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Ecología, política y mito LA RESPONSABILIDAD DE CUIDAR LA PERMANENCIA DEL HOMBRE SOBRE LA TIERRA, por Fernando Yurman

Hombre sobre la Tierra
Hasta hace pocas décadas, la naturaleza fue un recatado símbolo del hombre, metáfora de su desafiante grandeza.

La ecología, una de las disciplinas mas recientes y relevantes de la historia científica, ha logrado unificar en los últimos años el desasosiego humano sobre su destino planetario.

En su alerta, había movilizado todas las vivencias felices y temerosas que envolvieron el entorno desde la primer antigüedad. Como escenario de dioses o desafíos del héroe, la naturaleza fue siempre el acompañante mítico de la aventura humana y también su espejo. Girando entre el terror y lo sublime, las visiones de la naturaleza viajaron por todas las vicisitudes de la imaginación, sin escapar de esa envoltura hasta el anacrónico presente.

Desde su apariciones medievales y renacentistas en la pintura o la literatura, ilustrando poderes espirituales, hasta los bucólicos paisajes de Constable o Gainsborough, que indicaban el rastro de nostalgia que dejaba la revolución industrial, desde los girasoles de Van Gogh y las marinas desvanecidas de Turner hasta las neblinas de las cumbres de Brönte, que ilustraban la sensibilidad moderna, el descubrimiento del interior pasional humano, incluso del inconsciente, fue paralelo con este ‘descubrimiento’ renovado de la naturaleza. El interior y el exterior modernos nacieron juntos, solapándose: el infinito mar de Melville es precursor del interminable castillo de Kafka y se envuelven mutuamente. Esa doble entrada ahora esta finalizando. La naturaleza de estos tiempos, más allá de la lectura y escritura que la sobreimprimen de cultura, comenzó a mostrar otra dimensión, real, desconocida y amenazante. Eso real que escapa a la cultura y desborda el mito definirá el futuro. Las corrientes marinas, los hielos que parecían eternos, miles de especies remotas, no cesan de mostrar síntomas de un trastorno inédito. Frente a ese vasto acontecimiento, la reciente elección de Scott Pruit, un negacionista del calentamiento y enemigo de los ecologistas, para dirigir la Agencia de Protección Ambiental norteamericana, enciende una exasperada luz roja. La reconocida complicidad de este operador con empresas predadoras ambientales, es quizás la barbarie menos comentada y más peligrosa de estos tiempos.

Del mito a lo real

Hasta hace pocas décadas, la naturaleza fue un recatado símbolo del hombre, metáfora de su desafiante grandeza. Selvas, mares y montañas alimentaron las alegorías e incluso los paisajes espaciales y el infinito físico se acomodaban a presunciones metafísicas, especulaciones cabalísticas o filosóficos pavores como los de Pascal. Hasta que huracanes, inundaciones, grietas, calentamientos, epidemias, témpanos, plagas, terremotos y tsunamis, renovaron la perplejidad e indicaron la transgresión de sus leyes por nuestra especie. Las desaforadas catástrofes bíblicas que aterraban el pasado, parece que ‘habían’ sucedido en el futuro. Las proféticas voces alarmadas fueron emitidas esencialmente por los voceros e instituciones ecológicas. A pesar de las muestras, en otros ámbitos persistía la idea de que la acechanza pudiera ser un devaneo sentimental poco realista y, sobre todo, contrario al entusiasmo emprendedor. La polémica entre especialistas y ejecutivos de empresa fueron proverbiales. A diferencia de otros desafíos, en este solo se puede perder una vez, y quizás por ello en los últimos tiempos esa inquietud había trascendido las barreras empresarias y financieras, y llegado a inquietar las esferas internacionales del poder. Esas autoridades, que no están superpuestas a ninguna conciencia universal, ni siquiera a una moral biológica unificada, aceptaron la temible presencia insoslayable. Se legisló una incipiente prevención. Ahora la amenaza otra vez no es escuchada, resulta distraída por el nuevo acontecer geopolítico.

La acelerada pérdida de especies, que suele asombrar a los especialistas, tiene efectos que ellos mismos no pueden calcular cabalmente. Las inquietudes mayores que circulan por los medios se refieren generalmente a las especies amenazadas más notorias, aquellas donde el público puede proyectar una emotividad antropomórfica, como osos, ballenas, pinguinos, elefantes, tortugas, que movilizan ternuras maternales, admiración por la fuerza o la elegancia ‘natural’. Lo grave de esa atmósfera de sentimentalismo infantil, que en el caso de perros y gatos sostiene una gran industria de mantenimiento ‘solidario’ en la leyenda urbana, es que descalifica indirectamente la presencia real y mayor de una naturaleza en crisis. El antropomorfismo, que siempre conmueve, es el gran enemigo de la ecología. Cierta benevolencia oriental con las mascotas se viste con el respeto a la vida silvestre y logra confundir la escala. Esa sensibilidad permite que los intereses económicos se sigan considerando  mas ‘serios’ que los ecológicos.

