provigil apteka online provigil goes generic need provigil hcg provigil 5000 adderall vs provigil narcolepsy
Inicio / LETRAS / Crónica / El largo viaje de una estatua de Bolívar LA EPOPEYA DE RODOLFO GERBES, por Rodolfo Izaguirre

El largo viaje de una estatua de Bolívar LA EPOPEYA DE RODOLFO GERBES, por Rodolfo Izaguirre

llegada-de-la-estatua-de-bolivar-a-trujillo
Se trataba, pues, de llevar a Trujillo la réplica de la estatua que Adán Tadolini vaciara en bronce y cuyo original está en la Plaza Bolívar de Caracas.

El ingeniero alemán Rodolfo Gerbes nació en Wierstt en la provincia de Hannover en 1903. Terminada la Primera Guerra Mundial sintió la necesidad de aventurarse por el mundo y decidió junto a un grupo de jóvenes embarcarse con destino a Brasil pero el barco donde viajaba quedó varado en Paramaribo. Entonces subió a una pequeña embarcación que viajaba hacia Venezuela con destino a Colombia y Panamá. Pero ocurrió que también este barco encalló en Puerto Carenero. Allí tuvo la oportunidad de colaborar en la reparación de una máquina utilizada para arrastrar los vagones del transporte de cacao y café y de inmediato fue contratado por la compañía del ferrocarril.

¡Finalmente, cuando apareció en Caracas: alto, fuerte, de anchas espaldas y manos acostumbradas a trabajos rudos; ojos azules, cabello fino y parco en el hablar, tenía 25 años de edad!

Un día vio a una adolescente que le pareció la mujer más bella que hasta entonces habían visto sus ojos y terminó casándose con ella. La muchacha era mi hermana Liliam, primogénita en una familia de siete hermanos. Gracias a las vinculaciones familiares que emparentaban a uno de mis tíos con el general Emilio Rivas, entonces presidente del Estado Trujillo, Rodolfo Gerbes obtuvo en 1930 un contrato por demás singular: “Por disposicion del Gobierno del Estado Trujillo y con la debida autorización del Benemérito General Juan Vicente Gómez, se le encomienda a Usted el traslado de la estatua ecuestre del Libertador desde los muelles de Puerto Cabello hasta su colocación en la Plaza Bolívar del estado”. Se trataba de la conmemoración del centenario de la muerte de Simón Bolívar y a instancias del Dr. Juan Penzini Hernández, secretario del general Rivas, la ciudad consagró ese año dos obras en memoria del Libertador: su estatua ecuestre y el Salón de Lectura que se llamó Biblioteca 24 de julio.

Se trataba, pues, de llevar a Trujillo la réplica de la estatua que Adán Tadolini vaciara en bronce y cuyo original está en la Plaza Bolívar de Caracas. Uno de los anhelos del general Emilio Rivas era glorificar de alguna manera al Libertador. Ahora, siendo Presidente del Estado podía satisfacer plenamente su deseo.

El peso de la estatua alcanzaba los 5.690 kilogramos pero con el embalaje (una inmensa jaula o guacal) y los accesorios para asegurar la estatua el peso llegaba a los 6.130 kilos. ¿Dónde conseguir un camión de al menos diez toneladas para transportarla?

Gerbes consiguió un camión Federal de apenas cuatro toneladas al que tuvo que hacerle modificaciones de última hora capaces de resistir los 6.130 kilos de la estatua y emprender el viaje en una caravana compuesta de dos camioncitos ofrecidos por el Estado Trujillo, cargados de mecates, cadenas, picos, palas, carretillas, combustibles, grasa y aceites para los vehículos, lámparas de carburo, mosquiteros, hamacas, pastillas de quinina y de Clorazene —para purificar el agua de beber— además de los peones, maestros de obra, mecánicos y carpinteros. Una travesía que, arrancando desde los muelles de Puerto Cabello, pasaba por Taborda desde donde arrancaba la Gran Carretera Occidental o Trasandina que llegaba hasta San Cristóbal, trazada y construida durante la presidencia de Juan Vicente Gómez.

Era una carretera de tierra. Tan sólo el tramo Caracas-Taborda era de cemento y los viajeros que viajaban desde el interior al dejar de escuchar el pedregoso sonido de los cauchos rodando sobre la tierra y entrar en contacto con la lisa superficie del macadam, se alegraban y decían: “!Llegamos a Caracas!”, cuando en realidad faltaban cinco o seis horas de viaje. Contrariamente, al llegar a Taborda, desde la capital, en viaje hacia el interior sacaban los pañuelos para taparse la nariz y protegerse del polvo y se resignaban a largos días de agonía: tres si el destino era Mérida o San Cristóbal en auto o en autobuses que sufrían, además, averías en el camino. Mientras la Trasandina fue de tierra, Taborda significó durante muchos años el lugar exacto en el que se separaban o se encontraban el cielo y el infierno. El matrimonio del cielo y el infierno de que hablaba William Blake en 1790.

