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Crisis venezolana ¿LA SOLUCIÓN FINAL?, por Alicia Freilich

Mi patria tiene hambre
Cuando su chorro de sifón te riega dinero y limosnas se nutre de tu tiempo controlado y, a la larga, de tu vida.

—Profa, qué bueno reencontrarla, ha pasado mucho tiempo, es un honor que me haya citado.

—Niño, al contrario, te llamo ahora como alumna, luego de ver a un tipo por TV tan diferente a quien por los años sesenta en el liceo Fermín Toro no me daba tregua en clase con su inquieta falta de atención…

—Solo  después, buscando trabajo al graduarme, comprendí que leer, escribir y hablar claro es requisito para ejercer cualquier oficio y se consigue leyendo prensa diaria, consultando libros sobre temas que nos interesen, oyendo la radio bien conversada, letras de canciones y lo que dice la gente…

—Bueno, al grano. Tú, ahora consagrado economista que sabes expresarte, por favor explícame por qué diablos el régimen castrochavista sin techo, piso ni paredes, dicta leyes que agravan hasta el apocalipsis la crisis venezolana, como si nada.

—Este paso forma parte de todo un esquema bajo cálculo, premeditado, de plan sin pausa ni prisa para atrapar a cada persona, institución, grupo de cualquier índole, sea cultural, educativa, de distintos rangos sociales; cambian las reglas electorales, policiales, partidistas, los programas en escuelas, liceos, universidades, centros militares, los envuelven en una estructura encadenada como tejido de araña pero forjada con hierro de balas, rejas, garrotes…

—Ajá criatura, estás usando sentido metafórico y de jovencito te reías en mi cara cuando pretendía explicarlo al analizar o comentar, por ejemplo, un cuento…

—Busco la manera de aclararlo a su modo, pero esto no es cuento, es historia.

—Y drama de terror. Lo que me pintas luce como el trabajo paciente, largo y tendido de un pulpo, cerebro experto en conducta agresiva disimulada que poco a poco te distrae para que lo tientes y mientras le discutes, se sirve de sus ocho garras, ganchos que a veces se contraen, te acercas, argumentas en un idioma que no le interesa y sigue en lo suyo, te succiona, adhiere y manipula, vas obedeciendo, caes en su red, una táctica que conduce a la estrategia de lograr obediencia total, ¿no?

—Sí, cuando su chorro de sifón te riega dinero y limosnas se nutre de tu tiempo controlado y, a la larga, de tu vida. Si reclamas que ya no hay regalos, ni siquiera alimentos, ni derecho de producirlos o pedirlos, responde que esperes, que él decide cuánto, dónde, cómo y cuándo te lo dará si le da la gana, porque si vives o no es asunto tuyo…

—¿Y la economía, mijito?

—Es la pata escondida, primero avisan que te revisan, lo mismo a personas, empresas, comercios, aulas, fábricas y bancos, disponen sueldos y  precios, regulan lo que debes ganar, comprar, vender…

—Y finalmente imaginar, soñar, pensar, decidir…

—Ahorita parece que el pulpo rojo casi no respira, su quietud voluntaria oxidó sus tentáculos, su circulación se dañó por confiada inercia y sus garfios no absorben ni agarran la carnada que lo sustentó y siguió para recibir tesoros o sobras. Hoy escapa despavorida por su crueldad y mal olor producto de la putrefacción; entonces, el bien  entrenado molusco recurre a su fuerza oculta, extiende a patadas un larguísimo noveno látigo expulsando a los molestos que aún quedan y le recuerdan su criminal parálisis; permanece un rato aislado con alimañas que lo cercan para protegerse a sí mismas y se hunden por su propio excesivo peso, pasto para alimentar una fauna que sobrevive de restos y desechos, como las aves carroñeras… pero así, moribundos, reviven  sin cesar.

—Es una especie depredadora y de camuflaje, modelo para exhibición en zoológicos. ¿Recuerdas aquella lectura obligatoria y discusiones sobre la Rebelión en la granja de George Orwell?

—Nunca los olvido; pero esto, mi profa, es la selva bestial que tiene clones reproductores a izquierda y derecha aquí, allá y más allá.

—¿Cómo detenerla? ¿Fumigando  a plazos?

—Eso no sirvió. Solo funciona la unidad Moral y Cívica de la que nos burlamos durante la república civil constitucional, para hoy sin dudas manejar en conjunto, regionalmente, las armas ofensivas y definitivas que extirpan a todo resistente bicho salvaje.

—¿Acaso la Ley del Talión?

—Pecado sin culpa cuando existir en legalidad civilizada es el primer mandato.

alifrei@hotmail.com

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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