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Covid-19 GUETO GLOBAL, por Alicia  Freilich

A lo mejor, en este receso de tantas digitales dictaduras, conviene releer ‘El Golem’ en sus fuentes literarias originales con el poema de Jorge Luis Borges.

Hasta la virosis pandémica que hoy invade al planeta, gueto significaba la situación marginal de aislamiento físico para una segregación social persecutoria y represora padecida por minorías religiosas, étnicas, socioclasistas, políticas y/o minusválidas.

En el primer caso fue oficializada durante más de cinco siglos por la católica Inquisición pero durante dos mil años la judeidad sobrevivió con mucha historia y ninguna geografía fija en zonas determinadas, tradición aleccionadora sobre el modo de producir en desarraigo, de allí que si algún pueblo supo de guetos, fue el ‘elegido’ para esa nefasta condición hasta que hace 70 años, con mayoría  sobreviviente del nazismo se refundó Israel sobre la misma ‘tierra prometida’,vergel rodeado por virus de los  desiertos.

Las epidemias de todos los tiempos que registran historiadores y científicos iban muy asociadas a guerras no sólo por efecto directo de las armas, a veces más por hambrunas y enfermedades —antes, durante y luego de los combates— cuando se desconocía lo esencial de una alimentación correcta y de la  higiene básica. Las bíblicas Diez Plagas atribuidas a ruegos místicos del judaísmo para liberarse de la esclavitud en Egipto dan cuenta de esa eterna costumbre que —sin excepción— practican todas las creencias al repartir castigos a masas de infieles y adversarios. Entre muchas narradas por la literatura clásica, la Negra o Bubónica que devastó a gran parte de la población europea a fines del siglo XIV y Giovanni Boccaccio detalló en cien cuentos de El Decamerón, testimonio de  una crisis total que marcó el tránsito de la Edad Media al Renacimiento.

Poesía, teatro y narraciones perfilan los estragos epidémicos de las contiendas imperiales griega, romana y muchas otras. Algunos perseguidos cronistas de Las Indias relatan la desaparición de generaciones indígenas por enfermedades europeas de contagio con los conquistadores y piratas, listas largas que vale repasar en esta hora menguada porque las pestes acumuladas en milenios eran guéticas, podían abarcar vidas y tierras pero limitadas al mapamundi conocido hasta convertirse en trágicas leyendas.

La Era Ciber, con su tecnología progresiva sustentada en raros materiales mineros, destruye alegre y sistemáticamente flora y fauna de continentes en sus áreas urbanas y rurales, modernas y antiguas, sin discriminar ideas, idiomas, identidades, ideologías, conectando al unísono, virtual y viralmente, para la información inmediata. Pareciera que así elimina los guetos, pero no: los aumenta con guerras tribales, crímenes colectivos en nombre de dioses celestiales y terrenales de signo ideológico.

En medio de semejante caos robotizado a la perfección, mientras la humanidad deshumanizada se pone coronas competitivas con marcas comerciales cada día más sofisticadas, los microbios milenarios congelados despiertan sucesivamente de su letargo, recorren libres  lo que resta del autodestruido globo terráqueo y muestran sin piedad que nada es de alguien y, también por eso, todo es de todos. Y ese todo puede prevalecer si con cierta humildad consciente nos destronamos y se aprende a progresar bajo ciertos límites. Charles Chaplin en Tiempos modernos, lo advirtió para la Era Industrial y vista hoy trasciende su crítica marxista contra el capitalismo excesivo que propició la Segunda Guerra Mundial, bien satirizada en otro de sus filmes, El  gran dictador, ahora son lecciones contra las autocoronas.

Quizá este pandemonio viral tan minuciosamente  difundido sirva para que algunos pioneros humanos, todavía humanistas, no contaminados de robotmanía, se ocupen de re-sembrar flores y frutos, piensa uno en su miedo, ignorancia o ridícula ingenuidad. A lo mejor, en este receso de tantas digitales dictaduras, conviene releer El Golem en sus fuentes literarias originales con el poema de Jorge Luis Borges. Ambos describen al rabino de Praga que necesitado de ayuda construyó un muñeco de aserrín y le sopló su aliento pero la suya era una vida tan sabia que el sirviente se apropió de su conocimiento y así concebido destruyó a su propio  inventor. Traducido al hoy, dice que la tecnología sin control se vuelve impotente ante la naturaleza de un virus que produce el cierre de cada nación. Y la Tierra se globaliza en un encierro sin medidas de espacio ni de tiempo.

Sirva de espejo esta leyenda para hacer taima y seguir con cuidado, sin coronas.

alifrei@hotmail.com

 

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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