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Dolor y gloria AUTOBIOGRAFÍA Y AUTOFICCIÓN, por Quim Casas

Dolor y gloria
Por esta interpretación Antnio Banderas fue reconocido como el mejor actor en el màs reciente Festival de Cannes.

Antonio Banderas, uno de los actores más importantes en la filmografía de Almodóvar (Laberinto de pasiones, Matador, La ley del deseo, Mujeres al borde de un ataque de nervios, ¡Átame!, La piel que habito), interpreta en Dolor y gloria a un director de cine, Salvador Mallo, que lleva años sin dirigir aquejado de tantos dolores del cuerpo –migrañas, columna vertebral, agotamiento permanente– como del alma –depresiones constantes y aquello que te da y te quita la adicción a la heroína–, aunque sigue creando a través de la escritura sin desear que esos escritos se conviertan en imágenes filmadas.

Penélope Cruz, quizá la actriz fundamental en la obra del cineasta junto a Carmen Maura, Cecilia Roth y Victoria Abril (Carne trémula, Todo sobre mi madre, Volver, Los abrazos rotos), encarna en el último filme de Almodóvar a Jacinta, la madre de Salvador cuando ella es joven, cuando él es un niño maravillado al verla extender las sabanas que acaba de lavar en el río y ponerse a cantar con las otras lavanderas. Julieta Serrano, una presencia femenina y secundaria muy característica, como la de Chus Lampreave, sobre todo en la primera y segunda etapa almodovariana (Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, Entre tinieblas, Matador, Mujeres al borde de un ataque de nervios, ¡Átame!), da vida a Jacinta de mayor, cuando debe dejar el pueblo e instalarse en el piso de su hijo en Madrid porque, aunque el dolor agobia menos, la muerte está más cerca.

Es toda una declaración del principios, la primera del filme, ya desde la elección del reparto, que Banderas interprete a un director que es Almodóvar y Cruz y Serrano a su madre. La autobiografía a través de un espejo cuyo reflejo nítido diluye la barrera entre la realidad y la ficción. El casting debe ser, aunque solo lo sea a veces, tan fundamental como una decisión de cámara o esa panorámica que nos devela lo que nunca hubiéramos podido imaginar. Autobiografía y autoficción. Almódovar maneja espléndidamente ambos conceptos en una película en la que ha volcado, más que en cualquier otra, sus deseos, miedos, inseguridades, dudas y creencias. Un film admirable por lo sincero, pero también por los dispositivos dramáticos y emocionales que despliega el director en un momento en el que ya domina el medio, su estilo, como lo dominaba John Ford al realizar El gran combate según escribió en un bello texto Pere Gimferrer.

En Julieta, su anterior largometraje, había una imagen que recordaba a los dos rostros en uno solo de Persona. En Dolor y gloria hay otro momento muy bergmaniano, cuando Salvador contempla uno de los planos que hemos visto al principio del film –el de él de niño y su madre durmiendo en una estación de tren– porque ahora está rodando aquello que Almodóvar ya nos ha hecho ver: es un efecto parecido al del final de Fresas salvajes, aquel primer plano del anciano profesor mirando hacia el horizonte y viendo a sus padres en la costa, haciendo realidad su recuerdo. Almodóvar lo plantea desde el artificio emotivo del propio rodaje, desde la recreación del recuerdo. El efecto es aún más hermoso, ya que es también terapéutico: Salvador vuelve a hacer cine, y es impensable, según lo que hemos visto a lo largo de la proyección, que no filmara otra cosa que no fuera el recuerdo de él y su madre.

Hay en Dolor y gloria un trasvase permanente de adicciones y confesiones, de la realidad a la pantalla, desde esa primera escena en la que el fondo de la piscina nos recuerda al útero materno y de esa composición acuosa pasamos a la del río y las lavanderas. El cuerpo vuelve a ser fundamental, y de hecho, la película explora en un momento determinado la mitología de nuestro organismo para entender por qué Salvador es como es. Hay frases memorables (“Son tus ojos los que han cambiado, la película es la misma”) que se refieren al anterior largometraje de Salvador, titulado Sabor, realizado 32 años antes. Son los mismos años que han pasado desde que Almodóvar estrenara La ley del deseo, una película que sigue siendo la misma pese a que nuestros ojos y los del director hayan podido cambiar.

Publicado originalmente en http://www.sensacine.com

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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