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Curiosidad erótica EL CONDÓN, MIRANDA Y CATALINA, por Rubén Monasterios

Catalina II de Rusia
Catalina la Grande, en torno a los 50 y tantos años, muy mejorada en ese retrato por el pintor, que para eso le pagaban.

En mi muro de Facebook inserté el espacio Curiosidad Erótica / Página de divulgación erotológica destinado a intercambiar ideas sobre el tema; con frecuencia se forman foros ingeniosos y amenos. Uno de ellos es el que da lugar a este artículo.

Por esas a veces inexplicables vías insólitas que toma la comunicación humana, un comentario divulgativo sobre la historia del condón condujo a un forista a reseñar que Francisco de Miranda lo primero que cargaba en su equipaje era uno de esos artificios hecho con tripa de chivo, como la generalidad de los condones de su tiempo. También era reusable y, según acotó otro participante, debía ablandarlo con agua caliente en las debidas oportunidades de uso. De ahí, inevitablemente, varios comentaron lo singón que fue el generalísimo; no faltaron apuntes reportando el famoso estuche en el que el héroe guardaba muestras de los vellos púbicos de sus conquistas ni el señalamiento, con un toque de orgullo nacionalista, de su supuesto romance con la  emperatriz Catalina la Grande de Rusia. En fin, a partir del condón el foro terminó en Miranda.

El único de esos aconteceres en el que hay sombra de duda es el último. No hay ninguna evidencia de una vinculación erótica entre los personajes, aunque sí de una relación afectiva-intelectual gracias a la comprensible simpatía recíproca que puede nacer de la interacción entre personas ilustradas con intereses comunes.

Pero el virilismo criollo no podía desaprovechar esa oportunidad para enaltecer la vanidad del gentilicio, haciéndonos ver que el venezolano no sólo fue un intelectual que se codeó con la inteligencia de su época, el precursor de la independencia americana y figura resaltante de la Revolución Francesa, sino que también ─¡una guará─ se cogió, entre otras,  a la emperatriz de Rusia.

Se forjó así uno de los  mayores mitos eróticos de la historia de Venezuela. En mi juventud también escuché esa conseja de boca de mis mayores.

El mito tiene algún sustento y es aceptable como hipótesis; pudo haber ocurrido porque el caballero era, según se ha dicho, singador muy activo y eficiente, y la dama putísima, aparte de tirana poderosa y brillante intelectual, corresponsal de Voltaire, entre otros genios de sus tiempos.

En efecto, su vida privada escandalizó a la sociedad rusa; se ha perdido la cuenta de sus amantes, la mayoría muy jóvenes, algunos de dieciséis años, a los que favorecía generosamente durante y después de la relación. En tanto su amigo Voltaire la proclamaba públicamente la Semiramis de Rusia (aludiendo a la ilustre reina fundadora de Babilonia), en los corrillos chismosos la llamaban la Mesalina del Neva.

Es difícil establecer cuánto hay de verdad y cuánto de difamación sobre Catalina la Grande (1729-1796). Ahora bien, es verídico que la emperatriz  tenía un desmedido apetito sexual. Lo demuestra, además de la nómina de hombres que se acreditó, algún que otro hijo ilegítimo y, sobre todo, una inaudita habitación personal del palacio de Gátchina.

En ese palacio Catalina hizo construir una peculiar cámara decorada con motivos eróticos: no sólo pinturas y tapices, sino también mobiliario con decoración pornográfica tallada, sillas diseñadas para practicar sexo, relieves fálicos. Es fácil entender  el propósito de dicho recinto.

Francisco de Miranda
Francisco de Miranda.

A partir de esas referencias tiene sustento la hipótesis de un romance entre Catalina II y Miranda; no deja de ser probable que la emperatriz se sintiera atraída por el apuesto latinoamericano de 37 años, militar e intelectual envuelto en una aureola romántica de adalid libertario.

Viene a lugar reseñar, al desgaire, que Catalina también favoreció a Miranda con las esplendidez que le era característica, concediéndole el grado de coronel del ejército ruso, haciéndolo miembro del cuerpo de élite Regimiento de Coraceros de Ekaterinoslavia, regalándole dinero en efectivo por un monto no menor de 15 mil rublos y respaldándolo en sus gestiones diplomáticas. Gestos que no dejan de darle soporte a la hipótesis que revisamos.

Pero su encuentro ocurrió en 1787, cuando Catalina era una señora de 58 años, obesa al extremo de haber perdido las formas seductoras propias de la hembra de la especie humana; con las piernas hinchadas y varicosas, muy maltratada por una vida llena de estrés, incertidumbre y excesos, desde sexuales hasta crímenes, pasando por conspiraciones políticas, guerras, rebeliones… Quizá el Prócer de la Independencia de América ‘le diera lo suyo’ ─para utilizar la expresión vulgarmente repulsiva dicha en público a plena voz, refiriéndose a su esposa, por el prócer de la hecatombe venezolana─, más que por satisfacción erótica, con el propósito de afianzar una relación que podría serle políticamente útil; pero, francamente, no encuentro ningún motivo en el conquistar a una mujer en esas condiciones, animado por esa supuesta razón, y salir del cuarto cantando el Gloria al bravo pueblo.

 

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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