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Crónica de un desastre anunciado LA LOCURA Y EL PODER, por Fernando Yurman

Chávez Toma de posesión
“Juro sobre esta Constitución moribunda”. Ese fue el comienzo del mandatario y a nuestro entender su clave mayor.

En un estudio reciente, La locura en el poder, Vivian Green intenta unir en un mismo desvarío las perturbaciones de Calígula y los tiranos del siglo XX.

La inestabilidad psíquica es definida por el autor como una enfermedad general, trastorno maldito adosado a la voluntad de poder. Pese a lo reiterado del anatema, cabe diferenciar matices en esa extraña sociedad con los dictadores. Muchos de ellos, como Nerón o Heliogábalo, han quedado marcados por los desafueros de la leyenda antigua, otros, como Juan sin Tierra, por imprevistas legislaciones avanzadas, algunos,como Pedro El Grande o Iván el Terrible, por una voluntad inseparable de la organización del Estado. El cruce de acontecimientos mentales e institucionales hace difícil la discriminación de los dos ámbitos: el emperador que unificó China es el mismo que procuraba la inmortalidad, y construyó un imperio subterráneo para ejercerla. Política y delirio suelen tramarse: la muralla y la quema de libros anteriores a la dinastía, realizó la obsesión despótica por el tiempo y el espacio, pero también forjó la centralidad de ese imperio milenario. Quizás el culto a la personalidad cumpla ambas funciones en aquellos estados que precisan figuras imaginarias providenciales. Megalomanías, alucinaciones y extravagancias narcisistas colorean esas gestas.

Cabe aclarar, en descargo del desvarío del poder, que la vida ‘normal’ de las sociedades no es muy diferente en el uso y abuso social de los trastornos. Usualmente, los buenos policías tienen rasgos paranoicos y los buenos bibliotecarios rasgos obsesivos, y los grandes actores una sensibilidad histérica, y ese ‘beneficio secundario’  parece inevitable, y muy valorado en sus ámbitos.

Recuerdo un candidato a presidente, talentoso y honrado, cuya virtud lo perjudicó. Era demasiado inteligente y reflexivo, y también en los reportajes pensaba, evaluaba cuidadosamente la respuesta, e incluso se permitía el lujo inteligente de dudar; extraviado por esos dones fracasó sin atenuantes. También recuerdo otros que ganaron por su natural necedad, ferviente manía y retorica ligera. La interdependencia entre la inclinación mental y su ambiente sugiere la necesidad de analizar a los políticos con más precisión. En nuestro tiempo, atravesado por el populismo y la polarización, la subjetividad del poder, en consonancia con estos fenómenos, adquiere dimensiones narcisistas y paranoides, que exaltan la personalidad y configuran al otro como enemigo. El trastorno mental y la distorsión ideológica se funden visiblemente.

Según el estudioso del populismo Ernesto Laclau, el líder es un significante clave para esa metáfora sin referente que es ‘el pueblo’, entidad que se torna sustantiva al invocarse. Pese a la inicial claridad de esta formalización, nosotros preferimos enfatizar los rasgos personales de ese liderazgo, ilustrar ámbitos que promueven ese lugar imaginario, pueblo, y su complementaria polarización en el ‘antipueblo’. Populismo y polarización se potencian y están siempre articulados. Pero esos modelos generales se configuran desde acontecimientos particulares, que luego se leen de distintas maneras. Los trastornos mentales usualmente se omiten en la interpretación de esos incidentes. Para algunos, como Rosa Luxemburgo, la ‘calculada’ revolución rusa no era un teorema ideológico, sino un simple golpe de Estado, brindado por la audacia (tendencia psicopática para nosotros) de Trotsky y Lenin. El desquicio clínico mayor de Stalin, pareció a muchos cronistas un efecto de la muerte (suicidio o asesinato) de su esposa y de su derrota en un comicio del Comité Central. En otros casos, el inesperado empoderamiento, una presidencia que no se esperaba ganar, la emergencia ignorada de un oscuro afán vengativo, acelera la confusión anímica previa, rompe las referencias íntimas y se agudizan rasgos querellantes que se leen luego como radicalismo político. El triste ejemplo de Chávez nos parece particularmente ilustrativo de esos extraños destinos de la locura y el poder que parece aumentar globalmente.

