, al lado del ascensor, sentado en las escaleras. Cada vez que el ascensor arranca, despierta. Pasan los días y no llegan. Recuerda su vida, sus amores, sus experiencias sexuales, sus proyectos musicales. Toma la decisión de retirar su 4ª Sinfonía, no vaya a empeorar su condición política. Dormirá mal, su familia peor. Es un decir, no pegarán el ojo, con excepción de la chiquita, inocente todavía a los excesos de la paranoia estalinista. Pero nunca fueron a buscarlo. Así comienza la última novela El ruido del tiempo (2016) del escritor inglés Julian Barnes.

El ruido del tiempoLos mejores y más tranquilos artistas de la URSS fueron sacrificados en los momentos más álgidos de la paranoia de Stalin, padrecito de la madre patria y por lo tanto, nieto de sí mismo. Hasta el mariscal Tujachevsky, uno de los oficiales que más hizo por la modernización del Ejército ruso, fue ejecutado en la purga de 1936-1937. El militar era tan inteligente que, como buen melómano terminó siendo amigo y hasta protector de Shostakovich, pero cuando arrestaron a Tujachevsky, el compositor fue citado a los sótanos de la Lubianka, donde funcionaban las cárceles, centros de interrogación (tortura) y oficinas administrativas del KGB. Y si en algo fueron eficientes los soviéticos, un talento que heredaron los cubanos, maestros de algunos venezolanos, fue en encarcelar a sospechosos de planificar conjuras y traiciones. Bolívar lo decía: contad con la muerte aún siendo inocentes.

El comisario Zakrevsky, cuenta Barnes, interrogó un viernes al músico en torno a su relación con el mariscal, con quien realmente sólo hablaba de música y le dio tiempo hasta el lunes para escribir su confesión. Shostakovich regresó a su casa convencido de haber recibido ya sentencia por no haber participado en una conjura que nunca existió y cuando regresó a la Lubyanka, pasado el fin de semana, se topó con una gran sorpresa: nadie podía ya atenderlo, habían arrestado y ejecutado al comisario que llevaba su caso. Regrese a su casa, le ordenaron.

El gran violinista David Oistrakh vivió momentos parecidos. Todos los días llegaba la policía secreta a su edificio y arrestaba a alguien; fueron visitando todos los apartamentos, piso por piso, hasta que sólo quedaba el suyo. Ahora vengo yo, pensó el músico, esta noche me llevan. Nunca lo arrestaron, pero vivió con miedo por el resto de su vida. Con Prokofiev pasó algo distinto. A pesar de haber expresado contundentemente sus simpatías por el gobierno de Stalin, al punto de abandonar una cómoda vida en Europa y los Estados Unidos y regresar a Moscú de forma permanente en 1936, fue humillado, ofendido, avergonzado y ultrajado artísticamente, pero no lo acosaron con el terror. El caso de Shostakovich fue distinto. Sólo tuvo respiro durante la II Guerra Mundial y en los años que la precedieron. Los comisarios estaban demasiado ocupados para ocuparse de los intelectuales y bajó la presión policial. Pero el miedo estaba ahí y mostró de nuevo su rostro al terminar el conflicto con Hitler. Al final toleraron al compositor, ya era demasiado conocido como para arrestarlo, pero lo conminaron a ingresar al Partido Comunista, una invitación que no pudo pasar de lado. Su conversación con el poder, escribe Julian Barnes, esa diplomacia que mantuvo con las autoridades tenía un lado cruel: antes vivía aterrorizado, ahora podía darse el lujo de llevar ligeramente la contraria. Antes probaban su valentía y la extensión de su coraje; ahora medían su cobardía, como sacerdotes ante un hombre moribundo. Ser un héroe es fácil, escribe Barnes: las circunstancias para ejercer el valor son pocas y escasas, pero se puede ser cobarde toda la vida. Serlo implica disciplina, persistencia, un audaz rechazo al cambio, lo cual, en cierto modo, es una forma de ser valiente.

EL RUIDO DEL TIEMPO, de Julian Barnes. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2016. 200 páginas,

www.ricardobello.com

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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