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Bitácora Internacional CORRUPCIÓN, CORRUPTELAS Y ANTIPOLÍTICA, por Alfredo Michelena

Interrogaciones 1
Echar dudas sobre la honestidad de los líderes de la oposición solo favorece al régimen.

La necesaria lucha contra la corrupción puede tener resultados nefastos no esperados. En el siglo pasado, esa lucha en vez de acabar con esa despreciable práctica acabó con las instituciones democráticas y trajo más corrupción con el chavismo. Manejémonos con cautela y hagamos esta vez las cosas bien.

La corrupción como la prostitución es el negocio más antiguo del mundo. Es algo que sucede en todas las sociedades hasta en  las más santas como en el Vaticano. Claro que como en todo hay diferencias relativas, nuestro país se colocó a la cola, en el puesto 168 de 180 países, del índice corrupción de Transparencia Internacional para el 2018.

Cuando uno paga a un agente de viaje para conseguir un pasaje, para ahorrase el trabajo de hacerlo por Internet,  o las líneas aéreas le cobran a uno por conseguirle un mejor puesto en el avión o entrar primero, o cuando uno paga para obtener un documento oficial a través de un timbre fiscal, eso no es corrupción; pero cuando esto se hace por métodos subrepticios allí comienza la corrupción. Por eso, en muchos casos, no es el acto en sí lo que significa la corrupción sino la forma en que se presenta o encubre. En EEUU los diputados y senadores reciben cuantiosas sumas de grandes empresas y grupos de presión a fin de que defiendan su punto de vista. Claro, eso lo hacen públicamente, de lo contrario sería una acción corrupta.

Por eso parece que el mejor antídoto contra este flagelo es la transparencia y la independencia de los mecanismos contralores y administradores de justicia. Pero esto solo tiene sentido si en las sociedades se instala un repudio real a estas prácticas, que debe ir más allá de la denuncia; pues la denuncia sin castigo crea la sensación de que la corrupción está permitida y que cualquiera puede ser corrupto, incluso no serlo es ser pendejo. ¿Se acuerdan de Uslar Pietri cuando dijo que a los honestos los llaman pendejos?

Pero también, así como la corrupción es algo nefasto la denuncia también puede serlo.

Como ya argumentamos no es el hecho en sí, es decir, la denuncia pública lo que es contraproducente. Lo grave es la denuncia sin castigo. Pero más grave aún es que cuando la denuncia es infundada y él o los sujetos no son corruptos, su reputación no es resarcida por los medios que la denunciaron y los denunciantes no sienten la obligación de disculparse y aclarar al público qué pasó.

Pero si lo anterior es grave, la denuncia de corrupción como mecanismo de lucha política es catastrófica. Ellas, aunque en casos bien documentados, tienden a ser más bien intrigas que sugieren nombres y hechos sin pruebas, o esas pruebas son en todo caso circunstanciales contra dirigentes políticos o su entorno. Es la famosa pero muy peligrosa guerra sucia.

No me toca analizar la veracidad de las denuncias sobre los manejos non santos de la ayuda al sector militar venezolano que se refugió en Cúcuta. Se enseñaron facturas y comunicaciones y todo parece indicar que podría haber ‘algo podrido en Cúcuta’. Prefiero esperar que se realicen las investigaciones antes de levantar un dedo acusador, que en todo caso debería levantar un juez, luego de que se dé el debido proceso.

Pero esta denuncia ha desatado una explosión de acusaciones que quieren embarrar a todos los políticos que hacen vida en la oposición y en especial a aquellos más cercanos al presidente (i) Juan Guaidó.

La generalización perversa que se ha hecho es la siguiente: si dos tipos son corruptos y fueron nombrados por Guaidó se concluye que Guaidó y todo sus entorno son también corruptos. ¡Por favor!

Echar dudas sobre la honestidad de los líderes de la oposición solo favorece al régimen, como lo está demostrando este caso que está siendo usado por ellos para desprestigiar a toda la dirigencia opositora e incluso abrirle un juicio a Guaidó. Jorgito Rodríguez ríe y se relame de contento.

Los menos energúmenos argumentan que el gobierno interino pudo haber reaccionado antes, frente a los runrunes que se escuchaban por aquellos lados. Y aunque puede haber razón en eso, lo lógico —como hicieron— era primero investigar y luego informar al público. Pero de allí a argumentar que todos los políticos son corruptos —base de la antipolítica— es jugar a la destrucción de los ya raquíticos partidos e instituciones políticas democráticas. Y de esa cabuya ya tenemos un rollo. Y ¡vaya qué rollo! Y si entonces el resultado fue el ascenso de Chávez, la destrucción de la democracia y más corrupción, ahora será más chavismo, más dictadura y aún más corrupción.

Parece que no aprendemos. Volver a jugar al aprendiz de brujo es un gambito muy peligroso. Esto no quiere decir que se deben evitar las denuncias. No, eso sería terrible. Lo que se debe manejar es la prudencia y el buen juicio, en una Venezuela polarizada y en crisis terminal.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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