El fanatismo es la base del encerramiento ideológico o religioso cuando intenta unificar todas las vivencias, pero también caracteriza el temple psicótico. La exaltación excluyente nutre los afanes utópicos del totalitarismo y las visiones delirantes de algunas afecciones. Las experiencias populistas suelen estar muy atravesadas por la polarización y el fanatismo y no siempre es fácil discernirlas. El anhelo de paternidad, central para el populismo venezolano, expresa disfunciones familiares y hereda la apelación al antiguo linaje de Dios, El Rey, El Caudillo. La redención de la patria es así vertebrada en Jesús y el Libertador, que Chávez recibió de una larga historia amasada en leyenda. Ese propósito, político y religioso, sostiene también los grandes mitos maniqueistas. La imperfecta democracia disgrega los mitos, divide institucionalmente la ‘paternidad’ y no convoca fervores polarizantes. Por el contrario, mística y épica suelen caldear las ideologías. Y en ellas se instala el carisma, esa sustancia que une las carencias simultáneas de los seguidores con las del líder, un brillo que oculta el inexorable vacío que los acosa más allá del mito.

Enunciación y carisma

El carisma no es un rasgo de personalidad, sino un vínculo, un discurso en sentido amplio. Se sostiene no solo en el enunciado,  también en la enunciación. Desde el puro enunciado “¿Chávez es un soldado entregado al pueblo?” dice lo mismo que “Chávez es un soldado entregado al pueblo”, pero la enunciación es distinta: la primera interroga y la segunda afirma. Y si esa afirmación a su vez fuese dicha por el mismo Chávez, el sentido también cambia, se convierte en voto y promesa, y si Chávez se la dice a un colega, y frente a la cámara, aparecen otros destinatarios y cambia nuevamente la enunciación: el mismo enunciado se torna un testimonio para el pueblo que ve, se configura en la frase, y frente al cual se brinda la declaración y le da su estatuto de sentido. Una ideología no es solo enunciada, una parte del iceberg es siempre la enunciación. Los giros constantes, interrupciones, desvíos, accesos emotivos, recuerdo súbito, rapto justiciero, son inseparables del enunciado. El contenido ideológico a veces es irrelevante frente a esa enunciación que lo construye en otro nivel (y que nadie podría imitar cabalmente, porque la subjetividad del vocero no se traslada, por eso las imitaciones de Nicolás Maduro no pueden sustituir a Chávez; aparte de contar menos presupuesto para la dádiva y el clientelismo político).

En ese otro nivel de la construcción ideológica podemos encontrar, desde muchas perspectivas, reiterados rasgos que nos permiten entrever la propuesta chavista en su discurso, un significado más allá de cualquier referencia escolástica:

