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El hombre invisible YO NO FUI, NADIE ME VIO, por Héctor Concari

Elisabeth Moss, una mujer bella y sometida por su amante, emprendedor billonario en el campo de la óptica, huye de su dominio y su mansión.

En principio la historia de un hombre invisible parece ser, para el cine, un desafío o una broma de mal gusto. Y sin embargo tiene su historia. Conviene empezar con Herbert George Wells, aquel socialista convencido de que pretendía extraer de sus relatos imaginarios, lecturas esclarecedoras sobre la lucha de clases y el porvenir de la humanidad.

Su ingenuidad política y admiración por Stalin resultan hoy imperdonable pero su periplo literario lo redime. Imaginó viajes por el tiempo, visitas a la luna, invasiones marcianas, mutaciones biológicas y en 1897, un óptico encuentro con el hombre invisible. Pasó al cine en 1933.

La Universal Pictures había encontrado un filón en el cine de horror. El director James Whale fue elegido para darle cuerpo sin color ni volumen a la obra de Wells en lo que para el momento era una proeza técnica. Era un hombre inteligente y para el papel eligió a otro actor, inglés como él y como Boris Karloff (su exitoso Frankenstein de 1931). Venía de una familia pobre y había logrado limar su acento cockney y exhibía junto a su cara tosca y angulosa una voz privilegiada de matices perversos. Se llamaba Claude Rains y componía villanos sobrecogedores.

Ahora bien, siguiendo aquella máxima de Homero Simpson que reza “yo no fui, nadie me vio”, la invisibilidad lleva en sí la tentación de la impunidad. Griffin, el protagonista de Wells, es más modesto. Descubre y confiesa que su facultad solo es buena para tres cosas: para acercarse, para huir y para matar. Dicho de otra forma, su condición humana es demasiado débil para resistir la posibilidad de hacer y no ser visto y por ello la invisibilidad lo empuja al crimen. La fantasía fue muy visitada por el cine, desde el Darkman de Sam Raimi (1990) al Hombre sin sombra de Paul Verhoeven en 2000, porque obviamente el ingenio del original de 1933 fue sustituido por el progreso de la técnica y la libertad de la imagen.

Pero llegamos a 2020, tiempos del #MeToo y justificadas (y tardías) ansias de justicia de mujeres maltratadas. Y, si de transparencia hablamos, qué mejor aliado que El hombre invisible. El primer acierto está en el punto de partida. Elisabeth Moss, una mujer bella y sometida por su amante, emprendedor billonario en el campo de la óptica, huye de su dominio y su mansión. Su camino liberador implica vencer la agorafobia y rehacer su vida, pero en el camino se le cruzan las ansias vengadoras del plutócrata, que tiene además la ventaja de la invisibilidad merced a una de sus patentes.

El libreto es inteligente y sabe graduar a la vez el momento en el cual el hombre invisible aparece (sin mostrarse) y el previsible enfrentamiento con su exvíctima. El movimiento no deja de tener su interés. El dominio a la cual la protagonista fue sometida fue esencialmente psicológico y abstracto. Invisible si se quiere. El suicidio de su excaptor, presumiblemente falso, no es más que el progreso de la manipulación por un medio distinto que se manifiesta en otro tipo de invisibilidad. Con un ingrediente adicional. Los predecesores en el cargo vivían su nueva facultad como una maldición, un experimento que había salido mal y que penaba su curiosidad científica con un estadio irreversible que los empujaba al mal.

El nuevo villano a la Weinstein ha diseñado un traje que le permite temporalmente hacerse invisible porque el hombre invisible del siglo XXI es fashion. Ha logrado desligarse de los lastres morales que lo condenan a su condición y puede entrar y salir de su ropaje. Es un depredador sexual, que busca el poder y el placer en un solo movimiento bendecido por una impunidad temporal. Lo define la frivolidad y, por si fuera poco, cuenta con al menos un abogado poderoso que apuntala su omnipotencia.

Otro tanto a favor de la película es el uso medido de los medios técnicos a su alcance. Los efectos especiales son caros, pero visualmente inagotables. La película los usa con mesura, en dosis de violencia muy bien administradas que refuerzan la anécdota sin distraerla. Es un filme que se ve con agrado y, mérito no menor, es una tentación para releer la obra de H.G. Wells.

El hombre invisible. (The invisible man). Estados Unidos. 2020. Director: Leigh Whannell. Con Elisabeth Moss, Oliver Jackson Cohen, Harriet Dyer, Michael Dorman.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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