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El general en su laberinto ASÍ LA ESCRIBIÓ GARCÍA MÁRQUEZ, por Antonio García Ponce

El general en su laberinto

Párrafos del libro inédito de Antonio García Ponce Recuerdos olvidados que vuelven.

Uno de los muchos acercamientos de Gabo a Caracas se produjo en febrero de 1989 cuando estaba a punto de aparecer su novela El general en su laberinto. Poco antes de su publicación se creó cierta expectativa acerca de su contenido, y fue entonces cuando Consuelo Mendoza, entonces directora de la revista Diners de Colombia, me encomendó entrevistar al novelista, a la sazón en Caracas. La ocasión se presentó durante un almuerzo en la casa de Rafael Di Prisco y Vilma Vargas, adonde fuimos con Soledad Mendoza. He aquí el texto de la entrevista, bajo el título siguiente:

«¡MÁS NUNCA EN LA VIDA ME METO A ESCRIBIR UNA NOVELA HISTÓRICA! – EN CARACAS, GARCÍA MÁRQUEZ NOS CONTÓ CÓMO ESCRIBIÓ EL GENERAL EN SU LABERINTO, SÓLO MEDIA HORA DESPUÉS DE PONERLE PUNTO FINAL»

La novela comienza así:

José Palacios, su servidor más antiguo, lo encontró flotando en las aguas depurativas de la bañera, dormido y con los ojos abiertos, y creyó que se había ahogado. Sabía que ese era uno de los muchos modos de meditar, pero el estado de éxtasis en que yacía a la deriva parecía de alguien que ya no era de este mundo. No se atrevió a acercarse, sino que lo llamó con voz sorda de acuerdo con la orden de despertarlo antes de las cinco para viajar con las primeras luces. El general emergió del hechizo y vio en la penumbra los ojos azules y diáfanos, el cabello encrespado de color de ardilla, la majestad impávida de su mayordomo de todos los días sosteniendo en la mano el pocillo con la infusión de amapolas con goma. El general se agarró sin fuerzas de las asas de la bañera, y surgió de entre las aguas medicinales con un ímpetu de delfín que no era de esperar en un cuerpo tan desmedrado.

«Vámonos», dijo, «volando, que aquí no nos quiere nadie».

Es Bolívar que baja por el Magdalena para alcanzar un puerto y, desde allí, seguir a Europa, lejos de los intrigantes que pisotean su gloria.

El tema, así planteado, es un excelente motivo para ponerse a escribir la novela del río Magdalena, una vieja obsesión en la mente de Gabriel García Márquez. Él conoce muy bien ese majestuoso curso de aguas, que le despierta grandes nostalgias, pues lo bajó y lo subió muchas veces en sus años de juventud, cuando estudiaba en Zipaquirá, en Sucre, en Bogotá. Aquel mundo fluvial, con sus bosques legendarios, tenía que ser una vez el protagonista fundamental de una de sus novelas. Ahora bien ¿cómo contarlo? Allí estaba el pretexto: el viaje final de Simón Bolívar. De Bolívar no sabía el escritor sino lo que le enseñaron en la escuela y las hazañas que proclama el culto. Además, no hay mucha documentación acerca de la última ruta del Libertador moribundo. En consecuencia, todo se podía inventar.

El novelista no contaba, entonces, con el conjuro bolivariano en que iba a quedar atrapado. Cayó en la trampa, literalmente, desde el mismo momento en que hizo la primera consulta sobre aquellos días del General. De un papel saltó a otros dos, y estos dos lo llevaron a cuatro volúmenes nuevos, y luego a ocho libros, y luego a nuevos 16 documentos, en una horrorosa progresión geométrica que parecía no tener fin. Ante esta avalancha de fuentes, el novelista tuvo que echar para atrás. Era totalmente insuficiente el primer capítulo escrito de la novela del río Magdalena, porque García Márquez se había topado con algo grande. Nunca se había imaginado la sólida y mágica personalidad que poseía Simón Bolívar.

