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El Mirador Redondo BRINDAR CON VINO, por Carlos M. Montenegro

Brindis con vino
Llámese brindis, toast, cheers, salute, mazel o santé, pienso que muy pronto tendremos un buen motivo para celebrar todos en paz.

Brindar es beber a la salud de alguien, alegrándose de lo bueno que le sucede o deseándole que le suceda, o por un hecho feliz acontecido. Es como una norma que para poder realizarse los deseos de un brindis la bebida para brindar debe contener alcohol, sin importar la proporción. Cualquier bebida fermentada o destilada es válida para un brindis, pero el vino es históricamente la bebida propia para celebrar, desde un cumpleaños hasta un venturoso suceso.

Se dice que el brindis como tal se utilizó por primera vez en el siglo XVI cuando para celebrar la victoria de un ejército sobre otro, los jefes militares llenaron sus copas de vino y las alzaron como en una ceremonia ritual disculpándose ante el creador por los actos violentos cometidos durante la batalla y ofreciéndole la victoria diciendo: “¡bring dir’s!“ (Yo te lo ofrezco). En la Alemania del Medioevo bringen significaba ofrecer o llevar, y también era una jarra que servía para escanciar el vino en las copas de los comensales.

Pero se cree que mucho antes a eso, en la Antigua Grecia, cuándo no, ya se hacía un gesto o ritual parecido al brindis. Los anfitriones de una fiesta o banquete servían una copa de vino a cada comensal y alzando su copa bebían antes que nadie, mostrando claramente a todos que el vino que estaba sirviendo era bueno y no iba a matar a nadie pues no tenía veneno. Qué tiempos…

La costumbre de golpear el vaso o la copa, para llamar la atención durante el brindis, procede de la época romana, cuando las fiestas, banquetes o bacanales eran tan multitudinarias que para poder llamar la atención de los sirvientes, los invitados levantaban sus copas en alto y golpeaban una con otra para hacer ruido y poder ser atendidos enseguida.

Para los griegos el vino era un regalo del dios Dionisos. Los sumerios tenían a la diosa Gestín, que significa ‘madre cepa’. En el Egipto faraónico el dios del vino era Osiris, y aseguraban que el fruto de la uva eran las lágrimas de Horus ‘el elevado’. Los romanos ofrecían vino a Vesta en su hogar, pero las libaciones y borracheras a Baco. No hace mucho el papa Benedicto XVI se dirigió a su grey diciendo: “Yo no soy más que un humilde trabajador de la viña del Señor”. ¿Por qué ese persistente vínculo del vino y los dioses en todas las épocas? El estrecho vínculo entre el vino y la religión alcanza a la noche de los tiempos, y gracias a la moderna aleo-enología, se ha ido descubriendo que el aprovechamiento de la vid fue simultáneo y posiblemente anterior a la expansión del homo sapiens por el mundo.

La elaboración del vino fue uno de los primeros conocimientos técnicos que adquirió la humanidad, antes de la escritura, la rueda y posiblemente antes que el fuego. El vino no fue inventado, estaba ahí esperando a que lo descubrieran. Dada la concentración de azúcares en su mosto, la uva es el único fruto con tendencia natural a fermentar. Cuando el grano madura y su jugo hace contacto con ciertas enzimas presentes en el entorno, comienza la transformación de su azúcar en alcohol, convirtiéndose en una bebida fermentada que contendrá alcohol etílico, que si es bebido en cantidades moderadas favorece la expresión sincera de sentimientos, mientras que si se ingiere en cantidades abundantes puede producir efectos narcóticos.

Los inicios de la vinificación y de la religión y el deseo de trascender inherente al ser humano viajan juntos desde hace milenios. La utilización de bebidas fermentadas en los actos rituales facilitó los primeros contactos del ser humano con los dioses. La embriaguez debió sorprender al humano con un éxtasis confuso, quizá le presentó otra realidad mejorada o distorsionada, posiblemente mucho mejor que las duras condiciones de vida que tenía que soportar. Sin otra explicación a mano, la certeza, el deseo o la esperanza de una presencia superior —la divina— comenzaría entonces a cobrar forma ante los primeros humanos que traspasaban el umbral de la embriaguez. Aunque hubo en todas las épocas grupos sociales que denigraron de la bebida, las religiones en general se han llevado bien con el vino.

