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Casi de película RECUERDO DE EL CAIRO, por Oscar Hernández Bernalette

Anwar el Sadat
Era principios de los años ochenta, gobernaba Anwar el Sadat en Egipto y Luis Herrera Campis en Venezuela.

Conté, en alguna de mis entregas, la emoción que me había producido la película Argo, premiada con el Oscar como la mejor película de 2013 por la Academia cinematográfica, toda vez trajo a mi memoria un caso parecido del ejercicio diplomático en la que me tocó participar.

Fue una tarea muy delicada y pertinente en la que junto al embajador Jorge Daher, quien seguramente recordará el episodio, y que sin querer competir con la excelente narración que nos presentó el director y actor Ben Affleck, aprovecho para contar dentro del marco de  los ‘cuentos’ de la actuación en la diplomacia que me he propuesto narrar.

Me correspondía recibir como encargado de la sección consular de nuestra embajada una pareja de venezolanos que visitaban El Cairo y que por instrucciones de la Cancillería debíamos darle un especial apoyo. Era principios de los años ochenta, gobernaba Anwar el Sadat en Egipto y Luis Herrera Campis en Venezuela. Se trataba de la búsqueda de una hermana desaparecida desde que viajó desde Caracas a El Cairo luego de esposarse con quien había sido un funcionario diplomático egipcio en Caracas. La familia estaba muy preocupada pues entendía —por alguna misiva que les había llegado— que las condiciones de vida no eran las mejores para la joven venezolana y nada parecidas a las que se le ofrecieron en vísperas del  matrimonio y del viaje. Después de una búsqueda intensa que los llevó hasta Marsa Matruh en la frontera con Libia, lugar con una de las playas más espectaculares del norte de África, lograron encontrar a la hermana, luego de una labor agotadora que tomó varios días, en pésimas condiciones de vida pero aferrada a su marido, a quien —en castigo por casarse sin autorización con una cristiana— lo habían trasladado a esa compleja región.

Fue una tragedia para la joven enterarse que su esposo no era diplomático, sino militar. Que su función en Caracas estaba vinculada con servicios de inteligencia y que su designación en la frontera era una reprimenda que incluso le había costado una degradación de su categoría militar. Los hermanos lograron convencerla de que se trasladara con ellos de regreso a El Cairo y que pidiera apoyo a la Embajada. Ya nuestra Cancillería estaba debidamente informada y las instrucciones que había recibido el Embajador era la de dar todo el apoyo que necesitaran para ayudar a resolver la difícil situación de esta compatriota y su familia.

Como fue solicitado se cumplieron las instrucciones. Días después me corresponde recibir al ex teniente, quien de manera oculta logra dejar su guarnición mientras supuestamente estaba en una faena por el desierto. Se apersona en nuestra Embajada para pedir que lo ayudáramos a regresar a Venezuela con su esposa. Estaba el militar dispuesto a desertar y asumir las consecuencia en un país que se encontraba aún en estado de guerra y de que cualquier deserción podría acarrearla la máxima pena en ese país que incluye la pena capital.

Iniciamos un esquema que tenia por objetivo darle todas las facilidades para ayudarlo a salir del país. Algunas de ellas tan engorrosas como las que se describen en la película que citamos al inicio de esta nota. Los tiempos se evaluaban de acuerdo con posibilidades objetivas para trasladarlo. Teníamos dos inconvenientes: al oficial ya lo habían declarado desertor —y su esposa se negaba salir del país antes— y que en la embajada contábamos con personal local que podían denunciar la maniobra, lo que nos obligaba a  la discreción, mantenerlo fuera de la sede y separado de su pareja y hermanos por un tiempo prudencial.

No fueron pocos los días de angustias y el malabarismo que me correspondió bajo la supervisión de mi jefe de misión y autorización de Caracas que asumía el caso como de apoyo humanitario. Reto nada fácil que podía poner en riesgo una relación diplomática. Los detalles de la salida me los reservo para una ampliación futura de esta historia. Logramos su partida y su posterior reunificación con su pareja.

Los días de intensa artimaña generó un gran acercamiento entre todos. Casualmente éramos jóvenes y aún en nuestros veintes. Cumplido el cometido y por la discreción obligada en la vida del diplomático una hazaña importante quedó resguardada en los fríos archivos secretos de nuestra Cancillería. A los personajes nunca más los volví a ver. Fue una verdadera historia de amor la de esta pareja. Para mi fue una auténtica satisfacción poder ayudarlos. Se suma a muchas otras del quehacer de la profesión y de otras historias apasionantes de nuestro servicio diplomático que poco se conocen y que seguramente encontraran en acuciosos historiadores un despertar a su debido tiempo.

@bernalette1

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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