  • El cruce constante de lo coloquial con lo libresco que indica al pueblo un ‘saber’, una cultura letrada que condesciende a conversar mediante un emisario (en el mismo discurso que cita a la Sayona, cita a Walt Whitman, José Martí, Uslar Pietri, Miguel Ángel Asturias, Clausewitz, Pedro Mires, Rousseau, Miranda).
  • La referencia constante a “señores del mundo, señores del continente”, que garantizan ese orbe particular, tribuna histórica, estrato que el pueblo no puede tocar, pero que el emisario cuenta después de sus excursiones y el pueblo alcanza a divisar, salpicado con “charlas” con los poderosos que organizan el universo del bien “y le dije, mira Lula, tú, y él me dijo, y entonces Cristina…”
  • La fusión de su biografía como parte de la historia general, porque logró descifrar en su vida el destino de los pueblos, que le hablaba sin que lo advirtiese, y que entonces acata y trasmite como un mensaje: “Entonces advertí que yo estaba ahí entre campesinos que hacían de guerrilleros y campesinos que hacían de soldados, y comprendí…”. “Me consumo y me consumiré de por vida al servicio pleno del pueblo venezolano” (parafraseando a San Pablo en carta a los romanos).
  • La emergencia de un mandato ético trascendente, un más allá que junta la historia con la mística y cuyos referentes constantes son Jesús y Bolívar, legado que él debe retomar. “Por la verdad murió Cristo, y si por la verdad tiene que morir uno más, pues aquí estoy a la orden”. “En Venezuela se respiran tiempos de resurrección, estamos saliendo de la tumba”. “Gracias, Dios mío, Cristo de la montaña, Cristo del 4 de febrero, Cristo del 11 de abril, Cristo de siempre, Cristo de los pueblos”. “Bolívar ha vivido hoy, como seguirá viviendo en el corazón del pueblo bolivariano que ha despertado. Ustedes saben que nuestro padre Bolívar, poco antes de morir, dijo…”.
  • La fusión de la política con la estrategia militar, de manera que aunque está al servicio del pueblo, ese saber estratégico otorga un papel especial al estamento armado: “Una victoria del pueblo en todas las líneas de batalla, la batalla perfecta y la victoria perfecta”. “Ciencia política y ciencia militar, que en el fondo es lo mismo, decía Clausewitz”.
  • Su ubicación en esa corriente histórica como alguien que encarna, y al que se somete alienándose, de manera que su intimidad es siempre pública, pertenece a la historia, de la que es un personaje y puede tratarlo y tratarse en tercera persona: “Fui al cementerio a ponerle una corona a mi abuela Rosa Inés y salieron unos niños a decirle a Chávez: ‘Chávez, no hay tumbas para limpiar, tenemos hambre”.
  • Metáforas sobre ríos y volcanes, la naturaleza americana como cuerpo herido (al estilo Neruda), que ilustran el poder original de estas pulsiones históricas que lo arrastran políticamente; un poder de la historia que nada puede detener. “La rebelión militar de Venezuela de 1992 era inevitable, como es la erupción de los volcanes; no se decreta una rebelión de ese tipo”.
  • El pueblo debe escuchar y aceptar pasivamente porque ese destino de gloria es para un pueblo abstracto, entidad que excede su realidad viviente, y que puede estar en el siglo XVIII, XIX o en el XXI o XXII. “Cuando los nietos de nuestros hijos estudien la historia tendrán que detenerse en estos años finales del siglo XX, en estas sesiones…”.
  • Relación con un poder absoluto mediante otro absoluto sacralizado: “Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando convoca la soberanía nacional para que ejerza la soberanía absoluta”. Esta frase es de Bolívar, y la repitió dos veces en su mismo discurso, la primera vez como rememoración histórica, la segunda la hizo suya en la enunciación. Cabe la pregunta: ¿la soberanía absoluta es para la soberanía nacional convocada o para el dichoso ciudadano? Nunca se aclara, pero lo esencial es que en la repetición de la misma frase hizo el traslado de Bolívar hacia sí mismo.

Ese proyecto mayor no precisa detalles, está guardado en la Historia y avanza con gestos de inspiración. El mandato viene de muy atrás y el presente debe hacer silencio frente a la presencia avasallante de volcanes sociales, ríos históricos, mares del futuro. Se requiere la fe, la espera, porque este destino de la historia los atraviesa a todos con un flechazo especial: “Es un momento estelar el que estamos viviendo, (…) para que hagamos honor a nuestro barro, nuestro espíritu, a nuestra herencia”. Otro aspecto de la enunciación que concurría a la misma finalidad era su dramatización revolucionaria, la trasmisión en vivo del proceso, como cuando interrumpía el discurso en una estadística y avisaba a algún colaborador “que tenga en cuenta eso”, o pedía un dato, calculaba el costo mentalmente en ese momento. De esa manera mostraba que estaba entregado a la gesta, trabajando sin cesar, y no podía distraerse en explicar detalles de un proyecto histórico insondable que excedía a todos y que él portaba por designio, y su esencia inefable solo podía representarse por metáforas mayores.

La polarización era constante, a veces mediante la inversión en espejo de los propios atributos del poder, de manera que quedase claro con quién se resteaba: “Hoy tratan de enmascararse y hablar del pueblo, y de que todos somos iguales ¡Mentira! No todos somos iguales. Nosotros somos patriotas, ellos son los enemigos de la patria (…) Nosotros amamos a la patria y lo damos todo por la patria, ellos no, ellos aman el billete, la plata, el dinero, los privilegios, nosotros no (…) Bienaventurados los pobres porque de ellos será la vida, bienaventurados los que sufren porque de ellos será el reino de la justicia, el reino de la paz, del amor, que es el reino del socialismo”.

