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Covid-19 AMÉRICA ENFERMA, por Antonio Llerandi

Un gobierno más preocupado en la reelección que en otra cosa, anda dando traspiés buscando que en Alemania le hagan una vacuna veloz, o que lo que se utiliza para la malaria la prueben en los infestados.

Desde hace días, desde que abrimos los ojos e incluso después de cerrarlos en la noche, y gracias a los sueños, hay una sola presencia en la vida común de los habitantes de este rotante planeta: el mentado virus que corona todas nuestras ideas y lo que es peor, todas nuestras acciones o inacciones.

El virus, como el sol, nació por el Oriente y, como era lógico suponer, sobre todo por los que piensan y razonan, llegó a Occidente. Nadie se salva, y la América, que se creyó inmune en un primer momento, y que la cosa era de chinos, de virus chino, como la ha llamado alguien, se encuentra en este instante enferma, muy enferma.

A medida que la tierra giraba, y muchos no se han dado cuenta que la tierra no para nunca, el invisible asesino, viajaba, igualitico que el sol, del lejano oriente al cercano, a la vieja Europa y al antiguo nuevo continente, hoy devenido en un tremedal. La velocidad de las comunicaciones aunada a la apoteósica flota de aviones y barcos, que el turismo y los negocios han hecho desarrollar en cantidades inusitadas, esta vez sirvió no sólo para transportar los bienes sino también los males. Y el mundo se contagió.

Cuando yo era joven, hace décadas, se decía sobre la China, que ya era grande en gente, que si estornudaba, el mundo temía y que si todos los chinos brincaban al mismo tiempo, se produciría un terremoto en el resto del mundo. La China estornudó y brincó. Y el efecto, como muchos predijeron abarcó el mundo entero. Podemos obviar a Zimbabue o a Venezuela, pero es imposible hacerlo con el descomunal asiático.

Dentro del gigante empezó el zaperoco y gracias, para bien o para mal, a ser un estado despótico y militarista, apretaron las tuercas, hasta niveles que a los occidentales nos parecían violatorios de las libertades individuales y, desde luego, no nos faltaba razón. Pero puesto a ver el final del partido, y a pesar de las dificultades y la magnitud del asunto —en China todo es inmenso— ganaron. No solo le ganaron la partida al virus, sino que parece ser que también la ganaron en lo que más asusta al resto del mundo, en la supremacía económica, según afirman algunas voces agoreras.

En reflexiones anteriores hablaba de la complicación de los casos, sobre todo en los países carentes de verdaderos líderes políticos, apabullados por populistas, antipolíticos, que creían que se las sabían todas. El balance es bastante negativo. Italia y España están defraudando, contrariamente a lo sucedido en Asia, donde también las democracias, Corea del Sur, Singapur, India, Taiwan, y otros, han detenido razonablemente el avance del mal.

Pero vamos al país que hasta ahora es la cabeza del mundo: Estados Unidos de América. Hasta aquí llegó el asunto y de qué magnitud. La carencia de un sistema de salud nacional, basado en la existencia de clínicas y hospitales privados, cuyo objetivo individualista es el lucro, y a pesar de la necesaria solidaridad, es difícil unirlo en un objetivo común e imprescindible.

Pero lo más grave es cómo se ha manejado el asunto. Al igual que en Italia y España, se empezó tardía y torpemente, aunque esos países tienen la ventaja de un sistema sólido de salud. Vuelvo y repito: la falta de un sistema nacional de salud complica las cosas. Con un simple ejemplo lo podemos entender. Las pruebas diagnósticas. ¿Quién las compra?, ¿quién las distribuye?, ¿quién las aplica?, ¿quién las paga?, ¿llegan a todas partes?

EEUU ha comenzado a reaccionar. Nueva York y California, como siempre vanguardia de tantas cosas, han ido tomando medidas razonables y necesarias de aislamiento y previsión, lamentablemente no acompañadas por otros estados. En el resto del país, al igual que en buena parte de Europa, ha faltado preparación y la reacción ha comenzado tarde. ¿Qué significa esto? La indiscutible proliferación de los casos debido a la ausencia de controles. Un ejemplo bastaría para indicar la magnitud de la ineficacia. Corea del sur, que fue uno de los primeros países en tener casos de la pandemia, comenzó un agresivo plan que les llevó a realizar 10.000 pruebas de diagnóstico por día, cuando en todo Estados Unidos, al mismo tiempo se estaban realizando esas 10,000 pruebas en un mes. Consecuencia: la proliferación del virus.

Un gobierno más preocupado en la reelección que en otra cosa, anda dando traspiés buscando que en Alemania le hagan una vacuna veloz, o que lo que se utiliza para la malaria la prueben en los infectados, o tantas otras flechas lanzadas para buscar que un milagro les resuelva el problema, cuando el asunto es científico y solo se puede resolver científicamente. Pero qué podemos esperar de alguien que niega algo tan evidentemente científico y universalmente aceptado como el daño climático.

Pero la América de a pie, o mejor dicho de carro, porque aquí nadie anda a pie, está enferma, enferma de miedo y ante el miedo y acostumbrados a los filmes de terror y los falsos argumentos de terror, ¿qué hacen? Piensan en apocalipsis, en chinos, en inmigrantes, en ataques. ¿Y cómo reaccionan? Comprando armas. Un incremento que comenzó con la aparición del virus en el 68% y que como lo indican las estadísticas de Ammo.com, empresa que las mide, y que llega en algunos sitios al 309% en la adquisición de armas y municiones. Como claramente expresó un manifestante en Virginia contra el posible control: “Las armas es un derecho constitucional otorgado por Dios”. Aterrado leo que en Miami se han agotado las armas y las municiones.

¿Qué significa esto? ¿Que vamos a matar el virus a tiros, o a los portadores de ellos, que como zombis asesinos van a pulular por las desiertas calles del imperio?

Mientras tanto, en nuestra lógica cuarentena, esperemos que el virus, como el papel toilet, desaparezca, sin que se arme una plomamentazón innecesaria, cruel y desquiciada. Tiemblo al pensar que la oscarizada Parasitos haya sido escogida como un ejemplo premonitorio de una matazón enferma y trastornada.

 

 

 

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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