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El infierno de Gaspar Mendoza CUANDO LAS APARIENCIAS ENGAÑAN, por Luis Bond

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‘La vida del capitán Mendoza’ (muy bien actuado por alberto Alifa) transcurre entre el trabajo en el campo, su familia y el alcohol que consume para olvidar los horrores de la guerra.

Alfred Hitchcock, padre del suspenso en la gran pantalla, decía que el poster de cualquier película debía ser mejor que la película misma. Una máxima a la que pocas veces hemos hecho caso en nuestra filmografía y que siempre nos termina pasando factura en taquilla. Son pocos los afiches dignos de mención en el cine venezolano y esto se ha traducido en que grandes películas pasen desapercibidas en cartelera al lado de propuestas inferiores —pero con un empaque más llamativo. Este es el caso de El infierno de Gaspar Mendoza, un largometraje cuyo afiche y trailer no le hacen justicia en lo absoluto, pero que se perfila como una de las gratas sorpresas de este año en el cine nacional. Con una producción modesta y tomando el riesgo de contar una historia en clave de suspenso/terror, la ópera prima de Julián Balam se sumerge en la locura posguerra con elementos de misticismo —a mitad de camino entre la psicopatía que describía Herrera Luque y lo real maravilloso de Carpentier— que le dan una personalidad única.

Ambientada después de la Guerra Federal, El infierno de Gaspar Mendoza cuenta la historia del capitán Gaspar Mendoza (Alberto Alifa), un militar retirado en una vieja casona olvidada en algún rincón de Venezuela. La vida de Gaspar parece transcurrir entre el trabajo en el campo, su familia y el alcohol que consume para olvidar los horrores de la guerra. Un día su hija María Eugenia (Diana Marcoccia) comienza a tener pesadillas donde ve a su padre mientras lo entierran vivo, seguido de imágenes de una masacre y demás horrores, visiones que le quitan el sueño, le producen fiebre y preocupan profundamente a su madre Mercedes (Rossana Hernández). Desde ese momento, una serie de sucesos paranormales comenzarán a rondar la casona de Gaspar, seguidos de la aparición de un misterioso niño mudo (Iván Gónzalez) con quien María establecerá una suerte de amistad. Lo que nadie imagina es que detrás de la fachada inocente del niño se esconde el origen del mal que persigue a Gaspar y a toda su familia.

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‘El infierno de Gaspar Mendoza’ se ubica a mitad de camino entre la psicopatía que describía Herrera Luque y lo real maravilloso de Carpentier.

El infierno de Gaspar Mendoza dista mucho de ser una película perfecta, pero detrás de sus fallas esconde una serie de virtudes que la elevan por encima del promedio. Lo primero que llama la atención es su puesta en escena minimalista; con pocas locaciones, buenas actuaciones y recursos limitados, Balam logra desarrollar desde los primeros minutos un discurso cinematográfico que destila personalidad y engancha. Por momentos no sabemos si los delirios de Gaspar son producto del alcohol, la paranoia o si efectivamente hay algo perverso detrás de él. Lentamente nos sumergimos en el misticismo que la película nos propone, desde la iglesia evangelizadora hasta los rituales paganos de los indios, creando una amalgama donde lo sobrenatural va apareciendo lentamente hasta tomar por completo el control de la escena. Gracias a esto su argumento harto conocido (hombre acosado por fantasmas del pasado / el mal encarnado en un niño) se transforma en algo nuevo —dentro de nuestra filmografía— y que nos termina por enganchar al margen de los lugares comunes que posee.

Su principal problema son los detalles en la producción. Por momentos, hay efectos especiales y trucos de cámara que funcionan muy bien (hasta el punto de asustar), pero estos chocan con otros instantes en los que el maquillaje y la puesta en escena parece sacada de Archivos del más allá. Este ritmo desigual hace que la película se tambalee un poco, pero su atmósfera y argumento la mantienen a flote hasta el final.

A pesar de los clichés y los baches en pantalla, El infierno de Gaspar Mendoza destila originalidad y es rescatable su afán de querer conectarnos con un terror más nuestro: el del hombre del campo, las leyendas y cuentos de camino que tan poco se ha explotado en la gran pantalla. Como un plus, hay que mencionar el subtexto que esconde detrás de su argumento: desmontar esa visión idealizada de la guerra que tenemos en nuestro país, confrontándonos con sus horrores y consecuencias, algo que pocas veces hemos visto en la gran pantalla (y que nos hace bastante falta explorar). De seguir por la senda del suspenso, tal vez Julián Balam termine haciendo la sucesora de La casa del fin de los tiempos o sea el relevo de Luis Alberto Lamata.

Lo mejor: Su premisa e historia son sumamente interesantes. La actuación de Alberto Alifa e Iván Gónzalez. El ambiente creado por el director, el arte y la fotografía. Su puesta en escena minimalista. Su tono con reminiscencias de Herrera Luque y lo real maravilloso.

Lo malo: Los pequeños errores en la producción —como maquillaje, efectos especiales— terminan sacándote de la historia. El exceso de humo y música incidental para crear el ambiente de la película terminan por distraer. Algunos diálogos son demasiado explícitos.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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