Todo esto lo recuerda el Premio Nobel cuando lo entrevistamos dentro de un paréntesis que hace en uno de los tantos homenajes que le rinden sus viejos amigos de Caracas, luego de pasar los actos oficiales de la toma de posesión  del presidente Carlos Andrés Pérez. Por casualidad, llegamos al mismo tiempo a la casa de los esposos Rafael y Vilma Di Prisco, donde lo esperan, como casi inevitable abrebocas, unos cuantos libros suyos para ser autografiados. Ejecutada la ceremonia de los souvenirs, llega nuestro turno. El rumor de la tertulia de los invitados —el ex canciller Simón Alberto Consalvi, la editora María Di Mase, la periodista Soledad Mendoza, familiares de la casa— es una ola creciente. Gabo pide los auxilios de la grabadora, gesto que agradece el entrevistador, quien llega a paladear dos scotchs durante la conversación, mientras el famoso novelista apenas moja los labios en una copa de vino blanco. De la cocina llegan los aromas de unos fettucine con salsa de hongos que prepara el dueño de la casa.

—Así fue como el general Libertador se convirtió en el centro de la obra. Es la etapa más dolorosa de su vida, cercado por la ingratitud y la infamia. Llegó un momento en que la novela la empecé a escribir con rabia, hasta el punto en que se convierte en un libro vengativo contra todo lo malo que le hicieron a Bolívar en esa oportunidad.

—Tengo que confesar que me resultó difícil escribir en sus comienzos. Es que yo no tenía ninguna experiencia en cuanto a investigación histórica se refiere, nunca me había puesto a manejar los datos históricos. Por eso llamé en ayuda a mucha gente, puse a trabajar prácticamente a media humanidad para las labores de la recopilación documental que me era indispensable.

—Fui aprendiendo a manejar la información historiográfica. Me enredaba mucho al principio. Cuando necesitaba contrastar un dato nuevo con otro que ya había leído, me perdía entre los muchos papeles que me mandaban o que yo había recopilado, porque no tenía ningún sistema de archivo, no llenaba fichas. Por ejemplo, tomaba un libro y subrayaba lo de interés para la novela y, días después, cuando deseaba cotejar lo subrayado, me preguntaba, impotente, ¿dónde fue que yo leí tal cosa? Al final, ya había aprendido la técnica, de modo que si ahora me dispusiera a escribir un libro igual, demoraría la mitad del tiempo.

—Lo que sale para la lectura es la décima versión final, porque tuve que limpiar y limpiar cada versión anterior. Pero, a pesar de las podaduras, el libro creció, hasta llegar a las 300 páginas y pico. Mi idea original era hacer una novela de apenas 120 páginas. ¿Por qué? Porque no había nada que contar, simplemente.

En este punto, Gabo insiste en su opinión de que muy poco se había escrito en torno a los últimos días del Libertador, salvo las cosas convencionales de su última proclama y sus llamados a la unión. La gran mayoría de las biografías de  Bolívar despacha sus últimas actuaciones con una frase que García Márquez la pronuncia como una declamación de catecismo, o de esos textos escolares que nos relatan la muerte de Colón en Valladolid, pobre y abandonado de todos: «Al cabo de un largo y penoso  viaje por el río Magdalena, muere en Santa Marta, abandonado y traicionado».

Esas biografías llegan apenas hasta el momento de su renuncia en Bogotá, y de allí en adelante todo es una pasiva agonía del general. Insiste García Márquez en que esto no es así, a la luz de sus cartas y otros documentos, y pasa a demostrarlo.

—Es verdad que llegó un momento en que dio un portazo y decidió marcharse— reconoce Gabo.

Hace tres días que dejé la Presidencia de la República y mañana parto para Cartagena con ánimo de salir fuera del país (Carta al mariscal Santa Cruz, 7 de mayo de 1830).

—Pero, a medida que bajaba por el Magdalena iba recibiendo noticias de la situación del país e iban renaciendo sus esperanzas— advierte Gabo.

