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Cine EL BICENTENARIO DE LOS HÉROES *

Los comienzos de la república vistos por nuestros cineastas.

En las últimas décadas se ha desarrollado en Venezuela un interés muy marcado por el análisis histórico, al amparo del trabajo de historiadores e investigadores de varias generaciones como Ramón J. Velásquez, Manuel Caballero, Elías Pino Iturrieta, Inés Quintero, Edgardo Mondolfi, Rafael Straka, entre otros, quienes han logrado la hazaña de convertir los textos de una élite de estudiosos en una materia de consulta general. Se afirma —de manera ligera e inexacta, a mi juicio— que la historia está de moda en Venezuela. Lo cierto es que la industria editorial publica con regularidad los ensayos históricos de un bien formado grupo de investigadores que encuentra lectores ansiosos de entender por qué somos lo que somos. Lamentablemente, el cine venezolano no ha sido tan pródigo. Son pocos los realizadores ­—Diego Rísquez, Luis Alberto Lamata, Alhida Ávila y, ahora, Román Chalbaud— quienes han posado sus miradas sobre el registro del extenso y sangriento siglo XIX, con sólo un cortometraje y no más de nueve largometrajes. Pero si abordamos específicamente el proceso de Independencia —que se fragua en los primeros años de ese siglo, estalla en 1810 y se extiende hasta 1830, con la muerte de Simón Bolívar y la disolución de la Gran Colombia, proyecto de integración de las actuales Colombia, Ecuador y Venezuela— la cifra se reduce a sólo seis filmes y tres directores. Pero tal vez la culpa no sea sólo del cine venezolano.

A través de buena parte del siglo pasado, una visión superficial y maniqueísta de nuestra historia estuvo signada por la presencia de los héroes de la Independencia, con Bolívar a la cabeza. Una visión histórica construida con los próceres, casi todos de origen militar, que marcaron la acción individual sobre los procesos sociales y políticos de la época. El culto al Libertador —tituló honorífico otorgado a Bolívar— ha sido uno de los mitos de mayor arraigo en los países a los que contribuyó a liberar del imperio español. Especialmente en Venezuela donde anteriormente hubo una suerte de cofradía intocable llamada Sociedad Bolivariana que conformó un club de sacerdotes que oficiaba alrededor de su figura. No es gratuito que en este mismo país, Venezuela, gobierna desde hace once años un militar que se abroga la condición de “bolivariano” y con los años se ha declarado también socialista, al viejo estilo cubano. De hecho, ese militar le cambió el nombre al país que ahora se llama República Bolivariana de Venezuela. En esta comprensión de patria signada por los héroes militares no es de extrañar que su cinematografía aborde a ciertos personajes con un sentido épico.

Diego Rísquez abre las puertas del cine a la historia venezolana

El cineasta y artista plástico Diego Rísquez ha construido buena parte de su filmografía a propósito de la historia venezolana y americana en general, a través de obras con mucho de experimental y, sobre todo, con una comprensión iconográfica de la historia latinoamericana. En 1976 se inició con A propósito de Simón Bolívar, una escandalosa performance que combinó la proyección en súper 8 y la actuación en vivo del propio Rísquez en la pantalla y en el escenario de la Cinemateca Nacional para representar al Libertador. La obra fue prohibida por la Gobernación de Caracas por considerarla irrespetuosa de la imagen del “Padre de la Patria”.

Tres años después presentó su primer largometraje Bolívar, Sinfonía Tropikal (1979), también filmada en súper 8, que se fundamenta visualmente en la iconografía patriótica aceptada por la academia, según las obras más representativas de los pintores venezolanos Tito Salas, Centeno Vallenilla, Juan Lovera, Martín Tovar y Tovar, Cristóbal Rojas y Arturo Michelena. Film sin diálogos y casi sin movimientos, construido con “cuadros” cinematográficos, fue ampliado a 35 mm y participó en la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes de 1980. Al festival francés regresó posteriormente con Orinoko, Nuevo Mundo (1984) y Amérika, terra incógnita (1988), con las mismas características estéticas, sobre las acciones y consecuencias de la colonización española del continente, con las que concluyó su Trilogía americana. Dos años después filmó su primera obra con diálogo y en 35 mm, Karibe kon tempo, sin vinculación con la historia.

