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Del Cyrano al dictador EL SIMULADOR Y EL DOBLE, por Edilio Peña

Cyrano de Bergerac
La pieza teatral de Edmond Rostand ‘Cyrano de Bergerac’ ejemplifica con asombroso tino el valor astuto contenido en la simulación.

Especial para Ideas de Babel. La simulación es querer parecer lo que no se es. Es el camuflaje de una identidad falsa. Toda simulación pretende lograr un objetivo. Un objetivo de poder o de sobrevivencia. Quien tiene poder termina por dominar a aquel que sólo quiere sobrevivir. La simulación acontece entre algunas especies de la naturaleza, sobre todo, en aquellas especies animales o vegetales que no tienen otra opción que las que determinan su habitat natural. Entre todas, el camaleón ha ganado prestigio y popularidad. Por igual, la simulación también asalta y se instala en el espacio de la razón humana. La historia es la memoria de esa predisposición del ser. La política reta limitar ese impulso instintivo y psicológico que en algún momento se vuelve idea y pensamiento. El Estado se constituye en la contención de esa sociedad conformada por individuos acechados por la doblez y la simulación. Un control rígido o flexible dependiendo del tipo de Estado.

Aquel que simula pretende un objetivo que fragua desde el deseo ciego o la envidia definida. Pero, una vez que el objetivo es alcanzado por el simulador, se podría creer que el falso se ha despojado de su máscara y comienza a ser lo que verdaderamente es. Sin embargo, no necesariamente ocurre así. Porque existe la posibilidad de seguir persistiendo en la simulación. Más cuando la naturaleza humana está determinada por la multiplicidad del yo. Quien tiende a simular carece del carácter del cual hablaban los griegos. Ese pathos (destino) necesario para vivir la vida que le corresponde, y no aquella vida prestada que tiende a tomar para usarla a favor de su interés más caro. No obstante, la ambición y la avaricia  permite asaltar cualquier fortaleza.

En el siglo XVIII, la pieza teatral de Edmond Rostand Cyrano de Bergerac ejemplifica con asombroso tino el valor astuto contenido en  la simulación. El personaje protagónico de la historia dialogada es un hábil y destacado espadachín, pero a su vez un notable poeta que posee el don de la seducción a través de la palabra escrita y hablada. Lo conduce la espada, pero también la virtud poética. Es un caballero. Christian, joven hermoso, solicita de Cyrano de Bergerac, la ayuda para conquistar a la bella Roxanne, porque de alguna manera su hermosura física de varón, no es suficiente para coronar la irresistible prenda femenina que sigue estando fuera de su alcance. Cyrano de Bergerac, que en el fondo de su corazón también ama a Roxanne, no se resiste en ayudar al pretendiente de la dama, quizás porque se reconoce feo, más al saber que ostenta un rostro con una nariz demasiado grande y larga que le es imposible modificar.

Cyrano de Bergerac comienza a escribir cartas de amor a Roxanne como si fuera Christian; y Christian se las hace llegar a Roxanne como si fuera él el verdadero autor de composiciones epistolares tan sublimes y arrebatadoras. No hay que olvidar que el romanticismo se funda con el género epistolar: la carta esperada, es la ansiedad del amor. En la noche, ante el balcón por donde se asoma ese esplendor de mujer, llamado Roxanne, Christian le declama hermosos versos como si nacieran de su propia alma. Ignorando Roxanne que, Cyrano de Bergerac, oculto en los bosques de la noche, es el apuntador poético de Christian. Esa boca que dice y pronuncia, sin sentir como suyo, el verso ajeno. Ese simulador romántico que en esencia no es el seductor que Roxanne ha comenzado a creer que es. De haber existido la cirugía plástica en el período romántico del siglo XVIII, Cyrano de Bergerac hubiese conquistado a Roxanne, sin intermediario alguno que revelara su impotente amor hacia ella.

