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Dos pensadores FREUD, PROUST Y LOS CELOS, por Héctor Silva Michelena

Sigmund Freud 1
Freud —de manera deliciosa— comienza su ensayo observando que los celos, como la pena, son algo normal y aparecen en tres grados: competitivos (o normales), proyectados y delirantes.

Especial para Ideas de Babel. Hay consenso en que los celos sexuales son la circunstancia más novelesca al igual que el incesto; según el poeta Percy Bysshe Shelley (1722-1822) es la más poética. Marcel Proust es el novelista de nuestro tiempo, del mismo modo que Freud es nuestro moralista. Los dos son pensadores que especulan, y entre ambos se reparten la eminencia de ser los principales escritores sapienciales de la época. Entre paréntesis, recordemos que durante medio siglo he estudiado la literatura que emergió del monoteísmo y sus secularizaciones posteriores. Hoy en día esta pasión resurge de una necesidad personal, que refleja la búsqueda de una sagacidad que pudiera consolarme y mitigar los traumas causados por el envejecimiento, por el hecho de estar en proceso del tratamiento de una grave enfermedad y por el dolor de la pérdida de familiares y amigos queridos. A lo que leo y enseño sólo le aplico tres criterios: esplendor estético, fuerza intelectual y sabiduría. Las modas sociales siempre caducan, pero la mente siempre retorna a su necesidad de belleza, verdad, discernimiento. Estos son los elementos que, a mi juicio, configuran la literatura sapiencial.

Proust murió en 1922, el año en que Freud escribió su sombrío y esplendido ensayo Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad [1]. Proust y Freud, que fueron dos grandes ironistas, trágicos celebrantes del espíritu cómico, no están muy de acuerdo en cuestiones como los celos, la paranoia y la homosexualidad. Aunque los dos comienzan comprendiendo que todos somos bisexuales por naturaleza.

Freud —de manera deliciosa— comienza su ensayo observando que los celos, como la pena, son algo normal y aparecen en tres grados: competitivos (o normales), proyectados y delirantes. La variedad competitiva se compone del dolor, debido a la pérdida del objeto amado, y de la reactivación de la cicatriz narcisista, la trágica primera pérdida, por parte del niño, del progenitor del sexo opuesto ante el progenitor del mismo sexo. Como los celos normales y competitivos son en realidad un Infierno normal, Freud, amablemente, arroja dentro de ese compuesto delicias como la enemistad contra el rival preferido, el culparse a uno mismo de la autocrítica y una generosa porción de bisexualidad.

Los celos proyectados atribuyen al compañero erótico la propia infidelidad consumada o los impulsos reprimidos y Freud los considera alegremente algo inocuo, pues su carácter casi delirante se puede tratar fácilmente con el descubrimiento analítico de las fantasías conscientes.

Pero los celos delirantes —propiamente dichos— son más serios; también se originan en impulsos reprimidos de infidelidad, pero el objeto de esos impulsos es el mismo del sexo, y esto para Freud, le lleva a uno al borde de la paranoia.

Lo que tienen en común los tres grados de los celos es un componente bisexual, pues incluso en los celos proyectados intervienen los impulsos reprimidos y estos incluyen los deseos homosexuales. Proust, nuestra otra autoridad en el tema de los celos, prefería llamarlo ‘inversión’ homosexual, y en una brillante fantasía mitológica buscó el origen de los hijos de Sodoma y de las hijas de Gomorra en los exiliados supervivientes de las bíblicas Ciudades de las Llanuras que Yahvé destruyó. La inversión y los celos, tan íntimamente relacionados en Freud, se vuelven en Proust un emparejamiento dialéctico, con la sensibilidad estética vinculada con ambos como el tercer término de una seria compleja.

Marcel Proust
Es difícil determinar cuál es la postura de Proust acerca del sufrimiento, en parte porque las ironías de Proust son astutas y lo permiten todo.

