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Bitácora Internacional ¿UNA PRIMAVERA SURAMERICANA?, por Alfredo Michelena

Quizás no estemos realmente frente a una primavera del sur, sino frente a una tormenta que nos llevará a retroceder en el proceso de democratización que se dio a finales del siglo pasado.

A los diez años del inicio de lo que se llamó ‘la primavera árabe’, que sacudió desde la costa sureste del Mediterráneo hasta la Península Árabe, desde Tunes hasta Siria, en Suramérica ha comenzado una ola de manifestaciones populares, protestas, violencia, bochinche e incluso elecciones que están poniendo en juego o cambiando el panorama político regional.

Como en la árabe, esta se ha dado en diferentes intensidades y ha tenido diferentes resultados. No ha sido como la llamada ‘marea rosada’, que surgió a principios del siglo y tiñó la región con gobiernos de la izquierda populista. La actual, no solo tiene diferentes tonalidades, aunque el rojo del castrochavismo aparece por todas partes, sino que tiene colores contrastantes. Pareciera más bien una tormenta con poderosos vientos encontrados, orientados a destronar al establishment, sea del signo que sea. En muchos casos es una ‘rebelión de las masas’ (¿Ortega y Gasset?), que en cierta manera se sienten marginadas.

En el sur del continente, cuando la primavera estaba en flor, comenzaron a surgir movimientos contestatarios, precedidos muy tímidamente por las primeras manifestaciones. Originalmente estaban vinculadas con la xenofobia hacia la migración venezolana, que como una bola de nieve se expandieron con el empuje de la guerra mediática que ha venido desarrollando el castrochavismo para hurgar en las diferencias y transformar las desavenencias en cismas. Estos parecen haber sido los primeros ensayos. Por suerte, Ecuador y Perú lograron apaciguar estos asuntos; aunque el Perú actualmente sufre su “mayor crisis política del siglo XXI”, según el The Washington Post, al enfrentarse el ejecutivo contra el legislativo.

En la costa atlántica sureña se producen tres hechos muy relevantes, pero sin movilización violenta de masas: la excarcelación del reo convicto, pero todavía en proceso de apelación, Lula da Silva; la vuelta del peronismo con Alberto Fernández y Cristina Kirchner; y la derrota del Frente Amplio en Uruguay, en la primera vuelta. Los dos primeros son parte de la resaca que se orienta a una vuelta al pasado. En Brasil presagia el regreso del Partido de los Trabajadores al poder basado en el liderazgo de Lula y la atomización del bloque en el poder. Más al sur observamos un retroceso en la historia política de una Argentina que no logra superar el peronismo. Sin embargo, en Uruguay los que retroceden son los aliados del castrochavismo, aunque habrá que esperar para confirmar el triunfo del candidato opositor.

Pero donde la violencia ha escalado notablemente ha sido en los casos de Bolivia, Chile y Colombia. Estos no son los países más pobres, ni los de menos empuje en su desarrollo. Todo lo contrario, han sido —con sus diferencias— países que han crecido económicamente y han movilizado a millones de ciudadanos fuera de la pobreza. Pero como hemos venido diciendo, no es la realidad sino la percepción de la realidad lo que crea estos problemas. Y como dice David Konzevik, estamos en presencia de “la revolución de las expectativas”. Y en esto el manejo de la información y de la contrainformación es clave. En eso trabaja el castrochavismo. La diferencia es que en el caso boliviano, esas ‘masas’ lograron sacar a Evo Morales del poder; y en Chile han llevado a Sebastián Piñera a aceptar un cambio de la Constitución, luego de una violencia desenfrenada e incontrolada como no se había visto en el continente, al menos en este siglo.

En Colombia, las movilizaciones —que también se tornaron como en Chile vandálicas y destructivas— lejos de ser una acción sin cabezas visibles como en el país austral, se revela que al frente de ella están varias organizaciones que van desde lo sindical, pasando por los partidos políticos de oposición y terminando con las estudiantiles. Y por supuesto detrás de todo: el castrochavismo, que en Colombia supone la presencia activa de la nueva o de las viejas FARC, el ELN y toda la estructura organizativa que ha tendido por años esa izquierda marxista —tratando de desestabilizar al gobierno de Duque y ganar indulgencias para el acceso de la izquierda al poder, que es en el fondo la estrategia del Foro de São Pablo; aunque como aclaró Daniel Ortega, ellos utilizarán la fuerza para evitar salir del poder.

Decir que detrás de todo esto está el castrochavismo y el Foro, ya no es una elucubración por deducción lógica al aplicar el famoso “a quién beneficia”. Es que se han encontrado funcionarios y nacionales de Cuba y Venezuela involucrados en las manifestaciones violentas del sur. Pero argumentar que toda la explicación está allí es querer tapar el sol con un dedo. Desde Bolivia hasta Chile, así como desde Colombia a Argentina, los dirigentes políticos deben entender que estos cambios provienen de diferencias —desigualdades— que llegan a ser percibidas como graves e insalvables por sus ciudadanos. Y sobre esto trabaja el castrochavismo a fin de convertir, como dijimos, las desavenencias en cismas a fin de polarizar las sociedades. Se crea el caos que es aprovechado por esa izquierda castrochavista para debilitar y luego asaltar el poder.

A estas alturas los líderes democráticos latinoamericanos deberían estar conscientes de que no solo la añorada democracia venezolana está en peligro, sino las suyas propias. Y que el enemigo actúa recia y coordinadamente, por lo que la respuesta debe ser al menos proporcional. Dudar en estos momentos es permitir su avance.

Si la primavera árabe se dio como un proceso espontáneo desde la sociedad civil, en nuestra región ha sido una acción premeditada y orquestada, para crear caos y promover (o evitar, en el caso boliviano) un cambio de gobierno que favorezca a esa izquierda populista-autoritaria. Pero ojo, basada en los errores de los líderes democráticos.

Quizás no estemos realmente frente a una primavera del sur, sino frente a una tormenta que nos llevará a retroceder en el proceso de democratización que se dio a finales del siglo pasado.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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