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Desde Alepo a Caracas ALBERTO MASRI: “ESTE ES EL PAÍS MÁS BELLO DEL MUNDO”, por María Fernanda Mujica Ricardo

Se sentaba en un banquito y al lado, en un carrito de mercado de metal guardaba sus productos. Protegía su tez blanca debajo de un toldo de colores.

En diciembre, al poco tiempo de entrevistar a Alberto Masri, nos enteramos que había tenido problemas cardíacos. El 8 de enero en Caracas falleció. Previamente, los médicos no pudieron practicarle un cateterismo. Deseo que estas letras sirvan como homenaje a un hombre que vino del Medio Oriente a trabajar en Venezuela cuando acababa de ponerse los pantalones largos. Trabajó y logró una estabilidad comercial y familiar. Se trajo a su familia de ocho personas desde Alepo, Siria. Creía en Venezuela y le agradeció las oportunidades que recibió. Se compenetró mucho con la familia de su mujer venezolana Camila Olivo. Hablaba orgullosamente de ella y de su único hijo en común: Miguel Alberto. Disfrutaba compartir con su cuñada Myrna y su suegra; quiso mucho a sus hermanos y sobrinos, a su hija hembra Jenny del primer matrimonio, y de todos fue responsable. Alberto deja huellas y quereres. QEPD.

Lo conocimos en el mercadito de Cumbres donde vende pita (el pan del Medio Oriente) y unas deliciosas cremas del mismo rincón del mundo elaborados por su esposa Camila. Se sienta en un banquito al lado tiene un carrito de mercado de metal donde guarda sus productos. Su tez blanca la protege debajo de un toldo de colores. Tiene un pelo negrísimo que cubre sus canas, es alto y su cuerpo es robusto. Alberto Masri es un hombre afable y educado, nació en Alepo, Siria, y llegó a Venezuela en barco el 31 de diciembre de 1966 y dice “gracias a dios”. Proviene de una familia católica cristiana que se trajo al país después de dos años de intenso trabajo.

Masri dice haber vivido en un país tranquilo hasta que tuvo que emigrar y tomó un barco que hacía la travesía en 21 días desde Siria, Líbano, Italia, España, con destino al puerto de La Guaira en Venezuela donde lo esperaban tíos y primos. Tenía 18 años y era bachiller. Dejó en Alepo a sus padres (su papá era obrero) y a seis hermanos. En 1963, se había producido un golpe de estado del partido Baaz de la Liga Árabe Socialista, diversos golpes militares se sucedieron en el poder, y en 1966 hubo otro golpe con un gobierno muy radical que fue derrocado por el Movimiento Correctivo en 1970, que entregó el poder a Hafez Al-Asad. Entender la situación política, económica y social de Siria es muy difícil, pero el éxodo masivo de su gente en el mundo constata que huían de un país que no les ofrecía estabilidad, paz  y porvenir.

La ciudad de Alepo donde se crió Alberto, fue considerada en los años 20 y 30 del siglo veinte como una de las más bellas y elegantes del mundo. Ingleses y franceses la colonizaron, luego vino la nacionalización árabe y sucedieron diversos enfrentamientos  de fracciones militares que se disputaban el poder hasta la guerra que estalla en 2011 donde Rusia, EEUU, Francia, Reino Unido, Arabia Saudita, Israel, Turquía, entre otros, están involucrados.