En relación con el tema de los celos, Proust se muestra fecundo y generoso. Ningún escritor se ha dedicado con tanto cariño y brillantez a exponer e ilustrar esa emoción, excepto naturalmente Shakespeare en Otelo y Hawthorne en La letra escarlata. Los amantes celosos de Proust —Swann, Saint-Loup y, sobre todo el propio Marcel— sufren tan intensamente que a veces hemos de hacer un esfuerzo para que gocen de nuestra simpatía. Suele decirse que Proust tuvo como amante al músico Camille Saint-Saëns, al que dejó por el también músico venezolano, de cultura francesa, Reynaldo Hahn, a quienes atribuyen esa frase de la sonata de Vinteuil, que tanto elevó a Swann a grandes alturas estéticas, que los vincularan con su entonces amante Odette de Crécy. La frase musical, el cuerpo de Odette y los deseos de Swann conforman una incomparable y hermosa amalgama de celos.

Es difícil determinar cuál es la postura de Proust acerca del sufrimiento, en parte porque las ironías de Proust son astutas y lo permiten todo. La comedia ronda por ahí, pero incluso la tragicomedia parece un término poco adecuado para los sufrimientos compulsivos de los protagonistas de Proust. Swann, tras felicitarse por no haberle demostrado a Odette, a través de sus celos, que la ama demasiado, cae en la boca del infierno. Léase este fragmento:

«Al separarse de Odette, sentíase feliz y tranquilo, recordaba las sonrisas suyas, burlonas, al hablar de otros cariños para con él; pero el peso de su cabeza, cuando la apartaba para dejarla caer casi involuntariamente en los labios de Swann, lo mismo que hizo la primera noche; las miradas desfallecientes que le lanzaba mientras él la tenía en sus brazos, al mismo tiempo que prestaba, temblorosa su cabeza contra el hombre de Swann.

»Pero en seguida, sus celos, como si fueran la sombra de su amor, se complementaban con el duplicado de la sonrisa de aquella noche —pero que ahora se burlaba de Swann y se henchía de amor hacia otro hombre— de la inclinación de la cabeza, pero vuelta hacia otros lados, con todas las demostraciones de cariño que a él le había dado, pero ofrecidas a otro».[2]

Aquí los celos son un dolor experimentado por el yo corporal de Freud, en la frontera entre la psique y el cuerpo. «No querer pensar en aquello, era pensar más, sufrir más», dice Proust. Yo diría que como la sombra del amor, los celos se pareen a la sombra que arroja la tierra a los cielos, donde, según la tradición debería acabar en la esfera de Venus. Pero, por el contrario, allí se oscurece y puesto que la sombra es el principio de la realidad de Freud o la conciencia de nuestra propia mortalidad, la ironía terriblemente convincente de Proust es que los celos revelan no sólo lo arbitrario de la elección de todo objeto herético, sino que también señalan la transformación de la persona amada en una sobredeterminación teológica, en la que la supuesta inevitabilidad de la persona es simplemente una máscara para la inevitabilidad de la muerte del amado. De este modo, los celos de Proust se convierten en algo muy parecido a la  pulsión de la muerte de Freud, pues también persigue algo que está más allá del principio del placer/displacer. Nuestra cámara de torturas secretas es alimentada de nuevo por todos los recuerdos de las proezas eróticas del ser amado, pues lo que nos satisfacía a nosotros ha satisfecho a otros.

Swann experimenta la terrible conversión del amante celoso en una parodia de erudito, amante del arte, las pinturas, la arquitectura, la música, la conversión a un placer intelectual que es más una desviación que un logro, pues ningún pensamiento puede emanciparse del pasado sexual de todo pensamiento (Freud) si la búsqueda de la verdad no es otra cosa que la búsqueda del pasado sexual. Lo que Freud llamo irónicamente sobrevaloración del objeto, la ampliación o intensificación de la personalidad del amado, comienza a actuar no como una de las ampliaciones de la vida, sino como la intensificación del Infierno personal. Swann se hunde cada vez más hacia abajo y hacia  afuera mientras se inclina «con impotente, ciega y vertiginosa angustia sobre el abismo insondable» y reconstruye los minúsculos detalles de la vida anterior de Odette con «mayor pasión que el estudiante de estética que interroga apasionadamente los documentos que nos quedan sobre la Florencia del Siglo XV para penetrar profundamente en el alma de la Primavera, de la bella Vanna, o de la venus, de Botticelli». El esteta historicista, John Ruskin, autor de la famosa Biblia de Amiens, un prodigio de descripción y análisis arquitectónico de esa magnífica iglesia, se convierte en el arquetipo del amante celoso que rebusca en el tiempo para encontrar, no una persona, sino una epifanía o momento de momentos, una ficción privilegiada de la duración.

