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Carlos Rangel ESCRITOR VISIONARIO Y UNIVERSAL, por Enrique Viloria Vera

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En relación con Venezuela, paradójica y tristemente, Rangel pareciera estarse refiriendo a la actual, confusa y convulsa realidad nacional producto de la llamada Revolución Bolivariana. Foto de Tito Caula.

A Sofía Imber

Carlos Rangel, en su celebrado libro El Tercermundismo, aborda y analiza realidades ideológicas que dábamos por superadas y que, empero, en este siglo XXI, han tomado un nuevo aliento. El ensayista considera que este modelo «o más generalmente el “ánimo socialista” no es de ninguna manera una “etapa superior”, o “un progreso”, con relación a lo que es hoy es conocido como capitalismo, sino una reacción, un reflejo pasadista, un rechazo visceral a las consecuencias sociales, culturales, económicas y políticas de la economía de mercado».

De igual manera, el autor se pregunta ¿Qué es el Tercer Mundo? Luego de sesudos y enjundiosos análisis concluye:

«La verdad del caso es que los pueblos englobados en la tipificación tercermundista muestran más divergencias que semejanzas. Tienen una extraordinaria diversidad en historia, cultura, demografía, geografía, y una gran variación en facultades, actitudes, costumbres, niveles de vida, grados de atraso o modernización. Se incluye en el Tercer Mundo áreas de estancamiento relativo, al lado de otras de violento cambio y hasta de rápido avance económico y de acelerada modernización; naciones homogéneas y Estados compuestos por un mosaico de naciones que ni siquiera hablan la misma lengua; sociedades secularizadas junto con otras de virulento fanatismo religioso; regiones de agobiante densidad demográfica y vastas áreas casi despobladas; sociedades rígidamente estratificadas como si fueran comparables a otras de gran movilidad social; a los habitantes de ciudades modernas como si no se diferenciaran sino superficialmente con aborígenes que viven en la edad de piedra».

 Rangel —en lo relativo a lo que denomina con toda propiedad la Revolución Capitalista—  subraya:

«El capitalismo no sólo ha causado una prodigiosa revolución económica, sino, además, otra igualmente importante en la sensibilidad. De esta segunda revolución uno de los productos más significativos ha sido el Socialismo. Esto lo sabía perfectamente Marx y lo dice abundantemente, a pesar de su prejuicio emotivo contra la civilización capitalista. Lo que no pudo ver Marx, cegado por ese prejuicio, y lo que persisten en no admitir los socialistas actuales, a pesar de que existir ahora sobradas pruebas de ello, es que los ideales libertarios y humanitarios del socialismo no sólo son creaciones de la civilización capitalista, sino además proyecciones utópicas de virtudes y prácticas sin duda imperfectas, pero ligadas indisolublemente a la organización capitalista de la sociedad, e incompatibles con el socialismo».

En su libro más elogiado Del buen salvaje al buen revolucionario, publicado originalmente en francés por una reputada editorial parisina, el autor sostiene, con aguda y actualísima percepción, que en el caso de los latinoamericanos hay una necesidad permanente de integrar socialmente y psicológicamente al indígena amerindio. En este sentido, Rangel expresa que en América Latina:

«Esa necesidad ha sido el hecho central y ha sido el cáncer de Latinoamérica, donde el conquistador creó una sociedad de la cual los indios, reducidos a la servidumbre, formaban parte orgánica e indispensable, los hombres por su trabajo, las mujeres por su sexo. En consecuencia, los latinoamericanos somos a la vez descendientes de los conquistadores y del pueblo conquistado, de los amos y de los esclavos, de los raptores y de las mujeres violadas. El mito del Buen Salvaje nos concierne personalmente, es a la vez nuestro orgullo y nuestra vergüenza. En la extremidad de esta frustración y de nuestra irracionalidad llegaremos a no admitir otra filiación, y aun hijos o nietos de inmigrantes europeos muy recientes, seremos tupamaros (de Túpac Amaru, líder en el siglo XVIII de una sublevación indígena en el Virreinato del Perú). De este modo, el buen salvaje se convierte en el buen revolucionario, aventurero romántico, Robin Hood rojo, Don Quijote del comunismo, nuevo Garibaldi, Saint–Just marxista, Cid Campeador de los condenados de la tierra, Sir Galahad de los miserables, Cristo laico, San Ernesto de la Higuera, Che». O Hugo Chávez añadiríamos nosotros.

En relación con Venezuela, paradójica y tristemente, Rangel pareciera estarse refiriendo a la actual, confusa y convulsa realidad nacional producto de la llamada Revolución Bolivariana. Sin embargo, a pesar de las duras y difíciles realidades que ha experimentado y experimenta Venezuela, el ensayista transmitió siempre un mensaje de optimismo para enfrentar a las Casandras nacionales, a los profetas del desastre, a “los neos – pesimistas” que cada vez abundan más.

El escritor universal que continúa siendo, aseveró que:

«Reiteradamente he sostenido, desde diversas tribunas, que el mal radical reside en que entre nosotros, la sociedad civil, que nunca fue fuerte, se ha debilitado aún más, relativamente, mientras que el Estado se ha vuelto monstruoso, dueño de casi todo y además omniintervencionista: un gigante de cerebro minúsculo, sin memoria, sin percepción clara del presente, sin visión de futuro y que, sin embargo, persiste en postularse como único capaz de normar, hasta en sus mínimos detalles, la vida de una sociedad a la cual se supone compuesta por eternos menores de edad en eterna necesidad de tutela».

¡Buena lectura para estos tiempos bolivarianos de buenos salvajes y mejores revolucionarios!

 

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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