El inteligentísimo análisis de Yuval Noah Harari sobre el final de la especie humana, debido a su propia mutación por las nuevas capacidades tecnológicas y orgánicas que ofrece la ciencia, es quizás parte de un fascinante y misterioso destino. El formidable adelanto y control de la evolución, nos dejaría en una remota prehistoria. Esta alternativa futurista, que supone una renovación de la fe en la evolución con prescindencia de nosotros, no contempla la actual rebelión del entorno natural. Fenómeno creciente de consecuencias impredecibles y radicalmente ignotas. Ya no se trata de la naturaleza como testimonio de la soledad, la evolución o del infinito humano, sino como lo auténtico desconocido: aquello que ni siquiera sospechamos ignorar. Ninguna empatía silvestre puede atravesar ese abismo.

La adhesión poética a la naturaleza, que brindó el romanticismo en el siglo XIX,  tiñó también las ideologías del XX que alimentó ese romanticismo: amor a las identidades, al riesgo abismal y a la muerte. Con inocencia, los ‘verdes’ de Alemania heredaron las fusiones de patria, sangre y paisaje que habían cultivado los nazis. Aquella vocación telúrica infame fue vacunada por los partidos ecológicos, pero el comprensible temor al virus continúa. Años atrás se descubrió en una de las prestigiadas zonas boscosas tan cantadas por los poetas germánicos, una enorme cruz gamada. Estaba hábilmente diseñada sobre la floresta del bosque, intocada desde los años treinta. Solo se divisaba desde el aire y era casi un símbolo de historia y naturaleza, memoria indeleble fijada en el paisaje. Los debates posteriores al hallazgo, avivaron las pretensiones de ecologistas, nacionalistas, protectores neutros de los bosques y artistas conmovidos. Sirvió para mostrar, cuando se trata ‘la naturaleza’, el fluido pasaje de la realidad al mito. El mundo natural, como gran reto de la historia, fue una vasta y glorificada ambición desde la revolución industrial. Pero aquellos bosques y hielos de Alaska que fascinaron la aventura del oro de Jack London son los mismos que ahora se dañan por la explotación petrolera que heredó aquella romántica quimera. Y los pantanos desecados —Israel no es la excepción— que durante la primera mitad del siglo pasado fueron nobles gestas simbólicas, luego se revelaron como gruesos atentados ecológicos. Esos contrastes bastarían para testimoniar el equívoco colosal del progreso. La envoltura romántica de los nazis y su estetización de la política con la magia de Holderlin, no deberían confundir la crítica necesaria y realista a ‘ese’ progreso.

Uno de los grandes pensadores adelantados sobre la actual ‘naturaleza’ fue Hans Jonas, filósofo que relacionó la biología con la ética. En Alemania había sido un distinguido discípulo de Heidegger y más adelante un exiliado del nazismo en Inglaterra e Israel. Desconfiaba de la tecnología, como su famoso profesor nazi, pero a diferencia de este conoció de cerca la muerte heroica, ya que luchó en la Brigada Judía durante la segunda guerra y volvió a Berlín con un fusil, como se había prometido, y esa experiencia, según relata, lo obligó a pensar en la vida. Construyó luego una larga reflexión ética sobre una nueva realidad política: la naturaleza. Tenía conocimientos de teología, que incluso influyeron sobre Hanna Arendt (de la que se distanció enojosamente luego de la controvertida crónica sobre Eichmann) y desplegó su gran reserva por la tecnología moderna. Uno de sus principios básicos es la permanencia de la naturaleza humana, y una de las leyes de su construcción ética propone impedir que se la cambie. Murió a los 90 dejando una densa obra y su estudio Principios de responsabilidad cumplirá honrosamente medio siglo. Si se considera  la crisis del concepto de humano de muchos pensadores contemporáneos, y la evaluación realista sobre la especie de Yuval Harari, su demanda de permanencia del humano resulta casi anacrónica. No obstante, retoma su vigencia a la luz de los riesgos inminentes. Esa responsabilidad que lo inquietaba alude también al planeta, a la especie humana y al futuro, que no tienen hoy la consistencia conceptual de su tiempo. No hay que olvidar, por otra parte, que en este presente lo impredecible se esta comiendo el futuro.

Se ha dicho que Scott Pruit, defensor de la industria contaminante, es un caballo de Troya incorporado por Trump a la Defensa Ambiental para actuar en total connivencia con las demandas de las empresas. Ese retórico animal homérico también es mitológico y lo real desconocido que indicamos podría zampárselo de un solo bocado (que lamentablemente nos incluirá). La atmósfera de un pragmatismo escéptico, ciertas controversias alambicadas sobre la pertinencia de proteger el planeta,  implican una demora riesgosa para una presencia amenazante y desconocida. La Ecoética de Hans Jonás hoy dispara sus firmes alarmas con más intensidad.

 

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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