Desde Bogotá hasta aquí he recibido mil testimonios de parte de los pueblos (Carta al mariscal Sucre, desde Turbaco, el 26 de mayo).

—Y no debe olvidarse que al descender por el Magdalena, Bolívar se acercaba más a Venezuela. Él iba en compañía de un séquito de brillantes generales venezolanos, que podían darle la pelea a Páez— aclara Gabo.

Mientras tanto, yo me dispongo a seguir a Venezuela (Carta a José Rafael Revenga, desde Cartagena, el 5 de junio).

—Claro está, Bolívar estaba muy enfermo, pero solamente una fortaleza física tan sobrenatural como la suya pudo resistir ese viaje y tomar la decisión de vencer sobre sus adversarios —señala Gabo y agrega— Cuando se opera el levantamiento de Río Hacha, el Libertador exclama que de Río Hacha depende la suerte del mundo; así sería su coraje. Suena a disparate, pero en su mente bullía la idea de tomar Maracaibo y volver al poder.

Marcho a la cabeza de 2.000 hombres a restablecer el orden donde quiera que esté turbado (Carta al coronel Castelli, el 18 de septiembre).

Sin embargo, le argüimos a García Márquez que Bolívar estuvo a punto de embarcarse en Cartagena para las Antillas, vía Europa.

Me vine con la mira de embarcarme en un paquebote inglés que está fondeado aquí, pero ya la cámara estaba ocupada por una porción de mujeres (Carta al Presidente de la República, Joaquín Mosquera, desde Cartagena, el 24 de junio).

—Eso de las mujeres fue un pretexto —replica Gabo— El Libertador había estado en un almuerzo con Montilla y otros generales y allí lo aceleraron, le dieron ánimos y, a pesar de que tenía una cita ya comprometida en Jamaica y que Wilson, su edecán, ya se había embarcado, él desiste y toma como pretexto la ocupación de los camarotes por las mujeres. Es que, en medio de la gravedad de su enfermedad, Bolívar experimentaba mejorías y en esos momentos volvía a ser el genial guerrero libertador de pueblos. Preguntémonos por qué se va a Santa Marta. De Santa Marta no salían barcos para Europa, pero allí él iba a estar más cerca de su tropa y podía inmediatamente participar en cualquier acontecimiento importante que se desatase. En Santa Marta, Bolívar no era un moribundo sino todo un general en campaña. Así es como debe verse el último viaje de Bolívar por el Magdalena, puesto que es un momento muy crítico en que está recapitulando toda su existencia. Yo definí muy claramente, en consecuencia, que lo que había que contar era la personalidad de Bolívar, no su biografía, no el simple recuento de su vida. Me despojé de la imagen de Bolívar romano, que nos dan las estatuas y las citas aisladas de su pensamiento. Por el contrario, al final de mis lecturas no tuve sino que exclamar:

—¡Éste era un venezolano encabronado!

García Márquez reconoce la ayuda que le han prestado los historiadores. Con ellos consultó hasta el último minuto. Para su sorpresa, halló que fueron pocos los errores y las observaciones que le hicieron los historiadores a los manuscritos de su novela. Pero, antes de sacarla a la luz, debía presentar ante ellos la revisión final. Y eso era lo que estaba haciendo cuando pocos minutos después nos encontramos en el ascensor rumbo al pent house de los Di Prisco, un mediodía inusitadamente fresco del mes de febrero.

—Hace media hora (es decir, las 12 m del viernes 10 de febrero) considero que he terminado definitivamente El general en su laberinto.

Culmina de esta manera una labor de dos años, durante la cual fueron muy pocos los libros sobre Bolívar que no leyó. A todos los escritores e historiadores que les pidió su colaboración, se la dieron sin ningún problema. En la novela aparecerán los créditos de todos los autores y obras que le sirvieron. Gabo destaca, por ejemplo, el gesto de Aníbal Noguera Mendoza, quien tiene adelantada una acuciosa investigación sobre el mismo tema, y que puso a disposición del Premio Nobel todos sus originales y borradores, para que los usara como le conviniera.

