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Cuento EL HOMBRE SIN CASTA, por Luis Roncayolo

INDIA. Uttar Pradesh. Benares. 1997. Cremation on the ghat.
INDIA. Uttar Pradesh. Benares. Cremación en el ghat. Foto de Fernando Scianna, Magnum Photos, 1997.

Y como la gente común sólo cede ante las representaciones pictóricas, muchos de los líderes de comunidades religiosas se han desviado tanto del camino correcto hasta permitir dichas imágenes en sus libros religiosos y casas de oración.

“Sobre los Inicios de la Idolatría”, Al-Biruni

Hace siete días llegó a la aldea un hombre sin casta. Todos hablan de él. Como todos los hombres sin casta, se viste diferente, come diferente, habla diferente. Nos sorprendió que hubiera sido recibido entre los guerreros, en desafío a todo lo que nos dicen los brahmanes sobre lo que ordenan los dioses. Transcurrieron las semanas y ninguno de nosotros lo vio en persona, como si su paso por la aldea no hubiera sido otra cosa que un rumor escabroso. Y un día entre los días, sin previo aviso, lo vimos caminando solitario por la calle principal de nuestro barrio. Reflexivo, taciturno, vestía el turbante a la manera de los hombres sin casta: esférico, no cilíndrico, con las orejas descubiertas, y sus ropas le tapaban todo el cuerpo salvo las manos y el rostro, como si fuera inmune al calor de Aditya. Todos huyeron; las mujeres encerraron a sus hijos en las casas, los hombres lo alejaban con palos y ramas, las puertas y ventanas se cerraron, y el barrio quedó a plena luz del día en un silencio preocupante.

Mi bisabuelo había sido el responsable de que yo hubiera pasado muchas veces por humillaciones similares, y la hostilidad arrojada contra el hombre sin casta hizo que me sintiera mal por él; así que hice lo imperdonable: salí de mi casa y amablemente lo saludé besando el suelo entre mis manos. El hombre sin casta me vio con curiosidad, me invitó a levantarme, vi en su mirada una sucesión rápida de emociones: agradecimiento, horror y compasión. Se sobó la barba, me preguntó mi nombre y yo se lo dije. Luego él me dijo: me llamo Abú Rayján Mohamed, que haya paz en tu vida, estoy feliz de conocerte. Hablaba como hablan los hombres sin casta: con un acento divertido pronunciando con demasiado énfasis las jotas. A diferencia de lo que alertaban los brahmanes todo el tiempo, no vi en él las características siniestras de los rakshasas. Me preguntó a qué te dedicas. Le dije soy escultor. Me dijo ahora entiendo por qué vistes un delantal polvoriento. Esa fue nuestra primera conversación.

Dos días después volvió, cuando yo todavía no había terminado de pagar el castigo social que mis vecinos me habían declarado. Esa vez hice un gesto aún más retador: lo invité a pasar a mi taller, cuyo patio daba al río, y del otro lado del río, en el jardín del raj, caminaba con serenidad de neblina una manada de elefantes. Hermoso animal, dijo, y luego se paseó por los pasillos polvorientos formados por mis estatuas sin terminar. Observaba con una mezcla contradictoria de fascinación y desprecio, como hacen siempre los hombres sin casta. Le expliqué Kubera usa corona, es gordo, y cabalga sobre un hombre. Se sorprendió cuando le dije Imra (a quien él llamaba ángel de la muerte) monta un búfalo. Pareció horrorizarse cuando le advertí lo que parecen cuernos en la cabeza de Shankara es realmente una luna creciente sobre el tercer ojo que se abre en su frente. Luego le expliqué cada estatua debe cumplir con medidas de tamaño y proporción exactas, o desencadenará la ira vengativa del dios que esté mal representado, como reveló el astrónomo y sabio Varáhamihira en su Gran Compilación. Me preguntó por qué vives entre shudras, los de casta más baja, cuando es obvio que perteneces a los vaishyas, y que has recibido educación en los Vedas; también, acaso no deberías vivir entre los artesanos. Yo le dije que es culpa de mi bisabuelo, y señalé mi deformación en el rostro. Me preguntó qué hizo tu bisabuelo, pero para mí la visita ya había terminado, y lo acompañé hasta la calle.

No volví a verlo por siete u ocho o nueve días, hasta una tarde a la hora vishâla en que se llevaba a cabo un funeral en la explanada crematoria del cementerio de los shudras. Los vecinos no lo habían dejado acercarse, y se quedó a la sombra de un árbol en la inmediata lejanía contemplando (con horror, como es típico de los hombres sin casta) mientras los familiares del muerto encendían la pira funeraria con la viuda sentada sobre los maderos en posición de oración. Era una jovencita con el rostro celestial de las apsaras, que no sumaba los veinte años, y que temerosa de preservar su honor y el de su esposo, aceptó la inmolación con lágrimas en los ojos, como Sati se inmoló en Agni para preservar el honor de Shiva. El fuego se alebrestó, creció como una tormenta, el humo tapó todo lo que dentro de la pira acontecía, hasta que se oyó un chillido desgarrador, los espeluznantes gritos de la viuda, su cuerpo en llamas luchando entre los maderos para escapar de la muerte. Minutos después, sólo se escuchaba el chasquido del fuego quebrando ramas y huesos. La viuda fue honrada, el marido fue recordado, y los aldeanos lentamente se dispersaron de regreso a sus casas.

