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Dunkerque LA ÉPICA DE UNA RETIRADA EN TRES TIEMPOS, por Luis Bond

Dunkerque
Sin necesidad de diálogos rimbombantes y apoyándose únicamente en la poesía visual, Dunkirk cuenta la historia de una retirada como si fuese una gran victoria épica.

Sin lugar a dudas, uno de los argumentos con mayor tradición en la historia del séptimo arte es el bélico. Grandes directores como Francis Ford Coppola, Stanley Kubrick, Ridley Scott, John Ford, Steven Spielberg, Clint Eastwood, entre otros, han creado historias espectaculares que trascendieron al Olimpo de lo mejor del cine utilizando como escenario el campo de batalla. Más allá de mostrar la crueldad del combate o explorar la complejidad política de los contextos, la guerra en el cine ha funcionado para abordar dilemas éticos y metafísicos relacionados con temas universales como la amistad, el amor y la lealtad. En el aspecto técnico, hacer cine bélico siempre ha sido un gran reto por su puesta en escena (efectos especiales in situ, cientos de extras, utilería, maquillaje, etcétera), haciendo que su ejecución esté destinada a pocos directores. Para muchos, era sólo cuestión de tiempo para que un realizador de culto como Christopher Nolan decidiera lanzarse al campo de batalla en alguno de sus films. Como era de esperarse, el británico estuvo a la altura y su nuevo largometraje, Dunkirk (Dunkerque), no sólo está al nivel de lo mejor del cine contemporáneo, también representa un hito en su carrera.

Ambientada en la Segunda Guerra Mundial e inspirada en un hecho real, Dunkirk recrea parte de la Operación Dynamo (una complicada maniobra que buscaba la evacuación de cientos de miles de soldados aliados, rodeados de tropas enemigas en las costas francesas de Dunkerque). Para esto, Nolan despliega tres historias contadas en tiempos diferentes. La primera se centra en la travesía de Tommy (Fionn Whitehead), un soldado inglés, que intenta escapar de las costas de Dunkerque junto con un soldado francés (Damien Bonnard). En paralelo, comprendemos la pugna que hay entre las tropas aliadas por ser rescatadas, mientras que el comandante Bolton (Kenneth Branagh) y el capitán Winnat (James D’Arcy) custodian un puente para que los barcos puedan llevarse a la mayor cantidad de soldados posible. El segundo relato transcurre en el mar y tiene como protagonista a un militar retirado llamado Mr. Dawson (Mark Rylance), que junto con su hijo Peter (Tom Glynn-Carney) y su ayudante George (Barry Keoghan), decide utilizar un pequeño bote para rescatar a varios combatientes atrapados en Dunkerque. La última historia transcurre en el cielo y es protagonizada por dos pilotos expertos: Farrier (Tom Hardy) y Collins (Jack Lowden), quienes se enfrentan a los aviones enemigos, protegiendo a las embarcaciones que se dirigen hacia las costas para salvar a las tropas que están varadas. Las tres historias se narran en paralelo, yuxtaponiéndose en tiempo y espacio, dándole al espectador un mosaico de perspectivas a través de las cuales se vive la guerra: la de los luchadores, la de aquellos que huyen por su vida y la de los civiles dispuestos a arriesgar todo por su país.

A simple vista, pareciera que Dunkirk fuese una película completamente atípica en la filmografía de Christopher Nolan (quien ha desarrollado su carrera entre el cine neo-noir, adaptaciones y ciencia ficción). A pesar de esto, resulta ser uno de los largometrajes más ‘Nolan’ de toda su carrera, transformándose en un gran exponente de su impronta. Alejado de los mundos imaginarios de Interstellar, Inception y Batman, Nolan regresa a sus orígenes en los que utilizaba un artificio narrativo diacrónico para convertir una historia sencilla en un complejo rompecabezas que engancha al público. Por un momento, pareciera que este film fuese una depuración de todos los males que han aquejado a su cine en los últimos años (verborrea, pretensiones metafísicas, exceso de música, engolosinamiento con efectos especiales, una excesiva duración, entre otras). En la otra antípoda, Dunkirk casi no posee diálogos, la puesta en escena es bastante sencilla (a pesar de los miles de extras, buques reales y demás que se utilizaron en la producción), el conflicto es minimalista, el tratamiento del tema es bastante sobrio y, a pesar de ser un multiplot, la película transcurre en una hora y 46 minutos, transformándose en el largometraje de más corta duración del director después de Following. Todo esto, narrado con un trabajo de filigrana, donde no sobra ningún plano ni un minuto de película.