En un excelente pasaje, la gran prosa de Proust describe los suplicios, falsos o no, de Swann. Por ejemplo:

«Muchas veces Swann volvía de sus visitas poco antes de la hora de cenar. En ese momento de las seis de la tarde, que antaño era para él tan angustioso ya no se preguntaba qué es lo que estaría haciendo Odette, y le preocupaba muy poco que tuviera visitas o que hubiese salido […] pero el recuerdo no le era grato, y prefería deshacerse de él con una contorción de la comisura de los labios, complementada con un meneíto de la cabeza, que significaba: “¿y a mi qué?”. […] desde hacía tiempo ya no le preocupaba nada que Odette lo hubiese engañado y lo siguiera engañando. Y sin embargo, durante unos años aún anduvo buscando a criados antiguos de Odette: hasta tal punto que persistió en él la dolorosa curiosidad de saber si aquel día, ya tan remoto, y a las seis de la tarde, estaba Odette durmiendo con Forcheville. Luego, la curiosidad desapareció, sin que por eso cesaran las investigaciones.»[3]

Los celos mueren con el amor, pero sólo respecto del ser amado. Una horrible muerte en vida, los celos se renuevan como la luna y siempre intentan descubrir lo que ya no les interesa, incluso después de que el objeto del deseo haya sido literalmente enterrado. Su auténtico objeto es «ese día, esa hora del huido pasado» e incluso ese momento es menos que un momento real, que una ficción temporal, un episodio en la evanescencia del propio yo.

La ruptura de Saint-Loup con Raquel se había hecho rapidísimamente menos dolorosa para él gracias al goce aquietador que le deparaban las incesantes peticiones de dinero de su amigo. Los celos, que prolongan el amor, no pueden contener muchas más cosas que las otras formas de la imaginación. Si se lleva uno consigo, cuando sale de viaje, tres o cuatro imágenes, que, por lo demás han de perderse por el camino (las azucenas y las anémonas del Ponte Vecchio, la iglesia Persa entre las brumas, etcétera), ya está bien llena la maleta, cuando se deja a una querida, quisiera realmente uno, hasta tanto que la haya olvidado un poco, que no pasara a ser posesión de tres o cuatro protectores posibles y que uno se figura, es decir, de los que esta celoso: todos aquellos que no se figura uno, no son nada.[4]

El meollo de todo esto nos lo da la frase espléndidamente irónica: «los celos que prolongan el amor, no pueden contener muchas más cosas que las otras formas de la imaginación». No se puede decir que esto sea un cumplido a la capacidad de la imaginación, que apenas es capaz de conservar durante mucho tiempo más de tres o cuatro imágenes. En el volumen Sodoma y Gomorra, dice el narrador a Swann: «le dije que nunca había sentido celos, que ni siquiera sabía qué era eso». Y Swann responde.

«Pues le felicito. Cuando se es un poco celoso no resulta del todo desagradable, por dos razones, una, porque los celos hacen que los que no son nada curiosos se interesen por la vida de otras personas, o al menos de otra persona. Y la otra, porque los celos hacen sentir vivamente el gozo de poseer, de subir al coche con una mujer, de no dejarla ir sola. Pero esto sólo ocurre en la primerísima fase del mal o cuando la curación es casi completa. En el intervalo, es el más horrible de los suplicios.»[5]

Afirma Proust: «los pesares de mis celos retrospectivos procedían del mismo error de óptica que en los demás hombres el deseo de gloria póstuma» ¿No es este tanto del credo negativo de Proust como el de Marcel? Entre esos otros se incluyen su indudables precursores, Flaubert y Baudelaire, y también el propio Proust; en este caso, la lucha estética por la inmortalidad es un horror óptico, aunque se trata de una de estas concepciones erróneas de la vida necesarias para la vida, como observo Nietzsche, y es también una de las concepciones equivocada del arte por el arte.

Respecto a la diferencia entre los cuerpos, Freud, en La disolución del complejo de Edipo, escrito dos años después de la muerte de Proust, propone una poderosa conjetura con respecto a la diferencia entre los sexos, conjetura que Proust ni elude ni apoya, aunque sí ilumina, al trabajar a partir del mundo que Freud conoce tan solo en la pura bondad de la teoría. Freud se muestra un tanto cauto, pero hábil y vigoroso:

«Nuestro material se hace aquí —incomprensiblemente— mucho más oscuro e insuficiente. También el sexo femenino desarrolla un complejo de Edipo, un super-yo y un periodo de latencia. ¿Pueden serle atribuidos a sí mismo un complejo de castración y una organización fálica? Desde luego, sí; pero no los mismo que en el niño.

