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El mirador redondo NO HAY GUERRA SIN DROGA, por Carlos E. Montenegro

Soldado en la guerra de Vietnam
En Vietnam tomaron de todo: bebieron grandes cantidades de alcohol, fumaron ingentes cantidades de marihuana y se inyectaban heroína.

La historiografía moderna ha ido esclareciendo cosas que se ocultaban, y se han develado muchos asuntos que en épocas pretéritas fueron tabú.

John F. Kennedy, tras la tensión que pasó durante la crisis de los misiles rusos en Cuba, dijo que “el hombre tenía que establecer un final para la guerra, de lo contrario ésta establecería un final para el hombre”.

Bien miradas, las guerras son actos de locura colectiva originados por dirigentes de naciones que se supone sean inteligentes, calmados e interesados sobre todo en proporcionar paz y bienestar a sus conciudadanos. Esto está bien como enunciado de lo ideal, pero sería una ingenuidad creérselo, cuando la realidad cotidiana nos demuestra que no es así. No mientras existan gobernantes ambiciosos, farsantes, maniqueos y dictadores con antifaz de demócratas que con tal de lograr sus designios son capaces de todo, incluso hacer la guerra.

La guerra la declaran únicamente los poderosos, o que creen serlo y con tal de salirse con la suya movilizan ejércitos contra otros ejércitos y llevan a la muerte a centenares, millares o millones de soldados, depende del tamaño de la guerra, aunque la locura y el desvarío sea el mismo. Si se pudiera preguntar a los soldados por qué luchan y mueren, las respuestas serían parecidas: no lo saben, o tal vez respondan con consignas trasnochadas extraídas del catecismo de los demagogos, y poco más. No es fácilmente explicable por qué se juegan la vida en las contiendas, pasando hambre, frío y calores extremos, casi sin dormir y muertos de miedo por si les cae una bomba o reciban un balazo que los mate o mutile.

Sin embargo, dan todo de sí y realizan verdaderas hazañas sin comprender ni importarles mucho la causa de su tenaz empeño. ¿Qué les mueve a tan titánicos esfuerzos? ¿Cómo es posible que arrostren tantos riesgos mientras los jefes están bien resguardados observando de lejos cómo van las cosas mientras sus tropas pasan penurias y mueren?.

La historia —escrita ya se sabe por quienes— nos habla del impulso sobrehumano que insufla el amor por la patria de sus pueblos y todo el bla, bla, bla del caso. Los reporteros de guerra suelen glosar el patriotismo de quienes mueren por su patria. La literatura ha creado obras de arte sobre el asunto, así como los pintores han glosado en sus telas lo suyo sobre gloriosas batallas y sus generales. El cine ha mostrado a héroes magníficos, con hileras de batallones disparando y avanzando a pecho descubierto contra otros escuadrones que vienen haciendo lo mismo pero en sentido contrario, hasta que se juntan y se forma la sampaplera con la consiguiente matazón. Desde que empecé a ver en las películas de guerra esas secuencias algo me decía que eso no era normal. Pero así eran aquellos héroes y punto.

Con el tiempo, los libros de historia e Internet he caído en cuenta de cosas que nunca imaginé, a pesar de ser tan interesantes como obvias. La historiografía moderna ha ido esclareciendo cosas que se ocultaban y se han develado muchos asuntos que en épocas pretéritas fueron tabú. Por ejemplo, que la relación entre las drogas y los soldados es tan vieja como la guerra. Los combatientes han tomado estimulantes, y casi siempre facilitados por el propio ejército para mejorar su rendimiento. ¿Qué tal?

No hay guerra sobria. Ahora sabemos fehacientemente muchas cosas, como que en la guerra siempre se han usado drogas, aunque está claro a qué nivel. Los combatientes de todas las épocas y clases han echado mano de alguna sustancia psicoactiva para enardecerse, mejorar el rendimiento, vencer el miedo y ser capaces de luchar contra el enemigo con armas mortíferas, matar y eventualmente morir, lo que significa un verdadero desafío a la naturaleza humana. De hecho, la mayoría de los guerreros de la historia han entrado en combate ‘bien puestos’ de algo. Desde los aguerridos ciudadanos-soldados de las  Ciudades-Estado de la Antigua Grecia que se ‘ponían’ a gusto con opio y vino, pasando por los guerreros vikingos que usaban hongos alucinógenos, hasta los zulúes con extractos de diversas plantas ‘mágicas’ como dagra, variedad sudafricana euforizante del cannabis.