En el aspecto técnico, Dunkirk también se las trae. Uno de los grandes puntos que tiene a favor es el trabajo de sonido: impecable, hiperrealista y lleno de detalles que sumergen al espectador en el relato. Una mezcla que reposa y se fusiona con la espectacular partitura de Hans Zimmer, que logra transformar y reinventar su conocido ‘Tono Sheppard’ en una atmósfera envolvente. Nolan y Zimmer, que ya tienen bastante tiempo trabajando juntos, logran corregir el timón de sus producciones anteriores, evitando que la música opaque las escenas con su presencia y utilizándola como una capa que va in crescendo envolviendo la historia en todo momento. A esto se suma la espectacular fotografía de Hoyte Van Hoytema, quien repite con Nolan después de su tremendo trabajo en Interstellar. Él es el responsable de ese mood tan particular que posee el film, como si se tratara de un día gris en el purgatorio, disolviendo con la neblina el tiempo y el espacio, zambullendo al espectador directo en el campo de batalla al rodar la película en 70mm y con la cámara al hombro. La guinda la coloca el montaje de Lee Smith (editor de Nolan desde Batman begins), quien se encarga de mantener la tensión desde el primer plano hasta el último momento, creando el tempo del largometraje y armando el mosaico de historias de una forma bastante orgánica y funcional, hasta el punto de hacer dudar al público de la duración del metraje (la película es tan tensa que se siente mucho más larga de lo que es, sin por eso ser aburrida o pesada).

Posiblemente, el único punto en el que Dunkirk difiere de la filmografía de Nolan es en el tratamiento de sus personajes. Desde Following hasta Interstellar, el foco del británico siempre ha estado en sus protagonistas: explorar su dimensión psicológica y su arco de transformación durante toda la historia. En Dunkirk, los personajes se convierten en meras fichas que responden al engranaje del artificio narrativo, a través de una puesta en escena extra depurada y perfeccionista, haciendo que el espectador llegue a saber muy poco —o nada— de ellos. De alguna forma, Dunkirk logra emular ese feeling que tiene el documental que transcurre en In Media Res, donde el público asiste a ver la lucha de varios personajes por unos objetivos bastantes claros, pero sin conocer sus motivaciones internas, quedándose únicamente con las acciones en el campo visual. Algo que pudiese ser tildado como superficial, es de las decisiones más inteligentes del film. de hecho, los pocos diálogos que posee Dunkirk resultan ser unos bajones en términos dramáticos. Sin lugar a dudas, una vuelta de tuerca interesante en la carrera de Nolan. Todo un reto en términos de puesta en escena y caracterización que fue llevado a buen puerto por todos los actores.

Indiscutiblemente, Dunkirk va directo al top de lo mejor de Christopher Nolan. Es una película minimalista en los conflictos que plantea, inteligente en cada plano y narrada con la precisión de un reloj suizo (que, dicho sea de paso, se puede escuchar en el fondo de la mezcla de sonido, acelerándose mientras avanza el relato). Por momentos, recuerda a los orígenes del realizador: historias que, sin efectos especiales ni aspavientos metafísicos, te mantenían en vilo desde que comenzaban, sosteniéndose únicamente por su guión y puesta en escena.

A pesar de ser un multiplot diacrónico, Dunkirk tiene una duración perfecta (alejándose de los ladrillos de más de dos horas y media como Interestellar y Dark Knight Rises), acercándose a ese cine compacto y perfecto en tensión que desarrolló Nolan con maestría en Memento, Following e Insomnia (su trilogía neo-noir). El británico logró aquello que Roland Barthes llamaba el ‘grado cero de escritura’ con Dunkirk. No en vano es considerada, a pocos días de su estreno, como un clásico contemporáneo del cine bélico. Sin necesidad de diálogos rimbombantes y apoyándose únicamente en la poesía visual, Dunkirk cuenta la historia de una retirada como si fuese una gran victoria épica, recordándole al espectador que sin importar qué tan lúgubre sea el panorama o qué tan cruel sea el conflicto, siempre hay una posibilidad de pelear, hacer lo correcto y no perderse en la noche oscura del alma. Una película que reivindica la lucha de los héroes anónimos, la solidaridad y realza la importancia de no rendirse en los momentos más adversos, donde todo parece estar perdido. Un mensaje harto necesario para los tiempos que vivimos.

Lo mejor: su artificio narrativo, al mejor estilo de Following y Memento. La ausencia de diálogos. El diseño de sonido: hipnotizante e hiperrealista. La música, por fin Nolan y Zimmer se alejan de su lugar común. La dirección inteligente y precisa. El montaje y la fotografía.

Lo malo: no poder verla en nuestro país en 70mm, el formato le suma muchísimos puntos a la experiencia envolvente del film. La poca exploración que poseen algunos personajes en pantalla, el espectador queda con ganas de conocerlos y entender mejor sus motivaciones.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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