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El pasado y el futuro en el presente UNA EXPOSICIÓN QUE DERRITE MÁS QUE RELOJES, por Faitha Nahmens Larrazábal

El pasado y el futuro en el presente
Gracias a todos los artistas porque nos hacen mejores.

El Chorrerón: así se llama la obra de Isabel Cisneros, pieza ganadora, una cascada de metal flexible que se mueve sutil y a borbotones contra la pared. Las plantas que crecen desde la semilla, desde la condición incipiente, latente, son la metáfora que sobre el tiempo construye Samual Baroni, él allí con sus canas al aire, seducido por la vida, haciéndole reverencias a la naturaleza. La combinación de elementos que conjuga Felipe Herrera, la rosa plateada, la mano que hace sin cesar, la silla que aguarda. Las 26 obras suscritas por los 26 celebérrimos artistas que participan en la ambiciosa exposición El pasado y el futuro en el presente, desplegadas en los distintos pasadizos y niveles de la amplia estancia, constituyen una especie de sortilegio, un imán. La mirada oscila ávida, golosa, intentando abarcar la hipnótica puesta en escena.

Concebida para celebrar los veinticinco años del afanoso Centro Cultural BOD, y los 450 de Caracas, a propósito de las victorias, de los ciclos que se espejean, de la urgencia en reconocer la continuidad y la ligazón que identifica a través del hilo conductor de la Historia, este enjundioso proyecto creativo, que comenzó a gestarse en 2015 y ya convertido en exposición fue inaugurado en abril de 2017, se alza sobre la consigna del anhelo de repensar el tiempo, el devenir, el ritmo, la pausa, el camino.

Temazo que desmenuzó con lucidez el educador, filósofo, escritor y estudioso de la circunstancia política y sin duda del arte Víctor Guédez, fue su conmovedor ensayo sobre la espera y la esperanza, el vértigo y la urgencia, lo sustantivo y la conciencia de la actualidad como forma de vivir la vida la plataforma sobre la cual se estructuró la muestra y la fuente primigenia en la que bebieron los artistas convocados; su texto como guía de inspiración. Artistas todos consagrados y a quienes los promotores, organizadores y curadores de este suceso fueron a buscar a sus talleres, los prolegómenos de este suceso caraqueño serían alentadores: todos sin excepción estaban trabajando cuando les llegó la invitación a esta titánica iniciativa realizada contra viento y marea; y vale decir que en eso están. Siguen. Asumido el arte como vínculo y resistencia, la exposición es también un paneo por el quehacer artístico nacional: no están todos los que son pero son todos los que están.

El arte, aquí condensado y a la vez liberado en cada una de las disímiles piezas, según el estilo y el formato de cada artista, se deja afectar por el tiempo que todo lo afecta; se pone como tarea interpretarlo, que es lo que hace precisamente el tiempo: es un modelador, un catalizador, el fermento que a su aire pone las cosas en su lugar o las saca de sus quicios; que ayuda a interpretar, a su paso, lo que (nos) pasa. El tiempo como contenido y como marco de todo cuanto acontece, como irremediable movimiento hacia uno mismo, es leit motiv y presencia insoslayable del devenir, la costura que relaciona todo. No, el tiempo no es inofensivo, como dice Víctor Guédez. El tiempo, protagonista de la muestra, es en realidad protagonista siempre. Es pivote y de él se deriva la sabiduría. El tiempo es camino y meta, y presiona para que todo aflore. La exposición es eso y Samuel Baroni fue literal.

“Esta muestra es importantísima, abrió en medio del jaleo político y urbano del año pasado y jaleo es lo que debió producir, los artistas que participan, que participamos, hablamos de lo indetenible, el tiempo es eso aunque contenga paréntesis, treguas, interrupciones, calma, que no reposo; el tiempo es inexorable, como llama Felipe Herrera a su trabajo”.