»La anatomía es el destino, podríamos decir glosando una frase de Napoleón. El clítoris de la niña se comporta al principio exactamente como un pene; pero cuando el sujeto tiene ocasión de compararlo con el pene verdadero de un niño, encuentra pequeño el suyo y siente este hecho como una desventaja y un motivo de inferioridad. Durante algún tiempo se consuela con la esperanza de que crecerá con ella, iniciándose en este punto el completo de masculinidad de la mujer. La niña no considera su falta de pene como un carácter sexual, sino que la explica suponiendo que en un principio poseía un pene igual al que ha viso en el niño, pero que lo perdió luego por castración. No parece extender esta conclusión a las demás mujeres, a las mayores, sino que las atribuye, de completo acuerdo con la fase fálica un genital masculino completo. Resulta, pues, la diferencia importante de que la niña acepta la castración como un hecho consumado,  mientras que el niño teme la posibilidad de su complimiento.»[6]

En Proust, la anatomía también es destino, pero ésta es una anatomía trasladada a la mente, por así decir. Los exiliados de Sodoma y Gomorra, más celosos incluso que los demás mortales, se convierten en monstruos del tiempo, aunque también en héroes y heroínas del tiempo. El complejo de Edipo nunca se diluye del todo, según la idea que tiene Freud de la disolución, y tampoco en Proust ni en sus personajes principales. El complejo de castración de Freud, en última instancia el temor a la muerte, es una metáfora del mismo deseo ensombrecido que Proust represente con la compleja metáfora de los celos. El amante celoso teme haber sido castrado, que alguien haya ocupado su lugar en la vida, que haya acabado para él su mejor época. Su único recurso es buscar el tiempo perdido, con la esperanza desesperanzada de que la recuperación estética de la ilusión y la experiencia por igual le engañe de un modo superior al que teme haber sido ya engañado.

En mi opinión nadie como Proust ha logrado establecer esta comunicación tan íntima entre el lector, la novela y el novelista; es impresionante el lenguaje y los tropos que utiliza Proust para describir con fuerza nunca igualada el terrible sentimiento de los celos. Para comprobarlo basta con leer en Por el camino de Swann, la parte llamada Los amores de Swann. Aunque uno no sea un gran esteta de la literatura y del arte, no dejará de admirar la fuerza, las ironías y los suplicios que padecía Swann cuando presentía que Odette le había sido infiel, o que él suponía tal cosa. No importa que el hecho haya tenido lugar —la infidelidad— aunque había elementos que permitían suponer su certeza ya que Odette, que no era aristócrata, sí era una mujer de mundo, le gustaba visitar los salones de aquel París elegante, al que concurrían notables poetas, artistas y personajes políticos de la época. Proust se define a sí mismo diciendo que padece de una trágica tendencia a la tristeza y al aislamiento. Fue un hombre frágil, de salud muy precaria, afectado por un asma invencible que lo llevó a la muerte. Pero nos dejó una de las grandes obras literarias y artísticas de todos los tiempos.

[1] En español, este ensayo se incluye en Ensayos sobre la vida sexual y la teoría de la neurosis. Alianza Editorial, Madrid, 1967. Traducción de Luis López Ballesteros y de Torres.

[2] Marcel Proust, En busca del tiempo perdido. ‘Por el camino de Swann’, Alianza Editorial, Madrid, 1998. Traducción de Pedro Salinas.

[3] Marcel Proust, En busca del tiempo perdido. ‘A las sombras de las muchachas en flor’, ibídem.

[4] Marcel Proust, En busca del tiempo perdido. ‘El mundo de Germantes’, ibiden. Traducción de Pedro Salinas y J.M. Quiroga Plà.

[5] Marcel Proust, En busca del tiempo perdido. ‘La fugitiva’. Ibídem. Traducción de Consuelo Berges.

[6] Sigmund Freud, La disolución del complejo de Edipo, en Obras completas. Tomo VII Madrid, Biblioteca Nueva 2004, Traducción de Luis López Ballesteros.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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