De allí que viajar por el país resultaba algo penoso e inconfortable. Se descartaba, entonces, que los venezolanos pudieran conocerse o relacionarse;  saber  de  las  tipologías,  costumbres,  fiestas  o celebraciones propias de cada región. El hombre de San Carlos —Cojedes— nada sabía del cumanés y éste ignoraba quiénes eran los llaneros. Hubo que esperar la elección de Rómulo Gallegos como Presidente de la Repúblca para que Juan Liscano organizara en el Nuevo Circo de Caracas un Festival Folklórico que reunió a grupos danzantes de todo el país para asombro de los caraqueños y de los propios participantes que descubrían la presencia de un país cultural justo cuando el país elegía por primera vez en elecciones universales libres y secretas a un escritor como Presidente de la República. Simultánamente, los camarógrafos de Bolívar Films, imposibilitados de trasladarse por tierra en razón del peso y la sofisticación de las cámaras, viajaban en Aeropostal para filmar la obra de gobierno de los presidentes de estado: películas que alimentaban los noticieros y eran proyectadas luego en los cines del país. Los venezolanos vieron cómo eran las ciudades a las que dificilmente podían acceder y conocieron cómo eran los andinos y los orientales y la gente del sur y los de la región zuliana. Comenzaba a tomar cuerpo un país físico, político: una geografía humana. Pero esto ocurría en los años cuarenta, es decir, ayer.

La monumental estatua ecuestre del Libertador tuvo que recorrer un antiguo camino para bestias y carretas: Morón, San Felipe, Barquisimeto, Carora; luego la subida desde el Trentino hasta la Cuchilla, Concepción, La Cejita y Trujillo, la capital del Estado, término del viaje y de la colosal hazaña.

Significaba cruzar zonas aniquiladas por el paludismo. A veces, vadeaban los ríos; en otras, cruzaban los puentes metálicos que cerrados a los lados y en la parte superior el ingeniero alemán tenía que desmontar para que la estatua pudiera pasar y una vez cruzado el río volver a dejar el puente tal como lo había encontrado.

Mi hermano José Luis Izaguirre dejó constancia de este episodio heroico, esta suerte de épica gloriosa en el libro Conversaciones de memoria, publicado en 1995 por la Academia Nacional de la Historia en la colección El Libro Menor. Para el momento en que el Héroe Americano avanza sobre el camioncito Federal conducido por Rudolf Gerbes, escribe José Luis, las montañas de la costa entre Carabobo y Yaracuy —al igual que la región selvática del sur del Lago, entre los Estados Trujillo, Mérida, Táchira y Zulia— se consideraban como las mas insalubres y peligrosas de todo el país (…) Cada diez o quince kilómetros tenía que detenerse para reconstruir algún puente o alcantarilla y, en ocasiones, hacer una derivativa para vadear algún río o quebrada. De tal suerte que para cubrir los escasos ochenta kilómetros entre Morón y San Felipe demoró más de tres semanas.

Los recibimientos que recibía la estatua en las poblaciones importantes por las que pasaba eran apoteósicas. ¡Particularmente en Barquisimeto! Después de la cuesta de Santa Rosa, donde comienza la Carrera 20 o Calle del Comercio, la banda marcial del estado comenzó a entonar en la plazoleta las notas del Gloria al Bravo Pueblo. La muchedumbre se agolpó para ver la entrada de la caravana. Era sencillamente impresionante la aglomeración de gente de todos los estratos sociales. Al acercarse los hombres, en particular, se descubrían y hasta hacían una reverencia a la descomunal estatua de Bolívar encerrada dentro de aquel gigantesco guacal encaramado sobre tan extravagante vehículo. Al ver la abigarrada masa humana, Rudolf Gerbes se asustó creyendo que algo inconveniente o impropio había hecho en desmedro de la majestuosa figura que llevaba sobre el Federal. Pero se tranquilizó cuando le dijeron que el Presidente del Estado Lara salía al encuentro del Prócer.

En efecto, el general Eustoquio Gómez se presentó, temible, con su comitiva y su corte de aduladores, para recibir también con honores al Padre de la Patria. Eustoquio miró con curiosidad al ingeniero alemán, en traje de faena, polainas de tela y sombrero de paja. Le pareció que tan curioso personaje merecía recibir sus salutaciones aunque sólo fuese por el hecho de haber traído la estatua del Libertador desde Puerto Cabello e invitó al musiú Gerbes a una apoteósica ternera.