Al llegar tomó una maleta y empezó a vender ropa íntima en los barrios de Petare. “En ese tiempo, todos los paisanos hacían lo mismo. Caminé cuatro rutas los días sábado, domingo, lunes y martes en las zonas de Casalta, Carpintero, Cuatricentenario y Maca”. No hablaba nada de español. A los compradores les fiaba entre cinco y diez bolívares semanalmente, estos últimos eran sus mejores clientes. “A los siete años, abrí mi primer negocio en Chacao de venta de electrodomésticos que se llamó Comercial Kabir, que significa grande. Estuve 25 años en Chacao donde también monté tres negocios más: General Electronic, Comercial Albert y Zapatería Reinadina”, nos cuenta Alberto con su voz gruesa de fumador. Dice que a los seis meses de estar en Caracas enviaba 100 dólares en una carta certificada y a los dos años, mandó pasajes para su familia y alquiló para todos un apartamento en El Llanito por 260 bolívares mensuales. “Los mayores trabajaron conmigo y los pequeños los puse a estudiar. Después que traje a mi familia no nos hacía falta Siria”.

El amor y la expansión de los negocios

Se enamoró de una colombiana que trabajaba con él a la que dice que quiso mucho, “pero ella tenía 17 años y yo, 33 y este fue el principal factor del distanciamiento. Vivimos juntos siete años y luego cinco casados. Tuvimos una niña que hoy vive en Madrid y ya me dio un nieto. Ella me aupó a expandir los negocios y también quiso estudiar y así lo hizo en la Santa María. Pero al estar con amigos en la universidad, nos alejamos más y me pidió separarnos: me dolió mucho”.

Masri se dedicó a los negocios y no quiso saber más de mujeres, hasta que una amiga, hija de un árabe, le dijo que conociera a una amiga. “Me decidí a invitarla un 25 de julio, día de Caracas y la situación fue de película. Vi a una muchacha, catira, bella y con minifalda. No representaba los 35 años que tenía y yo ya había cumplido 44. Al año, exactamente, nos casamos. Camila me hizo olvidar de mi ex. Yo le había dejado un negocio a mi primera esposa y Camila manejaba otro, pero mi ex tuvo unos celos horribles de ella y la molestaba mucho. Al mes vino llorando, excusándose por no haber valorado la estabilidad que tenía conmigo. La situación se tornó difícil y decidí vender todos los negocios de Chacao, menos el que le había dejado a ella que hoy es una peluquería. Durante diez años hice negocios, presté dinero, etcétera. En esa época compré un apartamento en Los Dos Caminos de 157 m², que es donde vivimos. Uno de mis hermanos me dio la idea de vender pita en los mercados y empecé a hacerlo para no quedarme en casa”.

Masri dice que en Venezuela están enterrados sus padres y tres hermanos (dos hembras y un varón). “A todos los guie, los ayudé a casarse y comprarse su vivienda. Vivía muy bien  y con abundancia, pero aunque tuve prestigio en los negocios necesitaba trabajar en la calle”. Recuerda que compraba la pita al mayor en Catia a 9 bolívares y la revendía en 20, y a las dos horas, ya le habían comprado 50 panes en Los Palos Grandes. “Myrna, una de mis cuñadas, nos sugirió vender cremas árabes que Camila hace de maravilla: de pimentón, ajo, garbanzo y berenjena. Ya tenemos ocho años con este negocio en los mercados de Cumbres, Los Palos Grandes, Colinas de Bello Monte. Creció tanto el negocio que tuvimos que comprar una licuadora industrial”.

“¿Qué que pienso de Venezuela? Este es el país más bello del mundo, el de mejor clima primaveral; mi hijo varón que tuvimos Camila y yo, quiere que nos vayamos a Buenos Aires, pero yo ya tengo 72 años. ¿Qué voy a hacer allá? Yo no puedo estar sin hacer nada”. Le preguntamos si alguna vez regresó a Siria y nos cuenta que hace más de diez años (antes de que estallara la guerra) un amigo que tiene una carpintería lo entusiasmó y pasaron 21 días maravillosos. Él  tenía 40 años sin haber vuelto. “Tuve la suerte de ver bien a Siria, pero hoy está destruido. Gracias a dios que estamos vivos. Lo de Venezuela no tiene explicación, esto es un desastre, no hay democracia.  Estoy seguro de que Venezuela se va a recuperar. Tiene con qué”.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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