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Destinos epistolares LA ESTRATEGIA ASOMBROSA, por Edilio Peña

kafkaPalabras que no pensaron escribirse pero que fueron sentidas hasta el arrebato, abundan. Unas, plasmadas como tatuajes; las otras, ahogadas o tragadas, presas de la emoción o la obsesión. Algunas cartas guardan experiencias de testimonios inéditos, balbuceantes, perfectos o inútiles. La carta es un descenso al ensimismamiento, con o sin el otro. A veces no se sabe quién escribe, si la razón o el corazón. El remitente puede escribir una carta sin conocer el destinatario ni en la vaga esperanza, ni en la impuesta venganza. Pero mientras escribe la carta al desconocido o pasajero, lo fragua en el deseo; lo impone a la realidad de la escritura íntima; lo siente tan cerca como ese testigo o juez que observa, perplejo, la mano ajena que emborrona cuartillas, o golpea con lento o trepidante frenesí, el teclado del computador, aunque a través de ambas formas que lo reclaman, lo celebren o destruyan. En el pergamino o en la hoja de papel, con esa virtud romántica que celebró la tinta o la sangre, la carta ha hecho suya la legendaria tradición de amantes, prisioneros, enfermos o condenados a muerte. Por igual, en la carta que se gesta en la cuartilla virtual, ese misterio que une o separa al remitente y al destinatario, persiste con afincada e irremisible continuidad.Hay cartas que logran plasmar en la memoria el último aliento de una existencia. Sin embargo, no siempre las cartas alcanzan a ser conservadas o escondidas para que nadie más las lea. Ante el temor de ser violadas por un ajeno, o por arrepentimiento de quien las envió o las recibió, se apura su destrucción, o son entregadas a las llamas crepitantes del fuego. O como escribiría Franz Kafka: escribir cartas significa desnudarse ante los fantasmas, que te esperan ávidamente. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben los fantasmas del camino. A quien le escriben cartas, no puede hacer nada frente al elogio o  condena de la trama narrativa que lo explora y expone. Prisionero de palabras que fragua el otro —escritor conocido o desconocido—, que desde el rincón de la luz o la oscuridad, lo espía  en detalles que no soporta la discreción. Las cartas pueden ser extensa confesión, o también, deseo profundo del desenmascaramiento del otro. El remitente intenta revelar lo oculto del destinatario, pero al hacerlo, lo hace consigo mismo. Sobre todo, en  cartas personales, aquellas que cuidan escapar de la magna historia, preservarse de la trascendencia; forma del género epistolar que sirve a los protagonistas del poder. Las cartas verdaderas no son trazadas por la necesidad ni la carencia. El  amor no ancla en el sentimiento, ancla en el alma. Muy diferente aquel extraño, que gusta escribir cartas dirigidas solo a sí mismo, porque no tiene, o no quiere tener, ni remitente ni destinatario. No le falta nada, nadie ni soledad.

Las cartas no solo están dirigidas a la realidad, también al territorio insondable de los sueños, donde, paradójicamente, los seres humanos parecen inalcanzables o ante los sobresaltos de la vigilia, estos desvanecen como sábanas que el viento se lleva; mucho más, si han muerto, o, como gustan decir los místicos, han abandonado el cuerpo hacia el largo viaje del pasajero. Empresa que se propuso una mujer coreana, enamorada hasta desbordar el corazón de los amores predecibles, hace quinientos años, al perder repentinamente a su marido; y en acto ritual, antes de cerrarse el ataúd de madera, ingenió una estrategia asombrosa, para escapar del dolor y la fatalidad. Introdujo trece cartas, con un par de zapatillas tejidas con largos cabellos de su hermosa cabellera negra,  allí donde la respiración de su amante había descubierto  el intenso perfume de la noche. Una de las cartas, la más relevante quizá, la colocó sobre el pecho de su marido, confiando su misiva a un encuentro sublime y trascendental con ese ser que más la había habitado. ¿Qué la hizo pensar o presentir, que en los sueños no se deambula sino que hay un sendero que conduce  a un lugar que  jamás se ha de partir ni separarse del otro? Probablemente, la honda convicción de que el amor verdadero, no pertenece a recuerdo, nostalgia ni a ningún tiempo mezquino, sino al próspero árbol de la iluminación.

Las siguientes líneas, que la arqueología ha profanado, extraen estos fragmentos de la memorable carta, no así el encuentro de los amantes en el sueño consolidado: Por favor… lee esta carta y contéstame con todo detalle en mis sueños, en cuanto puedas. Esa es la razón por la que te he escrito esta carta y la entierro contigo. Ojalá pueda escuchar tu voz suavemente en mis sueños. Mírala atentamente y habla conmigo. Por favor, como te digo, lee atentamente esta carta y ven a mis sueños y muéstrate y hablemos de todas estas cosas. Estoy tan segura de que podré verte en mis sueños. Ven a mí en secreto y muéstrate, ¿Lo harás? Hay tantas cosas que debo decirte, tanto que queda fuera de esta carta. Adiós.

edilio2@yahoo.com

@edilio_p

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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