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El desertor EL AMOR EN TIEMPOS DE RECLUTA, por Luis Bond

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‘El desertor’ es una bocanada de aire fresco dentro de nuestra filmografía actual.

Los latinoamericanos somos románticos y cursis por naturaleza. Aunque sea un placer culposo —o una conducta arraigada en nuestro inconsciente gracias a nuestros padres— nos encantan las telenovelas y nos enganchamos con los melodramas que se arman en los reality shows. Paradójicamente, a pesar de la gran producción de telenovelas que tuvimos en nuestro país tiempo atrás, son muy pocas las películas en nuestra filmografía que abordan el romance. Hacer una buena historia de chico y chica se conocen requiere algo más que un guión sólido, un buen casting o un director romanticón. Al igual que en el amor, son muchas las variables que influyen para que una pareja haga click en la gran pantalla. Más allá de la química, debe existir cierta magia dentro de la historia y en la dinámica entre los amantes para que estos cautiven al público. El director y guionista Raúl Chamorro decidió seguir su corazón y contar la historia de un amor joven, puro e inocente en su ópera prima El desertor. Una película cargada de paisajes hermosos, personajes carismáticos y una pareja que arroba como pocas en nuestra filmografía.

La película comienza a finales de los años setenta, cuando vemos al joven Julián (Magdiel González) internándose en un bosque para huir de la milicia. Desde este punto comienza una suerte de flashback a los años sesenta donde conocemos parte de la infancia y adolescencia de Julián, su relación con su abuela Juliana (Glenda Mendoza) y la gente de Jajó, un pequeño pueblito del estado Trujillo donde hace vida. Los días del protagonista transcurren en calma, apoyando a su abuela vendiendo cuajadas en el pueblito y compartiendo su tiempo libre con la hermosa Sagrario (Eliane Chipia), una joven de la que se enamora perdidamente. Los adolescentes viven su romance a escondidas, con la inocencia propia de la edad y la época, cautivando al público entre risas, miradas y besos tímidos. Por supuesto, no todo es color de rosa para ellos: la familia de Sagrario se opone a la relación y las cosas se complican cuando el terrible subteniente Montilla (Leónidas Urbina) se fija en Sagrario y decide reclutar a Julián para separarlo de ella. Desde ese momento, Montilla abusará del joven con todo su poder, boicoteando su entrenamiento y arrastrándolo con sus atropellos a tomar una serie de decisiones que complicarán su vida mucho más de lo que él podría imaginarse.

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Los días del protagonista transcurren en calma, apoyando a su abuela vendiendo cuajadas en el pueblito y compartiendo su tiempo libre con la hermosa Sagrario (Eliane Chipia), una joven de la que se enamora perdidamente.

El desertor es una bocanada de aire fresco dentro de nuestra filmografía actual. Es una película bastante sencilla, bien narrada, estéticamente hablando agradable —sin ser pretenciosa— y que posee ese no sé qué que te hace sentir que todos los que trabajaron en ella le pusieron amor al rodaje. Su principal éxito reside en la química que destila la pareja protagónica. Ellos terminan robándose el show y cautivando al público con su inocencia. En la otra antípoda, la maldad de Leónidas Urbina (uno de los grandes actores de nuestro cine, vale la pena acotar) contrasta con la ternura de los jóvenes haciendo un triángulo perfecto a nivel actoral y creando el balance para que le película se mantenga a flote, sin ser demasiado cruel o empalagosa. Por otro lado, la vida rural como telón de fondo de la historia —toda la dinámica entre los habitantes del pueblo, sus costumbres, su jerga y sus paisajes— encaja en la película de forma tan natural que algunos espectadores sonreirán con nostalgia. Por último, a nivel argumental, llama mucho la atención ver en pantalla todo el tema de la recluta, un fantasma que formó parte de los miedos de muchos venezolanos hasta hace unas cuantas décadas atrás y del que poco se ha plasmado en el cine. Un tema que, sin lugar a dudas, ofrece un universo entero por explorar a profundidad y que El desertor toca con muy buen tino.

Lastimosamente, no todo es perfecto en El desertor. Su principal problema —y único, a mi parecer— reside en adelantar demasiado de la historia en su trailer y en su título. Su estructura diacrónica en el guión termina jugando en su contra, eliminando por completo el elemento sorpresa: desde el primer minuto el espectador sabe que reclutarán a Julián y que este tarde o temprano desertará. De haber optado por un guión lineal, probablemente, El desertor hubiese ganado muchos puntos en su desenlace. Por otro lado, la última media hora de película está llena de acción y suspenso (registro bien manejado y que sorprende gratamente), pero su resolución es muy corta y sencilla, haciendo que uno salga de la sala perdiendo un poco el espíritu que domina la gran mayoría de la historia, como si ese último pedazo hubiese sido narrado con otro tempo y otra intención diferente al resto del largometraje. A pesar de sus defectos, El desertor es una buena película. Es sincera, sencilla y en cada plano transpira amor. Este tipo de iniciativas es las que vale la pena apoyar en la gran pantalla y que hacen que nos reconciliemos con nuestra filmografía.

Lo mejor: la química entre la pareja protagónica y el desarrollo de su relación dentro de la película. Los paisajes hermosos del páramo. Ver en pantalla las tradiciones y estilo de vida de la gente de Jajó. El antagonista, tanto en guión como en caracterización. La música original.

Lo malo: su trailer y título revelan demasiada información. El último acto se resuelve muy rápido y de forma sencilla, haciendo que el desenlace de la historia quede un poco flojo. Algunos personajes secundarios son casi ornamentales. Los diálogos expositivos entre Julián y su madre.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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