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Ejemplo de la ignominia bolivariana LA AGRESIÓN AL HOSPITAL VARGAS, por Enrique Viloria

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La indiferencia con que el gobierno bolivariano trata a la institución y a sus médicos, enfermeras, personal paramédico y a sus sufridos pacientes.

Sin embargo, no tenemos otra opción; ninguna otra opción. Si no tenemos policías, jueces, abogados, fiscales, honestos, valerosos y eficientes; si se rinden al crimen y a la corrupción, están condenando al país a la ignominia más desesperante y atroz.

 Javier Sicilia

 

 Soy un josefino de larga data. Mi niñez, adolescencia y juventud se desarrollaron en la vieja parroquia de San José. La Salle de Tienda Honda y la Católica de Jesuitas, un poco más allá de los límites de la parroquia, cobijaron mis ganas de entender el mundo. La casita de mis abuelos está, continúa, sita entre el Hospital Vargas y el José Gregorio Hernández.

Así que el Hospital y la Escuela de Medicina Vargas han sido siempre una referencia importante en mi caraqueña existencia. La Escuela Vargas donde se graduaron como médicos infinidad de colegas lasallistas y a las que asistía como oyente afectivo a muchas clases de fisiología y anatomía, que no fueron de mi vocación.

Estupefacto, atónito, turulato, boquiabierto, me muestro entonces por la indiferencia —léase ineficiencia y desidia— con que el gobierno bolivariano trata a la institución y a sus médicos, enfermeras, personal paramédico y a sus sufridos pacientes. Sobra decir que el Hospital Vargas es nuestro Cochin que tanto orgullo genera en la comunidad médica francesa e internacional.

Suspicaz como debe ser todo ciudadano bolivariano que juega a la cuida y al desconcierto, presumo un par de razones de Estado frente a esta reiterada ineptitud bolivariana. La primera, es que el ministro o ministra, ya no sabemos quién es quién, a cargo de la Salud Pública —en actitud poco civilista— como le corresponde a este gobierno militarizado, sea el nuevo Carujo de la V República.

La otra, la menos probable pero no desechable, es la pronta aparición de un documento o mejor todavía de una conversación telefónica del Designado con la Sociedad de Médicos Integrales, o en una de sus aburridas y bravuconas cadenas, en la que sugiera que el hospital venezolano por antonomasia —el Vargas— se llame ahora Cipriano Castro o Ezequiel Zamora o Jorge Rodríguez, o que más bien como —ya lo están haciendo— procedan a destruirlo, como han hecho con el país.

Con Pérez Galdós, podemos decir a los indolentes colectivos ‘rojo–rojitos’, a los sicarios del socialismo del siglo XXI y a sus muy perversos cabecillas:

Si no tienes lástima de mí, guárdame al menos la consideración que merece el infortunio… ¿Me aborreces? ¿Te estorbo? ¿Te soy odioso? ¿Te molesta que viva? ¿Te mortifica que respire el aire que Dios hizo para todos? Pues delátame, denúnciame.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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