Sorprendente guía, Baroni o barón, por su nobleza, se ofrece a jugar a que miremos con sus ojos en el recorrido por las texturas, los colores, los volúmenes, las consistencias, las sinuosidades, las carnosidades, las líneas, los cruces, las apuestas, las propuestas. La suya es un cultivo verde, él aprecia el tiempo del principio, el tiempo fresco, el tiempo que no vuelve pero se renueva, el tiempo que cultiva y es eterno caldo de cultivo.

“Cuando niño recorría las calles del barrio El Amparo que eran de tierra de color seco a criaquito morao. En mi andar silencioso recogía todas las piedritas que encontraba y me las colocaba en el oído para sentir su misteriosa voz”, se presenta Baroni en el catálogo de la exposición. “Ese ritual tan mágico para mí preocupó a los vecinos de tal manera que fueron a ver a María y entre murmullos y angustia le dijeron que Samuelito tenía un comportamiento muy raro, mamá con mucha tranquilidad les dijo: no se preocupen, lo que pasa es que el niño va a ser poeta”. Poeta es. La madre adivinó. Dejó los pinceles para atender algo en la cocina y cuando llegó ya el hijo había terminado la obra con un trazo impecable. Increíble para su corta edad.

De la mano de Baroni, y con su aliño, abreviada lectura del catálogo y extrae líneas de la descripción de la exposición suscrita por la curadora y referente nacional del arte, Bélgica Rodríguez. En resumen: “Las piezas tridimensionales de El pasado y el futuro en el presente son: las Mujeres inquietas, de Abigaíl Valera, propuesta basada en la figura arquetípica de la mujer que ha caracterizado la obra del artista; superposición de siluetas iguales habla de la simultaneidad. Las montañas blancas, del merideño Franco Contreras, pieza inspirada, como es ya usual, en el entorno natural que signó la estética del autor: la montaña en permanente transformación. Prêt-à-porter, parte del universo molecular desarrollado por Nela Ochoa, rompe con la cadena histórica de la forma figurativa. Pectorales en arcos, punto de encuentro entre el cosmos y la naturaleza, Víctor Hugo Irazábal ordena una especie de mandala vertical. In memoriam, una denuncia sobre el peligro ambiental concebida por Ana María Mazzei; la semblanza de un indígena habla de la presencia inmanente del ser humano. 19ee017, de Magdalena Fernández que tuvo como punto de partida los fenómenos naturales y algunos íconos de las artes modernas que han influenciado su trabajo, las pequeñas esferas se mueven, bienvenido Galileo. Kid at Honorem, la búsqueda de Luis Poleo en el expresionismo alemán, la nostalgia se instala. Habitando la sabiduría y la tolerancia, el trabajo de Humberto Cazorla está signado por lo divino con elementos que rebasan la geometría. Catch as Catch Can, memorias de la lucha libre en la mente de Carlos Zerpa y sus héroes eternos, una costura de la infancia con la violencia actual. Chorrerón, de Isabel Cisneros inspirada en una paradoja del filósofo griego Heráclito que reza que “ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces” es un juego con la luz, con el tiempo. Los Multiversos XXV de Sydia Reyes simbolizan la esperanza de convertir lo imposible en posible, el viento que produce el movimiento en las telas, narra lo que pasa. Y el Salar de Fuego III, es la recreación que hace Samuel Baroni de su andar por las calles del barrio El Amparo”. Que hace él aquí.

