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Bitácora Internacional 2020: SE ABREN OPORTUNIDADES DE CAMBIO, por Alfredo Michelena

2019 es producto de una larga lucha que se inició casi desde principio de siglo.

Estamos cerrando un año que ha sido muy importante para la democracia venezolana. Al hacer un inventario de nuestra lucha y a pesar de que aún Maduro sigue en Miraflores, este 2019 ha sido un año positivo, como quizás ningún otro año en estas dos décadas de infortunio.

2019 es producto de una larga lucha que se inició casi desde principio de siglo. La oposición venezolana ha tenido en estos 21 años éxitos como la salida de Chávez del poder y fracasos como su regreso; errores como haberles regalado la Asamblea Nacional en 2005 y éxitos como haberla recuperado en 2015. Ha habido períodos de mucha lucha como en 2002, 2014 y 2017, y otros de gran pasividad; momentos de nutrida participación electoral (2015) y otros de ausencia (2017). En pocas palabras, ha sido una montaña rusa y eso produce ese vacío en el estómago que a veces nos desalienta.

Este año, gracias a haber participado y ganado las elecciones de 2015 y de allí, por la acción internacional de la Asamblea Nacional —articulada con el empuje de Luis Almagro— junto a los errores del régimen (quitarle poderes a la AN, salirse de la OEA), tenemos una coalición internacional (Grupo de Lima, EEUU, Europa) que apoya abiertamente nuestra lucha y tenemos un gobierno interino (2019) reconocido por más de 50 países. Son logros que en años anteriores parecían imposibles de alcanzar.

Pero mientras en este año que ahora termina lo internacional sigue sus pasos firmes aumentando sanciones, el número de sancionados y la cantidad de países sancionadores (el TIAR y otros), en lo doméstico el régimen parece incólume. Y no es porque no se haya intentado. No se puede acusar a Guaidó de pasividad. Pero Maduro sigue en Miraflores y eso es lo que mira la gente. Se trata de una población desesperada por la crisis humanitaria que le está siendo infligida.

Lamentablemente, diciembre termina con una nube oscura sobre la oposición. Los intríngulis de la cesación del embajador Calderón Berti, las denuncias documentadas de corrupción en la AN que provocaron la suspensión de una decena de diputados de varios partidos, y las refriegas en el Tribunal Supremo que opera en el exilio, han creado una mancha que debemos limpiar. Recordemos aquel dicho: “No basta ser, hay que parecer”. Esto ha enervado a los facinerosos anti-oposición organizada —los irredentos de la antipolítica— que han llegado a afirmar que toda la oposición es corrupta, que no se puede confiar en ella y a solicitar la destitución de Guaidó. Esta posición es la misma que hace 21 años nos trajo a Chávez, y es la que  ahora le facilita la permanencia a Maduro.

Pronto comenzaremos el segundo año de la tercera década chavista. Y tenemos que evitar que el cansancio y la desesperanza se apoderen de los venezolanos. Debemos, como hace 200 años, superar el “páramo de Pisba” y salir a derrotar al enemigo. La lucha debe continuar, pero ya hay que asumir seriamente que la solución es la creación de una fuerza popular que facilite el quiebre del régimen y para eso son necesarias la activación y la movilización de todos y cada uno de nosotros. Rendirse no es una opción. Olvídense de salidas mágicas e invasiones gringas, que no dependen de nosotros. Seamos activos, no pasivos.

El nuevo año es electoral —lo establece la Constitución vigente— y debemos aprovechar esa oportunidad para provocar ese quiebre, movilizándonos activamente y sin miedo, para presionar por unas condiciones electorales mínimas e ir a las urnas organizadamente a derrotar al enemigo común. No nos pongamos exquisitos. Recordemos que vamos a unas elecciones en dictadura: no habrá condiciones óptimas para ello —así fue en Bolivia. Y entendamos dos cosas. Primero, si nos quitan el triunfo —porque sin duda tenemos los votos— debe quedar claro que el régimen hizo trampa y no que ganó el absentismo —promovido por ellos y por los tontos útiles de nuestro lado. Es imperativo movilizar a la gente a votar y organizarse para defender el voto que es lo que impedirá su legitimación si aparece el fraude. Está absolutamente claro que el madurismo no tiene  la legitimación nacional ni internacional —está allí por el poder de las armas y no por alguna legitimidad. Y segundo, aunque el objetivo debe ser el de ganar, el proceso electoral abre muchas oportunidades de movilizar a los ciudadanos y provocar una crisis de legitimidad que dé al traste con el régimen. No cometamos los errores de 2005 cuando por llamar a la abstención le entregamos la AN, o el del 2017 cuando retrocedimos en el control regional.

No basta conquistar a las naciones occidentales y democráticas para nuestra lucha si en lo doméstico no mostramos una fuerza política masiva, seria y dispuesta. Y eso es posible, ya lo demostramos en pequeña escala en 2014 y 2017. Rendirse no es una opción, pero tampoco lo sería jugar a debilitar el liderazgo de la oposición. Es este un liderazgo que necesita depurarse y será el momento de hacerlo. A ellos los elegimos hace cinco años y estas elecciones serán también una oportunidad para deslastrarnos de los indeseables.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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