Ya en nuestra era, a los kamikazes japoneses les proporcionaban tokkou-jo, (pastillas de asalto) de metanfetamina, al partir para inmolarse; a los actuales pilotos de cazabombarderos estadounidenses la fuerza aérea les suministran sin receta ‘pastillas go’ a base de anfetaminas para no desconcentrarse durante el vuelo.

La droga más popular de cuantas han empleado los ejércitos es, sin duda, el alcohol, el coraje líquido’, casi indispensable en las tropas de todos los tiempos  (supongo que excepto las islámicas). El alcohol se ha empleado como anestésico, estimulante, relajante y fortalecedor. Al menos hasta el final de la II Guerra Mundial los soldados en el frente se ponían morados de ‘caña’. El imperio británico no se concibe sin el ron que el Ejército y la Armada abastecían generosamente a los soldados y marinos a la par que las municiones y las  raciones de campaña. En el ejército ruso, es histórico, se repartía vodka a la tropa en abundancia, lo que propició victorias (aunque también ocasionó derrotas). Napoleón Bonaparte hubo de tomar medidas drásticas contra el hábito de sus tropas de consumir hachís en exceso durante la campaña en Egipto. Fue contraproducente también la enorme adicción a la morfina que provocó la Guerra de Secesión estadounidense, donde a las tropas se les repartía a diestro y siniestro como panacea.

La I Guerra Mundial (1914-1918) fue la contienda de la cocaína, que consumían los ases de caza alemanes para aumentar su arrojo. También se les administró a los soldados australianos en Galípoli, y en general se suministraba regularmente a las tropas británicas en forma de grageas llamadas Forced March.

La II Guerra Mundial (1939-1945) fue la del speed y la metanfetamina que la Wehrmacht, (Fuerzas Armadas alemanas)  comercializada como Pervitin. Una investigación realizada por la Asociación Médica Alemana ha sacado a la luz documentos que expresan que los soldados de Hitler tomaban sustancias para aumentar la fuerza y la resistencia. Según estos documentos, entre 1939 y 1945 las autoridades militares nazis distribuyeron entre sus soldados hasta un total de 200 millones de píldoras de Pervitin, cuya fórmula farmacológica se correspondía con la metanfetamina. El partido nazi buscó un estimulante aún más poderoso, ‘una verdadera bala mágica’: el DI-X, un derivado de la cocaína, estimulante que estaría destinado a crear supersoldados para las Waffen-SS dirigidas por Heinrich Himmler y los comandos de Otto Skorzeny. Pero en realidad los ejércitos de todos los bandos emplearon las anfetaminas. Caso especial fue el de las tropas finlandesas, ‘puestas’ hasta las cejas de heroína, morfina y opio.

El Ejército norteamericano optó por dar dexedrina a sus soldados durante la Guerra Fría. Es un tipo de anfetamina que aumenta la concentración y que ahora se usa como medicación contra la hiperactividad. El uso de dexedrina en el Ejército americano ha sido muy polémico porque la tomaban los pilotos que llevaban armas nucleares. En 2003 se reveló que aún la seguían tomando, lo que fue negado por el Pentágono. Sin embargo, en Vietnam tomaron de todo: bebieron grandes cantidades de alcohol, fumaron ingentes cantidades de marihuana y se inyectaban heroína. El 45 por ciento de los soldados americanos consumieron algún tipo de droga ilegal, más de 30 por ciento probó la heroína. Al ejercito yanqui, en Vietnam se le llamaba el ‘ejército yonki’.

The New York Times en una denuncia sobre el consumo de píldoras por prescripción médica para combatir el dolor físico y psíquico o de analgésicos que, además, no solo lo tomaban en el frente se preguntaba “¿Por qué estamos drogando a nuestros soldados?”. Según el Departamento de Defensa, la mayoría lo dejó al regresar de la guerra. A confesión de parte, relevo de pruebas…

©Carlos M. Montenegro                       carlosmmontenegro22@gmail.com

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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