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Como en Cuba ¿TENDREMOS MARIPOSAS ROJAS?, por Rubén Monasterios

Prostitución y pobreza
La isla es uno de los paraísos del turismo sexual del planeta.

Especial para Ideas de Babel. Corre una información sobre una modalidad patética de la prostitución que se ha impuesto en Venezuela como efecto de la miseria originada por el régimen narco-castro-comunista-milico-cívico: intercambio de servicios sexuales por comida. Las practicantes proceden del siguiente modo: focalizan a un potencial cliente en la cola para comprar alimentos y le hacen la oferta; lo más probable es que el hombre responda que no lleva efectivo suficiente a tal propósito; entonces la mujer propone resolver el asunto mediante la compra de algunos productos alimenticios, pagando con su tarjeta.

El comunismo siempre ha sido un caldo de cultivo de la prostitución y los regímenes de tal naturaleza la han explotado a su favor; no vale la pena insistir en comentar el caso de Cuba, de sobra conocido. La isla es uno de los paraísos del turismo sexual del planeta; existe una mafia de custodios de hoteles que hasta hace poco cobraba 40 CCU a cada jinetera por permitirle subir al cuarto de un huésped.

En mi primera estada en la Unión Soviética, allá por la década de los setenta, no salgo de mi asombro al llegar por la noche a mi hotel y ver, bajo un frío de no-sé-cuantos grados bajo cero, una incontable cantidad de mujeres formadas en fila a la puerta. Indago y alguien me explica: son rameras a la espera de clientes que las lleven a su habitación; siendo ciudadanas soviéticas tienen impedido ingresar al establecimiento, excepto si alguien las contrata; porque para hacer un trabajo la ley del Paraíso de los Trabajadores lo permite. “¡Coño!”, pienso. “¡Como si no fuera suficientemente duro tener que ganarse la vida como puta, las infelices también están condenadas a congelarse!” Me pareció inhumano y tuve ganas de protestar cívicamente ante alguna autoridad; no perdamos de vista que yo provenía de lo que entonces era una democracia y que para la época apenas estaba saliendo de la alucinación debida al indoctrinamiento ideológico. Valiéndome de mi condición de articulista de una importante diario latinoamericano y de radiodifusor, me vino la idea de escribir una carta en la que, como “amigo de la Unión Soviética” ─que en ese entonces era─ expresara mi desaprobación por la cruel imposición. “Mejor te callas”, me aconsejaron. Y me callé.

En mi segunda estada en la Unión Soviética, resquebrajada por los sacudones del glasnot y la perestroika, aprecio cambios favorecedores de las condiciones de trabajo de las mariposas nocturnas; ahora las admiten en el hotel, y por todas partes deambulan ellas, preciosas, impecablemente maquilladas, vestidas con ropa de firma italiana y francesa,  y ornamentadas con bisutería fina; nunca había visto tal cantidad de putas en tan extensa variedad étnica: caucásicas, nórdicas, asiáticas de diferentes países del Lejano Oriente, alguna que por su fogosidad, parece latina y por allá, una negra espigada… Una colega de la agencia española de noticias, con la que he trabado amistad, me ayuda a comprender la nueva situación. Esas son las chicas ‘de planta’, vale decir, asignadas a este hotel por las autoridades; ella al principio tuvo problemas para entrar a los hoteles; dado su  aspecto atractivo y elegante, la confundían con una meretriz ajena al patio rebuscándose disimuladamente; sólo las prostitutas autorizadas para ejercer en cierto hotel,  pueden estar ahí; y hacer la rabiza pateando las aceras es  muy riesgoso; además de los delincuentes, deben contar con los policías, “que son peores”, porque no detienen a las callejeras para someterlas a la ley, sino para despojarlas y violarlas. Me ha llamado la atención la diferencia del vestir de las mujeres de los hoteles y el de las vistas en la calle: modestas y ripiositas las últimas. “¿Los trapos? ¡Oh, sí! Ellas ganan bien y pueden darse esos lujos. Si tú ves a una mujer bien trajeada en la URSS es porque es puta o la esposa de un miembro de la nomenklatura; y es muy fácil diferenciarlas: las primeras son bellísimas, y las otras gordas y feas”.

Discretamente averiguo el precio del amor: ciento veinte dólares, cash. ¿Rublos? ¡Ni de propina! Solo se acepta la moneda asquerosa del Imperio. Si con una chica de buen corazón logra un varón tramar un romance, quizá ella estaría dispuesta a cobrar la mitad por irse a la cama con el  afortunado; su entrega amorosa sería gratuita, los sesenta dólares recabados irían al bolsillo del custodio que la controla: uno de los tantos sujetos de aspecto patibulario que rondan por doquier en los sitios públicos. “No son chulos, en sentido estricto; cierto que controlan a las putas, pero comisionados por el Estado. El rigor, el chulo es el Estado” −explica mi informante, conocedora del ambiente.

Y con esto  regreso al punto de partida. Me pregunto si los de la ‘mafia de custodios’ de Cuba son delincuente oficiales,  comisionados por el Estado cubano, o delincuentes privados; viene a lugar, por cuanto la URSS fue el modelo de la Cuba castrista y, entre otras cosas, copiaron de ella el sistema de control de la prostitución. Y hay motivo de preocupación para los venezolanos, porque hoy la Cuba castrista es metrópoli de Venezuela; así que no es descabellado suponer que el gobierno acaricie la posibilidad de establecer aquí un sistema análogo. Disponemos de los recursos indispensables para convertirnos en otro punto de referencia del turismo sexual −si es que acaso ya no lo somos−: un gobierno inmoral, ávido de divisas, mujeres hermosas por carretadas, jovencitas que son las ideales a tal efecto, y    hambre suficiente como para incitar a una muchacha a meterse a puta.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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