Aunque los contenidos de la comunicación tenían una pretensión dialógica y digital, la enunciación indica una comunicación básicamente analógica. Su tono imita la tertulia de patio, el padre de familia que da órdenes al país como a una aldea, y el país mismo también adquiere una semblanza rural, grupo humano y paisaje, evitando la complejidad de su estructura excepto para fortalecer el mito. La dimensión del discurso era básicamente mitopoética y recreaba constantemente la fiesta, el desfile, la epifanía. Todo acontecimiento sostenía esa dimensión nacional, como un cosmos de sentido que gira sobre el microcosmos de la personalidad paternal mesiánica.

Sujeto, lugar y palabra

La teatralización de una paternidad nacional, el cariz pedagógico, el don hereditario, el ‘hijo político’, configuran en el discurso de Chávez un poderoso anhelo de linaje. Las constantes referencias al tatarabuelo que estuvo en la revuelta federal, las citas de la infancia, la novela de su vida, suscitaban la identificación con aquel que saltó del pueblo al balcón del poder pero sigue siendo ‘nosotros’: alguien ‘iluminado’. La tertulia, en cualquier lugar, seguía manteniendo el ambiente, y la televisión no disminuía el carácter directo, inmediato, horizontal, de un coloquio que se derivaba constantemente. La historia sucedía hablada, la gesta transcurría en tiempo real. Muchísimos acontecimientos eran verbales: guerras, acechanzas, peligros, estocadas y salvataje, hazañas sin referente material. Aquel que representaba al pueblo era a su vez representado por el pueblo, en esa deriva conversada de aventuras extraordinarias, que se ramificaba como si el linaje nunca pudiera fijarse. ¿Pero quién hablaba, quién estaba en ese lugar inquieto?

En nuestra perspectiva freudiana de la clínica, procuramos siempre el detalle, el equívoco, y nos acercamos al objeto de una manera distinta a la de las teorías sociales. Por ejemplo, escuchamos largamente una frase. Sabemos que en la clínica, en las primeras frases de un largo tratamiento, ya está incluido su final, aunque lo desconocemos. Cuando termine el proceso terapéutico, entenderemos ese principio, porque como observó un clínico veterano “en la entrada está el ticket de salida”.

Veamos entonces el comienzo de la instauración jurídica del carisma de Chávez, ya constituido su nido en el significante vacío del modelo populista. Había sido elegido, nadie dudaba y nada impedía que institucionalmente ya estuviera centrada y reconocida la hegemonía. Sin embargo, su apropiación del rol reveló su sesgo personal y político a través de una frase inaugural: “Juro sobre esta Constitución moribunda”. La declaración centró abruptamente la ceremonia. Fundó su comienzo, en vez del juramento formal, de salón y protocolo, cuando los políticos del Estado y anteriores presidentes lo recibieron y lo subieron al trono.

¿Qué es un juramento? En su aguda investigación sobre la arqueología del juramento, Giorgio Agamben lo considera como una garantía ritual del nexo del hombre con las cosas, invocaciones sacralizadas tales como las maldiciones o anatemas. Las religiones monoteístas, especialmente el cristianismo, heredan del juramento la centralidad de la fe. En ese estudio observa que la estructura del juramento se sostiene en tres conceptos: la fides (afirmación), la bendición (invocación a los dioses como testigos) y la maldición (ruptura del juramento no eficaz), y, finalmente (por una inspiración que tuvo de Gershom Scholem y Walter Benjamin), Agamben añade que subyace en la palabra misma la presunción del ‘nombre’ de Dios. El juramento es por ello una institución simultáneamente jurídica y religiosa, reinscribe al hombre en su naturaleza de ser hablante y junta las palabras y las cosas. El juramento recupera el lenguaje como sacramento: “El hombre es aquel ser viviente que, para hablar, debe decir ‘yo’, o sea debe ‘tomar’ la palabra, asumirla y hacerla propia”[1]. Su emisión invoca una correspondencia primaria entre las palabras y los actos. Aunque Agamben retoma la teoría de los performativos, como es la ‘promesa’, esas palabras que actúan y persuaden, le da al juramento un estatuto especial. Lo define como ‘veridicción’, aquello que al enunciarse se agota en la pronunciación, una eficacia en relación con el mismo sujeto que pronuncia el juramento. El sujeto no preexiste al juramento, ni se liga sucesivamente a la palabra, ni coincide después, sino que coincide con el mismo acto de palabra. ¿Qué sucede entonces cuando no ocurre, cuando el sujeto no puede coincidir con su palabra?