Antonio José de Sucre, el otro héroe

Otra figura esencial de la Independencia venezolana, Antonio José de Sucre, es el motivo central de Sucre, film de televisión y ópera prima de la guionista Alhida Ávila, a propósito del bicentenario del héroe, en1995, que no llegó a tener una exhibición comercial amplia. Muy bien interpretado por Luigi Sciamanna, un joven y respetado actor de teatro que comenzaba entonces su carrera cinematográfica, el Gran Mariscal de Ayacucho, como se le conoció, surge de manera poco mítica. El personaje que perfilan Ávila y su guionista Ana Teresa Torres —reconocida escritora y psicoanalista venezolana— se mueve en un mundo más terrenal, más humano y hasta contradictorio. Sucre adquirió relieve como extraordinario jefe militar —mucho más efectivo que Bolívar— que lideró las tropas independentistas a lo largo de Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú, hasta la creación de Bolivia. El personaje posee la fuerza adecuada para un film histórico, si tomamos en cuenta que era un muchacho de 16 años cuando se enroló en la causa libertadora y se convirtió en la mano derecha del Libertador. Nacido en 1795 en Cumaná, la primera ciudad fundada por los españoles en América del Sur, y proveniente de una aristocrática familia de origen belga, Sucre devino en un estadista muy completo. Su asesinato en 1830, coincidió con la muerte de Bolívar y la disolución de la Gran Colombia. La mayor de las virtudes del film reside en la desacralización de los héroes. El Sucre que construye Sciamanna se halla desprovisto de retórica. El Bolívar que interpretó Guillermo Díaz Yuma lo muestra en su débil condición física, enjuto y con su mirada obsesiva. No son los héroes de la iconografía tradicional. Un raro film que no ha tenido el reconocimiento necesario. Ávila no ha vuelto a filmar desde entonces.

Manuela Sáenz y Francisco de Miranda, según Rísquez

Después de una década, Rísquez regresó con un proyecto muy ambicioso que se convirtió en su mayor éxito comercial. Su quinto largometraje, Manuela Sáenz, la libertadora del Libertador (2000), significó una ruptura estética en su cine y marcó su inserción en una propuesta menos experimental pero muy allegada a la historia venezolana. Con guión del poeta y escritor de televisión Leonardo Padrón, el film reconstruyó la combativa vida de la dama ecuatoriana que ocupó buena parte de las pasiones amorosas de Bolívar, desde 1822, cuando la conoció en Quito, hasta su muerte en 1830, en Santa Marta, Colombia. Manuela lo sobreviviría 26 años más. La película está contada desde la perspectiva de un joven Herman Melville que la conoce ya anciana, casi moribunda, en el puerto peruano de Paita. En un enorme flashback, esta mujer descollante le cuenta al futuro gran escritor norteamericano su historia de amor con el Libertador y las traiciones que se operaron en su propio bando. Protagonizada por la actriz cubana asentada en Venezuela Beatriz Valdez y por el desaparecido Mariano Álvarez en el rol de Bolívar, la película de Rísquez se convirtió en un fenómeno de público. Permaneció 25 semanas en cartelera.

Siempre al amparo de la Independencia, Rísquez presentó otro  proyecto aún más ambicioso, Francisco de Miranda (2006), también con guión de Padrón, para abordar la apasionante figura de aquel primer caraqueño universal que reunió ciertos elementos rocambolescos: hijo de un rico comerciante canario que a finales del siglo XVIII desafió la hegemonía de los criollos mantuanos y logró convertirse en un exitoso oficial del ejército español; visionario que derivó en precursor de la idea de una América libre de la Corona; luchador que participó en las revoluciones de Norteamérica y Francia antes de traer e izar la bandera de Venezuela; galante caballero que sedujo a las mujeres más deseadas de Madrid, Nueva York, Londres, París y Moscú; generalísimo que condujo los destinos políticos y militares de la perdida primera república venezolana; y el hombre incomprendido que fue entregado a las autoridades coloniales por el aún joven e inexperto Simón Bolívar, para morir años después —demente— en la cárcel de La Carraca, cerca de Cádiz. ¡Vaya personaje! Fascinante, legendario, romántico, sensual, libertario. ¿Qué más puede pedir una película venezolana para homenajear al precursor de nuestra independencia y exaltar los valores de la nacionalidad? Una verdadera tentación. Con todo, la película generó polémica y causó indignación entre ciertos intelectuales pero en definitiva tentó la curiosidad del público… y la taquilla.

