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El que debe morir A PROPÓSITO DE LA DIÁSPORA, por Héctor Concari

El que debe morir 1
‘El que debe morir’ es el primero de varios testimonios del amor de Dassin por su esposa (¿cómo no amar a Melina Mercouri?) y por Grecia. Lo ayudaba, desde el libreto, otro compinche en desgracia, Ben Barzman.

El nombre de Niko Kazantzakis (1883-1957) no está muy de moda últimamente. Sin embargo, tres de sus novelas fueron llevadas al cine con singular éxito (Zorba el Griego, 1964) o escándalo (La última tentación de Cristo, 1988).

Vale la pena releerlo, su prosa es tan indómita como los conflictos en los que sume a sus personajes, de los que sabe extraer lo mejor y lo peor. Porque, como buen griego y orgulloso de serlo, no deja de abrevar en la tradición filosófica de la tribu, y el resultado es siempre sorprendente. Más allá de la peripecia de un loco lindo como Zorba, o de la tortura de Cristo en la cruz, hay un filósofo que sabe apuntar a las angustias del hombre, a sus zonas más opacas y a sus destellos de lucidez.

La obra que cobra un insólito interés en estos días es Cristo de nuevo crucificado, novela de 1948, llevada al cine en 1957, con el título, igualmente feroz de El que debe morir. La trama es simple. Poco después de la Primera Guerra, en un pueblo griego regido por los turcos, las dos comunidades conviven en un pacto de conveniencia, cristianos griegos despreciados por el agha musulmán, quien a regañadientes les permite celebrar sus festividades, que consisten en recrear la pasión de Cristo. La atribución de los roles, en manos de los ancianos del pueblo, en connivencia con el ocupante, es reveladora de los mecanismos de poder existentes. Ese precario equilibrio que Kazantzakis describe con exactas dosis de ironía e indignación se ve alterado por la llegada de algunos indeseables. Un pueblo griego lejano ha sido arrasado por los turcos, y su población, siguiendo al pope Fotis, su líder espiritual pero también político, se ve obligada a migrar. Y al llegar a un pueblo pequeño y próspero, piden ayuda a sus compatriotas, que, al fin y al cabo, están en una posición más desahogada. El problema es que por sus necesidades, su número y su depauperado estatus, generan un caos mayor en una comunidad que vive en lo que hoy llamaríamos una zona de confort.

El dilema, antes que político, es moral. ¿Con qué derecho pueden unos griegos que viven sin problemas, negar el pan y el agua a unos hermanos en desgracia? Especialmente cuando los papeles del drama de la crucifixión han sido asignados por los poderosos, y los que encarnan a los personajes se sienten llamados a operar por su cuenta. La mesa está servida para una novela mayor, que, si ha envejecido, lo ha hecho con la dignidad de los buenos vinos.

Pero transcurrían los años cincuenta y la histeria macartista había impulsado a más de un director y libretista talentoso a Europa, donde sufrían el exilio con desigual suerte. Jules Dassin era, entre otras películas, conocido por un policial realista y violento de 1948 llamado La ciudad desnuda, pero se había impuesto definitivamente en el cine europeo con una impecable crónica de un robo llamado Rififi en 1955. El mismo año en que conoció a la maravillosa Melina Mercouri, con quien se casaría, sabiendo que además se casaba con Grecia.

El que debe morir es el primero de varios testimonios del amor de Dassin por su esposa (¿cómo no amar a Melina Mercouri?) y por Grecia. Lo ayudaba, desde el libreto, otro compinche en desgracia, Ben Barzman. El ángulo del drama se desplaza sigilosamente en la película del plano de la ética cristiana al plano político. Porque El que debe morir remite no solo al Cristo que de nuevo será crucificado, en el imaginario del pueblo y en la nueva realidad que traen consigo los perseguidos. Habla, además, de la imposibilidad, bastante existencialista y muy de la época, de no poder rehuir las responsabilidades cuando la historia se manifiesta sin vestiduras. Porque la película está escrita y dirigida por dos artistas que han sido obligados a huir para no ir presos o para no morirse de falta de trabajo. Como los seguidores del pope Fotis, que no hace más que pedir por los suyos, sin dejar de señalar que el verdadero enemigo es el opresor turco (que Kazantzakis desprecia en su libro). Aunque más allá de ello, y por elevación, parecería que el enemigo es el egoísmo, la incapacidad para ver más allá de la propia circunstancia, la falta de solidaridad, así sea elemental.

La película con su final abierto, que presagia un enfrentamiento cruento y final si no es que media un milagro, es, si se quiere, más pesimista que el libro, que postula una nueva retirada de Fotis y los suyos. Un filme memorable. Está en Youtube y vale la pena agonizar con su actualidad.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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