“Juro sobre esta Constitución moribunda”. Ese fue el comienzo del mandatario y a nuestro entender su clave mayor. Axioma inaugural de la imposibilidad de coincidir con su propia palabra, y aunque sugiere el clímax de una ambivalencia obsesiva, nuestra aproximación es provisionalmente de otro orden. La ambivalencia, la oscilación, nos señala un sesgo constante de la administración de su gobierno: afirmación de la Constitución, la ley que lo legitima (y que mostraba constantemente como la biblia ciudadana) y su perpetua transgresión de la misma mediante decretos y redefiniciones. Esa posición, el pasaje inestable entre legalidad y legitimidad, fue ilustrada en ese juramento. También irradia el temple del ‘estado de excepción’ en formulación casi pura, borde que acepta y rechaza la jurisprudencia en el mismo gesto, condición que se trasladó pausadamente por años a todo el sistema económico y administrativo. Replicada con vigor fractal en la vida social, esa falta de afirmación determinó un aventurerismo impulsivo y transgresor que arrasó el intercambio económico y erosionó todas las funciones públicas (a diferencia de Hitler, que solamente aplicó la ‘excepción’ a los ‘sub-hombres’ y evitó anarquizar todo el sistema).

También la frase indica algo sobre el proceso de trasmisión en sí mismo, un conflicto para la delegación que siempre exige toda práctica administrativa. La imposibilidad de heredar fluidamente el poder (que indica ese extravagante comienzo) es complementaria con la imposibilidad de legarlo, y así quedó anímicamente atosigado con el mismo. Aquí advertimos como se anuda la carencia afectiva, el déficit identificatorio, el vacío íntimo, con el ejercicio político. Sin paternidad simbólica no hay autoridad, no hay trasmisión, no puede circular su jerarquía más que a golpes de impulso y no puede instrumentarse a largo plazo sin autoritarismo compensatorio. Ese empoderamiento, que no procura instrumentarse, porque no remite a nada ni tiene línea que haga de referencia, lo atrapa en el impulso. Como estructuralmente es imposible su consolidación anímica, queda librado al crecimiento de esa ambivalencia infinita que muestra en el juramento del comienzo. Es en busca de esos límites y lineamientos que precisa ávidamente teóricos intelectuales, padres ideológicos, mentores políticos, que le otorguen una forma y un sentido. También precisa hacer crecer sus acólitos internacionales para mitigar la vaguedad profunda, la difusión de identidad que lo acosa. Finalmente, necesita hablar sin parar para no escuchar su vacío. La imposibilidad de jurar es la imposibilidad de coincidir con su propia palabra.

La necesidad de mentores ideológicos que lo legitimasen, lo convertía en un ‘dominador cautivo’, comprometido con simposios y subvenciones a intelectuales, directores de cine, políticos y periodistas, que servían un menú de espectáculos revolucionarios. La izquierda europea especialmente, pero también la argentina y la norteamericana, ‘adoraban’ estos eventos. Ocurría algo similar a las idealizaciones románticas en el siglo XIX, cuando el norte industrializado de Europa tenía sus escenarios de ilusión en el empobrecido sur de Europa. En esa desgracia, que nunca fue romántica para si misma, en los pies descalzos de niños italianos, en mujeres pobres y apasionadas como Carmen, en las ruinas luminosas de Grecia, buscaban Goethe, Mérimée o Lord Byron, lo que habían perdido en su casa. También ahora, cuando en América Latina alguien gritaba contra el imperialismo norteamericano, alguien de un café de París tenía un orgasmo. Esos ‘mentores de los pueblos’ también fueron cómplices de la ‘simpática locura’ de Chavez y de su terrible herencia de hambre y muerte.