—Fue una gran generosidad de su parte. Traté, de todas maneras, de quemarle lo menos posible su material.

Es que el novelista ha utilizado literalmente todas las frases de Bolívar que le interesaron para su recreación. En la novela, el lector no encontrará una sola frase del Libertador que en realidad él no haya pronunciado. Y advierte Gabo que mucho de lo que dijo Bolívar es de una actualidad sorprendente, tal el caso del aviso que formuló a Santander a propósito de las gestiones para contratar un empréstito con Inglaterra. «Si lo aceptan —profetizó Bolívar— no nos alcanzará la vida para pagar los réditos». En efecto, esa deuda aún está allí.

Pronto, la novela aparecerá en todos los estantes y vitrinas de las librerías y hasta en supermercados y farmacias. Y, ¿cuál es la sensación que le queda al autor al final del camino?

—Te prometo que más nunca en la vida me meto a escribir una novela histórica. Fueron dos años en que lo único que estuve leyendo fueron libros de historia. En la cabecera de mi cama se amontonaron volúmenes y volúmenes formando una pila enorme. Hoy conozco el método, pero, ¡más nunca!

No obstante, cuando a eso de las 5 de la tarde se dispersaba la reunión, Gabriel García Márquez tomó del brazo a Simón Alberto Consalvi para asistir juntos… a una nueva reunión con los historiadores.

Años después, tuvimos la oportunidad de conversar con uno de los historiadores que asesoró a García Márquez. He aquí el relato:

Cierto día, Vinicio Romero Martínez —también conocido con el nombre de guerra de «El Rey Zamuro» al lanzarse en una ocasión como candidato presidencial, y en su vida normal escritor de libros y crónicas de historia (por ejemplo, Las aventuras de Simón Bolívar. Autobiografía del Libertador), animador de televisión y cónsul en Puerto Rico en los últimos años de su existencia— recibe una llamada telefónica de Simón Alberto Consalvi. Piensa, al instante, que se trata de una tomadura de pelo del entonces canciller de la República, quien le refiere que Gabriel García Márquez está escribiendo una novela sobre los últimos días de Simón Bolívar y está buscando a alguien que le pueda aclarar varios detalles confusos, y así cuadrar diversas escenas que por falta de adecuada información documental, le lucen contradictorias y hasta ridículas. Consalvi le ha dicho a García Márquez que ese alguien puede ser Vinicio Romero.

—«Pero, ni siquiera lo conozco, Simón. ¿Por qué me va a buscar a mí?». Y piensa que tiene que ser un impostor, imitando el dejo de los merideños, el que lo está llamando.

A los 10 minutos, vuelve a repicar el teléfono. Ahora es una voz pausada, con un acento a mitad de camino entre el hablar de los costeños y de los cachacos del vecino país. Es, ni más ni menos, Gabo quien lo está llamando. Le advierte a Vinicio que ya le han hablado de él, en Europa, en Cuba, en muchos otros países, y que necesita de su asesoría para desenredar varios capítulos de su próxima novela, la bolivariana. Por tal motivo y exclusivamente con esa finalidad, ha arribado a Venezuela. Vinicio todavía duda de la identidad de quien le está hablando, da varias excusas, inventa varias citas que debe cumplir. Pero, la voz insiste y le pide que vaya de inmediato al hotel Caracas Hilton y suba a la habitación tal, sin preguntar por nadie en la recepción, porque está de incógnito.

Vinicio Romero va al hotel y toca a la puerta del novelista. Ahora es García Márquez quien duda de estar ante el propio señor Romero, y le pregunta al visitante si viene de parte del historiador. Es que se ha imaginado al señor Romero como un viejo con barbas y bastón, achacoso, con giba y espejuelos de tanto escudriñar en papeles viejos.