El hombre sin casta me abordó en el camino y me dijo esto es un acto criminal. Dios no aprueba esto. Y yo le dije qué sabes tú de los dioses. Él me dijo dime dónde, en sus textos religiosos, dice que se practique una abominación como esta. Yo le dije ve a hablar con los brahmanes, que son los que saben. Él respondió los brahmanes no me hablan. El hombre sin casta me siguió hasta mi casa, y no paraba de insistirme ese ritual es un error. Le dije los dioses lo ordenan, y a los dioses no se les puede llevar la contra, porque sus castigos son terribles. Lo dices, me dijo, por lo que tienes en la cara. Qué hiciste para que te castigaran así. Le aclaré yo no hice nada. Es karma de mi bisabuelo. Preguntó cómo, y lo invité a mi taller de estatuas.

Caminábamos sobre la grava mientras le contaba, mi bisabuelo talló estatuas como luego lo hizo mi abuelo, luego mi padre, luego yo. Mi bisabuelo talló en mármol una estatua de Indra pagada de su propio bolsillo, y la ofreció al templo Somnath, en Gujarat. En recompensa, el rey de los dioses le concedió enormes riquezas, propiedades que se extendían como las de un raj. ¡Cuántos bueyes no criaba! Luego talló una estatua de Varuna hecha de plata sólida, la donó al templo Somnath, y se llenó de esclavos y de esposas, compró caballos por centenas y elefantes por docenas. Entonces talló una estatua de Brahma hecha de bronce, la donó al templo Somnath, y se ganó el aprecio y la admiración de los brahmanes, una cosa inaudita para un vaishya. Finalmente, henchido de arrogancia, fundió en oro puro un lingam tamaño de hombre con el rostro de Shankara de relieve, lo donó al templo Somnath, y hombres con banderas acudieron a él y lo proclamaron raj, levantó al pueblo contra la casta de los guerreros, pero había cometido un error al crear el lingam de oro, un error fatal. Había tallado el rostro de Shankara con los labios torcidos, deformes, horribles. Convencido del favor de los dioses, no le prestó atención.

El hombre sin casta preguntó qué pasó entonces, y yo le dije el rostro de mi bisabuelo se deformó, el cachete derecho se infló de color morado y sus labios se hincharon hasta quedar como un monstruo, el mismo rostro que tuvo mi abuelo, que tuvo mi padre, que tengo yo. El hombre sin casta no supo qué decir, y yo continué el pueblo que acompañó a mi bisabuelo en su rebelión lo abandonó cuando lo vieron marcado por el Señor de los Tres Reinos. Los guerreros del raj lo hallaron, lo atraparon y lo ejecutaron. Su hijo, mi abuelo, sobrevivió con el rostro marcado. Por eso los vaishyas no lo aceptaron en su barrio, por eso los kshatriyas lo despreciaron, por eso los brahmanes lo exiliaron, y se vino a vivir aquí a la aldea de los shudras, donde nació mi padre, donde nací yo. Desde entonces hemos intentado recobrar el favor de Shankara, pero nos sigue castigando.

El hombre sin casta tenía la mirada muy triste y me preguntó qué sería necesario, según tus creencias, para recobrar el favor de este tal Shankara. Yo le dije tallar un lingam en oro con las proporciones correctas, pero no hemos vuelto a tener las riquezas necesarias para hacerlo porque nadie de las castas altas nos ha querido ayudar. E incluso si lo hicieran, lo más difícil sería hallar el lingam deforme y destruirlo, cosa que ni yo ni mi hijo podremos hacer, porque no tenemos ni idea de dónde se encuentra. La gente que viaja dice que un rey perverso del país de los hombres sin casta ha atacado Gujarat, que ha saqueado y destruido el templo Somnath, y que se llevó a nuestros dioses. El hombre sin casta me dijo yo conozco a ese rey que atacó el templo Somnath. Yo trabajo en su corte. Su nombre es Mahmud Ghazni, sultán, no rey, y es cierto que es perverso, inicuo y truhán.

Al día siguiente, temprano en la mañana a la hora raundra, hora de mal agüero, el hombre sin casta se presentó en mi casa con un morral cuyo contenido tintineaba. Sacó varios frascos de pociones inusuales, los puso en una mesa sucia al lado de material arcilloso, y me dijo en tu familia corre una enfermedad de humor sanguíneo concentrado en la piel de sus rostro y en los músculos de sus labios. Yo no entendía nada de lo que me estaba hablando, pero él continuó esa sangre se ha enfriado y por eso el color púrpura. Toma, dijo dándome un frasco con un ungüento amarillo hediondísimo, tú y tu hijo deben frotar el ungüento en sus rostro todas las noches antes de dormir para secar el humor sanguíneo y reducir la inflamación. Luego me dio un frasco largo y dijo beban esto antes de todas las comidas para darle calor a sus labios a ver si mueve la sangre y evita que se les vuelva a hinchar la cara. Le pregunté qué van a pensar los dioses de estos métodos prohibidos, y él me dijo adoptando una actitud severa Shankara no es real, ni ninguno de los seres de los que hablan los libros de los brahmanes. No son sino ídolos de piedra y de plata y de bronce y de oro, no son nada. No hay otro dios sino Dios, y Mahoma es el apóstol de Dios.

Cuando se despidió, me dijo recuerdo el ídolo de oro que crees ser la causa de tu aflicción. Lo vi en Ghazni cuando lo trajo el sultán de su campaña contra Gujarat, y es cierto que tenía los labios torcidos… Su oro fue fundido y convertido en monedas que ahora circulan por el mundo con el nombre del emir de los creyentes de un lado y el de Dios en el otro, así que no te preocupes más por eso. El hombre sin casta se fue. Más nunca lo volví a ver.

Luego de meditarlo por días en medio de miedos y tormentos, como el zorro hambriento que no se atreve a robar el nido de una cobra, agarré las pociones, e invocando el Om Namah Shivaya, las tiré al río.

Publicado originalmente en http://weremag.com.

Foto: Fernando Scianna, Magnum Photos, 1997.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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