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Margot Benacerraf 50 AÑOS DEL TRIUNFO DE ARAYA EN CANNES, por Alfonso Molina

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No es un documental sino un poema cinematográfico

El impacto testimonial de La terra trema de Luchino Visconti aún golpeaba —tras los años consagratorios del neorrealismo italiano— las mentes de los espectadores en Cannes cuando aquel 13 de mayo de 1959 comenzaron a correr las primeras imágenes de un film latinoamericano. Era la penúltima jornada del festival cinematográfico más célebre y respetado del mundo. Esas primeras imágenes —descubiertas por los grises, los blancos y los negros de la emulsión fotográfica— fueron iluminando una realidad distante y terrible, hermosamente grave, mágicamente extraña. La arena, la sal, el mar y el sol estaban presentes en aquellas imágenes, pero sobre todos ellos sobrevivía la presencia de los hombres y las mujeres, entre soledades y fatigas, en una experiencia vital y cotidiana. Un jurado compuesto por 16 miembros —entre ellos el legendario George Sadoul— aumentó su insospechada capacidad de decisión. Hasta entonces, el Gran Premio de la Crítica (Fipressci) oscilaba entre dos filmes que marcarían época en la historia del cine: Hiroshima, mon amour, de Alain Resnais, y Los 400 golpes, de François Truffaut. Se hablaba de una tercera película en disputa: Nazarín, de Luis Buñuel. Ese 13 de mayo de 1959, durante la 12ª edición del Festival de Cannes, la decisión se tornó directa, obvia e indiscutible. La hermosa obra de Resnais tendría que compartir las palmas con Araya, breve pero expresivo título de un largometrajes venezolano realizado por Margot Benacerraf. El maestro le hizo un puesto a una novel cineasta latinoamericana que también ganaría el Premio de la Comisión Técnica del Cine Francés. Luego la sorpresa abrió paso a la admiración. Después comenzaría la leyenda que puede constatarse en el 23 Festival de Cine Francés 2009, que celebra 50 años de aquel premio en el festival galo más importante. Sobre todo ahora, cuando el Fondo del Cine Mundial, dirigido por Martin Scorsese, ha rematrizado la versión original —con la voz en español de José Ignacio Cabrujas— y prepara su lanzamiento en Nueva York a mediados de octubre de este año. Otra razón para celebrar.

El film de Benacerraf es muchas cosas al mismo tiempo, pero por sobre todo es una obra trágicamente hermosa. No es un documental —como se le quiso etiquetar erróneamente— sino un poema en cine. Es también una proeza cinematográfica en torno a una epopeya de la realidad. En Araya se entrecruzan lo real y lo fílmico. Por una parte, la cotidiana vida de labor y fatiga de los habitantes y trabajadores de la salina, mil veces repetida a lo largo de los siglos y mil veces consumida por la voracidad de la sal, el mar y el sol. Por la otra, una realizadora extraordinaria en compañía de Giuseppe Nisoli, excelente camarógrafo italiano que midió la luz implacable y vertical de esa península y encuadró con rigurosidad y belleza el espacio vital de sus habitantes. Cuando se admira Araya acude una pregunta insistente: ¿cómo pudo un reducido equipo de filmación, con recursos técnicos limitados, realizar un film de esta calidad esencial y formal? Porque en el film se conjugan perfectamente, en una única unidad creativa, el profundo sentido de captación de lo oculto en medio de lo evidente y la rigurosa capacidad de traducirlo a través del encuadre, el ritmo, la sonoridad y la angulación precisos.

Por eso Araya es un poema cinematográfico y no una transcripción documental. Es un trabajo de elaboración, de construcción previa, pensado,m medido, creado desde una óptica personal, documentada —eso sí— y determinantemente poética. Araya se aleja en su desarrollo de El hombre de Arán y se acerca a La terra trema, esa recreación fundamental y auténtica de la vida italiana de posguerra hecha por un cineasta no propiamente documentalista como Visconti. En el caso del film venezolano, se trataba de la visión personal mas no caprichosa de la realidad objetiva de un trozo de este globo que habitamos. Son 24 horas distribuidas en tres bloques narrativos en torno a las vivencias de los pescadores y trabajadores salineros de la peníncula, pero la aguda percepción de Benacerraf y Nisoli va más allá. Se convierte en síntesis expresiva como homenaje visual y sonoro a hombre y mujeres que habitaron, sobrevivieron, amaron y trabajaron en aquella larga lengua de tierra ocre al noreste de Venezuela, en 1959, a cientos de kilómetros hacia la derecha del mapa nacional. Allí se rodaron miles de metros de película en blanco y negro, con una cámara Arriflex B2, modesta y eficiente, y se recogieron las sonoridades naturañes del paisaje y los lugareños. Cada trozo de la puesta en escena había sido diseñado previamente y fue empalmado mentalmente mientras la cámara «corría», sin dejar detalle alguno al azar. Luego vino el texto de Pierre Seghers y de la propia Benacerraf. Más tarde acudió la partitura grave y hermosa de Guy Bernard combinada con la musicalidad folclórica del sitio. El actor Laurent Terzief prestó su voz francesa a la narración de la versión original que triunfaría en Cannes, Moscú, Locarno y Venecia.

Muchas cosas han pasado desde entonces. La nouvelle vague francesa entró a formar parte de la historia del cine y el free cinema inglés también. TruffauT se convirtió en el niño mimado de la crítica. Más acá del Atlántico, los brasileños comenzaron a desarrollar una proposición rica y prometedora basada en su propia realidad que se llamó el cinema novo. y el cine testimonial latinoamericano se expandió a lo largo del continente. En esa época apenas comenzaban a descollar cineastas como Federico Fellini y Michelangelo Antonioni, Jean-Luc Godard y Claude Chabrol y no existían, por supuesto, los nombres de Martin Scorsese, Steven Spielberg o George Lucas. Medio siglo atrás el panorama mundial del cine era distinto.

En el campo de los clásicos, obras como La terra trema, del maestro del neorrealismo y El hombre de Arán, de Robert Flaherty, agigantaron su magnitud con el paso del tiempo. Hoy, tras 50 años, Araya se inscribe en la línea de las películas de Visconti y Flaherty, de Ivens y Grierson. Araya es sólo cronológicamente un film de 1959, pues su dimensión va más allá de consderaciones temporales, de fechas, de festivales. En una de ésas, antes de los aplausos en Cannes, precediendo la confusión de premios y palmas, Jean Renoir atinó a pedir «no le corten una sola imagen», refiriéndose a la película de Benacerraf. Marcel Martin, crítico francés y autor de La estética cinematográfica, le dedicó sus mejores elogios en Cinema 67 y el viejo Sadoul le exigió, tácitamente, a la realizadora venezolana «un segundo largometraje (…) que haga también época en el arte fílmico y en su historia». Son 50 años que han pasado y aún hay cosas por descubrir en una película extraordinaria. Si no la ha visto, no se la pierda.

ARAYA, Venezuela y Francia, 1959. Dirección, guión, montaje y producción: Margot Benacerraf. Fotografía: Giuseppe Nisoli. Música: Guy Bernard. Voz de Laurent Terzief en la versión fran cesa y de José Ignacio Cabrujas en la venezolana. Intérpretes: los trabajadores de la península de Araya.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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