 Crónica de un desastre anunciado  

Aquel comienzo presidencial, un llamado a un lugar imposible de ocupar, habría podido advertirse si no hubiera estado camuflado con la ideología. Recuerdo claramente haber pensado, cuando lo escuché en el primer discurso, que seguía hablando como candidato, como si no hubiera ganado. Para otros ese efecto (su temple querellante) debía ser leído como fervor revolucionario. Lo cierto es que probablemente padecía un trastorno psicótico similar al del caso Schreber de Freud (cuando también fue nombrado y reconocido por el Tribunal Superior) o más cercanamente al candidato Diógenes Escalante, cuando estaba a punto de entrar en la presidencia de Venezuela y tuvo la crisis que lo invalidó. Es la llamada a un lugar sin registro subjetivo, aquello que no puede ocuparse porque el diseño simbólico de sus fantasmas originarios lo han vetado. En este caso, signo de los tiempos, la alteración se fundió con el rol ferviente de confrontación que nadie cuestionó, aunque era expresión de esa imposibilidad. El cuadro, con visibles expresiones paranoicas, se disfrazaba de radicalización. Lo cierto es que desde ese comienzo desató el ámbito del estado de excepción, pero doblemente, porque ya padecía la excepción, la falta de reglas, como su condición psíquica básica. La falta de una arquitectura normativa había sido contenida por una poderosa regulación externa, y a pesar de las fantasías conspirativas la había suplido antes la jerarquía militar. Su contención psíquica fue siempre el ejército.

Volviendo a la escena inaugural, ¿qué es un juramento? Es la afirmación mística del poder conferido a una palabra, tal como la bendición o la maldición, y tiene un valor relevante, especial, que compromete todo el universo significativo de un sujeto. Implica su lugar simbólico, el pacto con otros en el plano del símbolo que el juramento exalta. Si alguien jura “sobre esta Constitución moribunda” no implica una simple paradoja a lo Bertrand Russell, un doble mensaje; nos indica su imposibilidad íntima de jurar, impotencia de compromiso, porque simbólicamente no tiene desde donde jurar (una mayor salud mental permite mentir, cruzar los dedos, pero en su estructura, a diferencia de Napoleón, Chávez finalmente se creía Chávez), de manera que su estatuto quedaba en el limbo. En ese lugar sin límites gobernó 14 años, buscando y trasmitiendo identidades, siendo un rostro para los otros para poder ser algo, inundando las conciencias. Las secuelas de esa falta estructural de bordes trastornaron buena parte de la población. Aquella festejada proclamación, “Chávez los tiene locos”, era trágicamente cierta, también para los que la emitían socarronamente sin saber que eran su síntoma. Aquel cartel de una anciana luego del golpe, “Devuélvanme a mi loco”, era asimismo un pedido por la fantasía delirante perdida para una vida ya carenciada. Este es un caso en que el fenómeno de identificación social, que Freud estudió en Psicología de las masas y análisis de yo, está sujeto a circunstancias incontrolables e ilustra de manera palpable que la patología del líder no es inocua para la masa. ¿Cuál es la masa que recibió eso? Una población casi anarquizada anímicamente, dependiente del clientelismo político, como un siglo atrás del caudillo federal y dos siglos atrás de Dios y el  Rey,  a la que alguien sin estructura normativa detecta fácilmente en su orfandad fundamental. El tono pedagógico y constante de este padre que trata de encarnar accede a una sensibilidad masiva y sujeta a esa identificación. Bolívar, como padre de la patria centraba esa apelación, el bolívar como moneda la sostenía, y él la reencarnaba. Los símbolos no existen en sí mismos, solamente en relación con otros que lo demandan, porque siempre están inacabados o ausentes, tal como lo muestran los delirios y las obsesiones. La clave de su sortilegio no era su carisma en abstracto, ni su festejada habilidad como líder, era el defecto psíquico conveniente y su relación con la población afectada, la fisura identificatoria que indicaba como un imán el lugar de los otros que hipnotizaba.

[1] La situación que destacamos es tanto más importante por el carácter de sacralización que en su discurso Chávez imponía al populismo (la voz del pueblo es la voz de Dios), además de la importancia del juramento en su discurso, la referencia a Bolívar en el Monte Sacro y a él mismo y sus colegas en el Samán de Güere. “Los romanos consideraban la esfera de lo sagrado como parte del derecho (…) recíproca pertenencia jurídica, no solo religiosa, de la ley y la maldición”, sostiene Giorgio Agamben.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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