Ahora el paneo por las obras bidimensionales: “Bailando con Theo y Piet, pieza de Hernán Alvarado dedicada a los maestros del Fox-Trot; juego de claro oscuro que puede poner el juego la materia visible. Sonora 50. Polarísima, de María Elena Álvarez, una alusión al cúmulo de tiempos que representa la obra de arte, tanto para el que la concibe como para quien la percibe, su poética pone en conflicto la imagen geométrica como la fotográfica. Estructura a color, de Vicente Antonorsi, un reflejo de su imaginario en la geometría de los volúmenes, la escultura y el diseño industrial; del movimiento del espectador, depende la perspectiva, la línea. Reinterpretación de El Talismán, de Paul Sérusier, tal es el pretexto de Francisco Bugallo para plasmar su reinterpretación de una imagen emblemática de la historia del arte empleando la pintura digital como herramienta tecnológica. Continuo Inmanente, de Pedro Fermín, trabajo inspirado en la obra Cuadrado negro sobre fondo blanco de Kazimir Malévich, que busca reflejar, en la repetición del cuadrado, el valor del intervalo como símbolo de temporalidad entre dos opuestos. Inexorable, de Felipe Herrera, quien hurga en su memoria los recomienzos de la existencia. Sin título, de Luis Lizardo, expresa el espacio de tiempo entre una creación artística y la otra. Espacial en tres tiempos, de Carlos Medina, la representación de los neutrinos, esencia minúscula de la materia, que provocan una poética vibración cinética. La niña más mala de la playa, de Miguelángel Meza, un viaje a su propio subconsciente que lo sorprende, frente a un mundo real que define como predecible, evidencia la abstracción de la realidad y del poder de la imaginación que la distingue de lo fantástico. Flexonometría, de Luis Millé, inspirado en los halcones peregrinos y la libertad del vacío. No todo el mundo vive en el mismo ahora, de Lourdes Peñaranda, obra compuesta por el dominio objetual y el visual, en 60 relojes y 60 imágenes disímiles; mas el tiempo lleno y el tiempo vacío son iguales. La profilaxia del Guaire, de Jorge Pizzani, que el autor presenta como un epítome del silencio para concebir su obra. Anacoretas y misántropos, de Adrián Pujol, que representa lo que define como la desconexión del tiempo propia de las imágenes en movimiento”.

¿Cómo puede caber tanto en un recinto, el tiempo todo y todo el arte dándole consistencia? Muestra que ha sido catapulta de enjundiosas jornadas sobre el tema y de charlas vinculadas al tiempo, El pasado y el futuro en el presente está por cerrar. No perdérsela es lo más aconsejable. El arte, como la tierra, es tarima, albergue y caldo de cultivo para la vida, y todas las herramientas posibles, las vislumbradas y por construirse, sirven como arado para crear. “Cuando me vence la melancolía y me persiguen los pensamientos tristes, busco el refugio en el arte y no hay prozac que valga”, dice Lamberto Maffei. “Si nos volvemos incapaces de crear un clima de belleza en el pequeño mundo a nuestro alrededor (…) ¿cómo podríamos resistir?”, sostiene Ernesto Sábato. “Tenemos el arte para no morir de la verdad”, asestó Friedrich Nietzsche. En tiempos nublados, de rayos y centellas, el arte nos queda. Persuadido de su valía, de sus posibilidades de sostén, no cesa porque es resistencia. En efecto, el arte es algo parecido al hilo constitucional es el que nos constituye y del que pendemos para seguir, para ser, para mantenernos asidos como equipo. En tiempos de ventoleras y de clima enrarecido, el arte nos sostiene en su magnífica armazón imaginada y nos proyecta, nos sintetiza y nos amplifica, nos hiere y nos reanima, nos susurra verdades posibles y nos salva.

En la sala de exposiciones del BOD, en La Castellana, esta exposición fundamental, histórica que nos coloca de cara al tiempo, ese que es una forma de comprensión, ese que ocurre en la escena y se filtra en las hendiduras del espacio, la llamada Trienal, ese oasis en el desierto, es alimento para el alma y para las neuronas, nos pone a pensar en eso que Dalí identificó como lo líquido, lo caliente, lo real o surreal que derrite los relojes. Ir a La Castellana de martes a domingos.

Gracias a Samuel Baroni, escultor, pintor, sembrador de auyamas, pensador que entiende el oficio como savia, como orgasmo, como pasión, como proyección, como continuación del cuerpo que representa por su creación por ser y estar, y a Felipe Herrera por la persistencia y por la memoria, y a Isabel Cisneros, generosa hasta los tuétanos que estos días diseñó muñecos para regalar a los niñitos que hacen colas con sus padres en un acción que convocó a media Caracas: Coser para abrazar. Gracias a todos los artistas porque nos hacen mejores. Mejorarte.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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