El Miranda de Lamata… y su Taita Boves

El caso de Luis Alberto Lamata es muy significativo. Ha estado  vinculado con la industria audiovisual venezolana desde muy joven —su padre, Juan Lamata, fue un reconocido hombre de televisión— y egresó de la escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela. Esa doble condición de cineasta e historiador ha conformado su mirada creadora. Debutó en el largometraje con la aplaudida y premiada Jericó (1990), ambientada en la selva americana a comienzos del siglo XVI, cuando un fraile dominico se separa de la conquista española y se integra a la vida de los indígenas. Luego Lamata estrenó Desnudo con naranjas (1995), ambientada en las ruinas morales y humanas de la Guerra Federal que desoló a Venezuela a mediados del siglo XIX.

Un año después de que Rísquez estrenara Francisco de Miranda, la recién fundada Villa del Cine, empresa productora del Estado venezolano, le pidió a Lamata la realización de Miranda regresa, tal vez la producción más grande del cine venezolano. Película compleja y ambiciosa, muestra una visión distinta del héroe y discurre con vigor gracias al guión de Henry Herrera, urdido de manera minuciosa, y a la hábil dirección de Lamata, que controla la tentación de desmesura que promete un personaje como éste y mantiene el tono narrativo con coherencia y profesionalismo. Concebida como un largo y tortuoso viaje de retorno que cobra 30 años de luchas y sueños, recoge la dimensión humana, militar y política del precursor de la independencia de las colonias españolas en América. Muestra a un Ulises del Caribe —a finales del siglo XVIII— que extiende su navegar por múltiples puertos antes de regresar al punto de partida —Venezuela— para culminar un viejo sueño. Sin embargo, Lamata no dudó en declarar que se trataba de “una película de encargo”. Cumplió el encargo de la Villa del Cine con profesionalismo. Luego filmaría una obra más personal con un presupuesto más económico, El enemigo, el único de sus largos ambientado en la Caracas contemporánea con el muy actual tema de la aplicación de la justicia y los derechos humanos.

El siguiente proyecto de Lamata, Taita Boves, también producida por la Villa del Cine y aún sin estrenar, marca una ruptura con el cine histórico venezolano. Por primera vez, el personaje central no es un héroe sino un villano. Inspirada libremente en la muy exitosa novela Boves, el urogallo, del psiquiatra Francisco Herrera Luque, narra la tenebrosa historia del español José Tomás Boves, un comerciante asturiano que en la antigua Capitanía General de Venezuela se integró inicialmente a las fuerzas independentistas de los acaudalados criollos para luego convertirse en su más sangriento enemigo. Fue el primer caudillo de los pobres que se rebeló contra los amos del poder local. Taita es la expresión popular venezolana para designar al padre. Taitas han sido los caudillos en la historia venezolana —el héroe de los llanos José Antonio Páez, el asesino Boves, el dictador del siglo XX Juan Vicente Gómez— y son aceptados como autoridades sin discusión. En los años setenta, la televisión venezolana adaptó la novela con un recordado éxito de público. Varios cineastas estuvieron tras los derechos infructuosamente. Hasta que Lamata lo asumió como un film personal, no de encargo.

Con un planteamiento de lucha de clases muy nítido, tanto la novela como el film expresan la enajenación de un hombre que lidera un movimiento de justicia social —contra la Corona, primero, contra los criollos ricos, después, y contra toda forma de dominación, al final— que se convierte en una épica sangrienta y absurda. Un anarquismo fuera de cualquier sincronía teórica. Este hombre común y corriente deviene en taita y representa la locura del poder, de la sangre, del miedo. Boves es presa de su proceso político y de sí mismo. La película dará mucho que hablar.

Otra historia, otros procesos

Aunque no está vinculada directamente con la Independencia venezolana, Zamora: tierra y hombres libres (2009) de Román Chalbaud observa la conducta de Ezequiel Zamora, otro caudillo surgido después de la consolidación de la nueva república venezolana y protagonista de la inminente Guerra Federal. Film de claro corte épico, que intenta relacionar ese personaje y ese período de la historia con el proceso político actual en Venezuela, lo cual no es tarea fácil. Zamora fue otro taita aunque mucho más democrático y justo que sus antecesores.

El cine venezolano, en el campo del tema histórico, debería seguir el ejemplo de sus historiadores, para desenmascarar las trampas del academicismo tradicional y reaccionario. Debería sumergirse en las aguas de los procesos más que de los héroes. Algo difícil de aceptar en la medida en que los procesos históricos son menos atractivos que los personajes heroicos. No sé si las películas de Rísquez, Ávila y Lamata han contribuido a una mejor comprensión de lo que somos los venezolanos, pero estoy seguro que han abierto un camino para conocernos mejor.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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