Lo que ignoraba Rudolf Gerbes era que Eustoquio quería quedarse con la estatua. “¡Esta estatua, dijo, se queda en Barquisimeto!” Alarmado, Gerbes envió a Trujillo al viejo Nicolás Unda, el maestro carpintero, para informar de la situación al general Rivas, quien de inmediato viajó a Maracay y habló con el Benemérito haciéndole ver que sus órdenes de erigir la estatua en Trujillo no podían ser desobedecidas. “Pues vea, ¿cómo le parece, don Emilio”, comentó el Benemérito, “¡Las ocurrencias de Eustoquio!  El hombrecito como que quiere quitarle la estatua, ¿no? El pendejito ése se las trae, ¿no? Pues dígame don Emilio, ¿Usted qué piensa hacer?”

Una vez mas, escribe José Luis, el general Rivas puso de manifiesto su inteligencia y habilidad política. Él era pequeño en poder y en altura, pero no por eso menos hábil que los otros. “Pues, general, usted es el jefe y el que es jefe es jefe. Es como usted dice: ¡el que manda, manda! Y ningún subalterno va a pasar por encima de una orden suya. Aquí tengo el Oficio donde usted ordena erigir la estatua de Bolívar en Trujillo y yo, Emilio Rivas, su amigo, siempre he cumplido y seguiré cumplindo fielmente sus órdenes. Presidente”, concluyó Rivas, “Usted manda y yo obedezco”.

“Tarazona”, dijo Gómez, “!Dígale al general Eustoquio que por orden mía la estatua de Bolívar sigue para Trujillo y no se hable mas!”

Gerbes utilizó una tecnología de su autoría a base una viga Doble T y una serie de viguetas de tres metros. Situó el camión Federal cerca de la acera; las vigas se colocaron con los ganchos en la carrocería y se levantó con palancas el extremo del guacal que protegía la estatua. Se montó sobre las viguetas que funcionaron como rodillos sobre los que se deslizó la carga hasta alcanzar el pedestal y con grúas, mecates, poleas y el esfuerzo de muchos hombres levantó la pesada estatua hasta colocarla donde todavía está: en la plaza Bolívar de Trujillo. Supo que podía hacerlo porque cuando se descarriló la máquina Caracas del  ferrocarril en Carenero levantó las casi cien toneladas de aquella locomotora que arrastraba catorce vagones de carga. Por la asombrada ciudad de Trujillo corrió entonces la voz de que el alemán había ‘inventado’ el plano inclinado. El general Rivas se sentaba diariamente en una silla de cuero y contempaba orgulloso cómo se desarrollaban los trabajos de erección de la estatua y desde allí despachaba los asuntos del gobierno.

Gerbes se encontraba en lo alto del pedestal celebrando la experiencia límite y culminante de toda su vida; el triunfo y la coronación de aquella epopeya iniciada en Puerto Cabello semanas atrás, cuando Nicolás Unda llegó con un papel en la mano: !Musiú Gerbes…¡ !Musiú Gerbes…¡ !Un telegrama para Usted¡ Gerbes impartió algunas instrucciones finales a uno de sus ayudantes y bajó del andamio.

Eran las diez de la mañana y el cielo azul y la frescura del aire parecían unirse a los festejos que el general Rivas comenzaba a preparar  para homenajear a aquel grupo de hombres que estuvieron llevando la estatua de Bolívar por un país que intentaba encontrarse y reconocerse a sí mismo; pero también para compartir con la sociedad trujllana la circunstancia favorable de que el bronce ecuestre protegería a partir de ese momento y para siempre la vida trujillana.

El alemán tomó el papel, lo leyó; se demudó; levantó la vista hacia la estatua que acababa de colocar en el alto pedestal como si no fuese él o no creyese ser el autor de semejante portento; miró luego desconsolado a quienes lo rodeaban y sin pronunciar una palabra se derrumbó: Liliam, la mujer que tanto amó acababa de morir en Los Teques, a los 19 años de edad, víctima de la tuberculosis.

Dejaba dos hijos: Wilfrid y Alfredo, ¡mis sobrinos!

Muchos años mas tarde, mi hermano José Luis y yo viajamos a Europa y fuimos a Alemania con el propósito de visitar (y yo de conocer) a Rodolfo Gerbes, ya anciano. Vivía en un pueblo cercano a Hanover, se había vuelto a casar y tenía un hijo más que adolescente. La mujer era una dura y áspera campesina que, sin embargo, tenía que aceptar que en la sala de la casa estuviese el retrato grande y ovalado de Liliam Izaguirre colgado de la pared. Una chica preciosa, caraqueña, que seguía iluminando la vida de aquel hombre que llevó una estatua de Simón Bolívar en un camioncito de estaca por un primitivo e inexistente país en el que a diario tenía lugar el matrimonio del cielo con el infierno.

Fuente: José Luis Izaguirre Tosta. Conversaciones de memoria, 218, El Libro Menor. Academia Nacional de la Historia. Caracas, 1995.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

Te interesa

Banco Central de Venezuela 1

Una sucursal de Miraflores EL BANCO CENTRAL YA NO ES UN BANCO CENTRAL, por Trino Márquez

El Banco Central de Venezuela dejó de ser un banco central desde hace bastante tiempo. …

Deja un comentario