A pesar de la creencia de que el simulador es idéntico al doble, a ambos los separa un aspecto caracterológico fundamental: el doble no simula ser, porque en el interior de él habitan dos que lo determinan. Es como la existencia de los gemelos. Ambos son uno y dos. El vínculo de identidad no sólo es consanguíneo, por igual, es físico, mental y espiritual. Una sola identidad existencial, pero bifróntica. Pueden llegar a amar y odiar al mismo ser que pretenden o rechazan. En el doble no existe la necesidad de parecerse al otro. Fedor Dostoievski, el novelista ruso, abordó desde sus narraciones ésta tormentosa disyuntiva de la doblez que devora a la psiquis de algunos seres humanos. Inclusive, Fedor Dostoievski llegó a escribir una novela, llamada El Doble.

En la realidad, mucho más que en la ficción, el poder ha hecho suyas las proyecciones que generan el carácter del simulador y del doble. El histrionismo de algunos dictadores nos hacen pensar que son grandes actores cuando se dirigen a las masas. El caso más notable lo representa Adolf Hitler. Recibió clases de un ilusionista entrenado para seducir en el esplendor del espiritismo, con gestos y registros tonales, con los cuales subyugaba a la audiencia de sus espectadores. Luego se encontró un dossier de fotografías donde Adolf Hitler ensayaba sus dotes de líder simulador. El mismo Fidel Castro fue un actor que engañó al pueblo cubano, con su inteligencia y sus dotes excepcionales de orador, como lo reconoció posteriormente el legendario comandante Huber Matos, quien por oponerse a las ambiciones dictatoriales de Fidel Castro, fue condenado a veinte años de cárcel. Asimismo, Fidel Castro comenzó  a utilizar dobles físicos para repartirse por toda la isla de cuba, con el poder de la omnisciencia de un Dios todopoderoso.

Hugo Chávez no fue un líder con un destino propio. Tuvo que simular ser como Fidel Castro para poder ser lo que fue. Admiraba al cubano tanto que parecía que hubiese querido que éste fuese su padre o su amante. Era inocultable el amor que le tenía.  En su interior ardía más que un amor platónico. Llegó al extremo su pasión y frenesí que viéndolo partir en un avión, desde el aeropuerto nacional de Maiquetía, no pudo evitar  lanzarle besos a la aeronave donde se iba el patriarca de la primera dictadura socialista del Mar Caribe. Fue la primera declaración de amor pública de un estadista hacia otro estadista. La locura amorosa  de Chávez, lo llevó a calcar para su país Venezuela, el mismo guion de dictadura que existe en Cuba, por más de sesenta años. Ya Cuba había instalado el modelo estalinista, en los primeros años de la revolución. Hugo Chávez extremó sus apetencias personales, al querer fusionar en una sola nación a Cuba y Venezuela, en una especie de ardorosa copula tropical. De haberlo logrado en vida, hubiera consolidado su absoluto amor por Fidel Castro. Cada nueva revolución no es más que una simulación dentro de otra simulación.

Si Hugo Chávez amó a Fidel Castro, Nicolás Maduro no ama a Cilia Flores. A quién realmente amó, y  ama, es a la memoria de Hugo Chávez. Es su legítimo derecho. Aunque su sentimiento de pertenencia sea débil. Quizá porque nació en otro país. La diferencia entre Hugo Chávez y Nicolás Maduro es que Chávez, en su simulación, quiso con obstinación ser el otro (su paradigma y carácter ideal); en cambio, Maduro, ha querido simular ser quien no es, pero no tiene la contextura y virtud de ninguno de los dos difuntos dictadores. Ni la de Fidel Castro ni la de Hugo Chávez. Porque Nicolás Maduro deriva su simulación hacia la caricatura y el caos absoluto que instala en torno suyo. Ahogando en una tragedia inenarrable a todos los ciudadanos de una nación. Maduro no interpreta con verdad el carácter del legado de los dos revolucionarios que lo precedieron. Su mentira es absolutamente desnuda. No es un buen actor. No obstante, en medio de la evidencia de su fracaso, no es capaz de mirar para enfrentar  la derrota. Quizá  porque ya no se mira en los espejos del Palacio, donde se haya el otro simulador.

edilio2@yahoo.com

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Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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