El escandaloso Dioniso y el ascético Jesucristo pueden parecer figuras antónimas. Sin embargo, desde el punto de vista propio de la paleontología existen ciertas concomitancias. Dioniso era un dios que nació dos veces, y que vivía dos vidas, una de día como prolífica deidad de la labranza, el agro y la abundancia, y otra de noche, en interminables fiestas y jolgorios. Jesús —menos bonchón— y Dioniso comparten a la vid como el símbolo de su sangre. El vino era el sustituto de la sangre de Dioniso en la Grecia antigua, y gracias a su consumo sus fieles llegaban a él mediante la embriaguez. En el caso de Cristo, el fruto de la uva es el símbolo elegido para la Eucaristía, en una metáfora que la Iglesia Católica ha elevado a dogma a lo largo de los siglos, afirmando que es materialmente la sangre y el cuerpo de Jesús lo que los cristianos comparten en la Comunión.

A Jesús de Galilea le debía gustar el vino a juzgar por lo que dice Juan que estaba presente: “Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús se encontraba allí. También habían sido invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo, ya no tienen vino.” (Juan 2:1-3). Y Jesús hizo su primer milagro convirtiendo el agua en vino; ese milagro no lo hizo para que se embriagaran, porque seguramente ya lo estaban, la fiesta debía estar buena y no permitió que se acabara por falta de vino. Otro dato a tomar en cuenta es que la última cena se celebró con abundante vino. Por algo sería.

Sin embargo en nuestra era las tres religiones monoteístas, judía, católica e islámica le dan al vino un tratamiento dispar a pesar de compartir los elementos más importantes de cualquier religión, como el patriarca Abraham, en cristiano, Avraham en hebreo, e Ibrahimen árabe , que es el primero de los tres Patriarcas del Judaísmo. Su historia está en todos los textos sagrados de las religiones y juega un papel importante como ejemplo de fe en el judaísmo, el cristianismo y el Islam. Comparten también al mismo mensajero enviado por el supremo para anunciar grandes eventos: el arcángel Gabriel o Ángel del Señor. Sin embargo, en el asunto del consumo del vino las cosas son diferentes.

En la Iglesia Católica lo del vino está muy claro, y si no que nos lo pregunten a los cristianos. No hay misa en que el cura no se meta su lingotazo. Está claro que los cristianos comenzaron su sendero por la historia con todas las bendiciones para plantar vides y beber vino, aunque San Benito acuñó la regla 40 para los benedictinos, limitando su ingesta a una mina, o sea, un par de copas, regla que ni él mismo cumplió, y sus ‘licoreros’ frailes aún menos. Se sabe que los monjes de Silos se ponían morados, ¡cómo no iban a cantar gregoriano! …Y salsa si la hubieran conocido.

Los judíos, sin embargo, son más complicados. Lo mismo que los católicos beben vino, no dejan de iniciar su Sabat bendiciéndolo, pero para ser sagrado debe cumplir ciertas reglas; sus sacerdotes sólo lo pueden beber dentro de las sinagogas y nadie puede abrir una botella sino un judío, y aunque no reniegan del buen vino, el de ellos debe ser elaborado sin mácula bajo supervisión de un enólogo judío y con el certificado kosher, porque si no es impuro. Por eso en Israel creo que no hay tascas.

Pero los discípulos de Mahoma lo tienen mucho peor. Hace unos 1.400 años el enviado Gabriel le dijo personalmente a Mahoma —de parte de Alá, supongo— que mujeres las que quisiera pero que el vino ni olerlo. Ya me dirán ustedes que hace un hombre con un mujerero sin poder brindar con ellas por… eso.

Llámese brindis, toast, cheers, salute, mazel o santé, pienso que muy pronto tendremos un buen motivo para celebrar todos en paz.

Y si es con vino tinto, por ejemplo de Rioja, mejor.

*Publicado loriginalmente en www.talcualdigital.com

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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