García Márquez le explica al venezolano los dos años invertidos en armar la novela y, sin embargo, es un esfuerzo sin fin, porque a vuelta de cada página escrita surgen nuevos problemas, o se desencuaderna lo que ya antes había ordenado.

«—Estoy a punto de tirar la toalla —dice— He encontrado muchos Simones y ninguno se parece a quien yo había aprendido a admirar en la escuela». De inmediato, el autor de La cándida Eréndida aturdió a Vinicio Romero con una larguísima retahíla de preguntas.

Romero, pasados diez años de aquel agitado 1988, recuerda que una de las cuestiones más difíciles de aclarar y para la cual no encontraba adecuada respuesta fue aquella en que el novelista pone a Bolívar a decir que lo habían tratado como el diván de Constantinopla. Llamó a varios historiadores, pidió a Gabo un plazo de varios días para fijar el significado de tal afirmación, consultó con Guillermo Morón, con Mario Briceño Perozo, con José Luis Salcedo Bastardo y con media docena más de académicos, y nada. Nadie sabía nada de esa expresión del Libertador. Casi yéndose Gabo para México, Vinicio encontró por fin una plausible explicación: en el Diccionario de Autoridades, de Cobarrubias, halló que diván se llamaba una sala de justicia usada por los turcos en Constantinopla.

«—Me escoñetaste el capítulo que había escrito donde le daba a esa expresión un giro pasional, como algo de alcoba», respondió García Márquez, descargando el puño sobe la mesa. Tuvo que eliminar lo escrito.

A propósito de palabras gruesas en la novela El general en su laberinto, Romero recuerda que porfió mucho para que el autor quitara una expresión que figura en la página 101, y que dice así:

Ya quisiera ese coño de madre ser una hebra del cabello de Humboldt.

 Discutieron horas y horas, porque Romero argumentaba que tal episodio donde Bolívar nombra al científico alemán no tenía sustento documental. Y García Márquez razonaba que, aunque no lo tuviera, su vena de fabulador le decía que había que dejar la frase. Al fin, acordaron una especie de empate: dejar la frase, pero  modificada, porque Gabo se refería originalmente a una hebra de la barba de Humboldt, y don Alejandro no usaba barba, como le recordó el historiador.

Por otra parte, García Márquez reconoce en la página 271, que Romero le advirtió que Bolívar no pudo comer mango, porque esta fruta fue introducida en nuestros países muchos años después, aunque renglones más adelante, señala que varios de tales disparates habrían puesto unas gotas de humor involuntario «en el horror de este libro».

Ahora bien, cabe preguntarse, ¿cuánto cobró Vinicio Romero por su asesoría? Según él, nunca hablaron de dinero. Y ante reiteradas llamadas posteriores del autor, su respuesta invariable era: «—No sé». Al fin, el premio Nobel opta por hablar con su agente literario, Carmen Balcells. La catalana propone fijar los honorarios en dos mil dólares. «—Es muy poco», responde Gabo. ¿Cinco mil? «—¡Tampoco!». Gabo intenta hablar otra vez con Vinicio y lo llama por teléfono. Es ahora la esposa del asesor, Carmen Mercedes, quien atiende la llamada. Gabo le sugiere retribuirle su labor con algo que sea muy importante, incluso que sirva de recuerdo de aquellas charlas, de aquellos encuentros.

¡Ahí está la solución! Los esposos Romero están buscando casa porque se les venció el contrato de alquiler donde viven y les han pedido desocupación. Ya se han fijado en una vivienda en La California Sur, en el este de Caracas, por la que tienen que adelantar 400.000  bolívares, unos 10.000 dólares al cambio de la época.

Es así como la quinta «Sinfonía», en la calle Capri de la California Sur pertenece a Romero, gracias a sus «hallazgos que parecían imposibles sobre las costumbres privadas de Bolívar, en especial sobre su habla gruesa» y a la «revisión implacable de los datos históricos en la versión final» de El general en su laberinto, del premio Nobel Gabriel García Márquez.

 

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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