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Así andamos LEGITIMACIÓN DE LA DESGRACIA, por Carlos Sánchez Torrealba

Túnel de Tiempo 1
¡Porque Venezuela siempre ha sido un país de futuro! Lástima que no salgamos del futuro, como decía siempre un músico valenciano entre tragos y notas de su piano, rayando una nueva partitura, tristezas profundas en tono menor, seguramente.

Carta a un amigo de la infancia de quien llevaba muchos años sin saber y que, entusiasta, desde afuera, me pregunta cómo está el país.

La naturaleza de la que parece estamos hechos contiene importantes indicios militaristas, castristas, sumisos y manumisos, masoquistas, venidos de pasados gloriosos muy distantes en el tiempo y mezclados con pusilánimes hazañas contemporáneas, como la de un gordo con franela rosada que como, pereza de Baruta, ni pestañea mientras un enjuto uniformado de boina ladeada se excusa diciendo que no se han logrado los objetivos planteados por ahora y que perdonen la vaina, perdonen la jodedera, pero más temprano que tarde, el cambio vendrá para estar mejores, para ser mejores, para que estemos mejor y seamos de una buena vez y para siempre el mejor país del mundo.

Nuestra memoria de teflón, en la que resbalan los recuerdos como un par de huevos fritos, no olvida sin embargo los deslaves acaecidos poco tiempo después, por donde rodaron ciudadanos y pertenencias hasta que se desvaneció un estado completo en la peor tragedia nacional después del terremoto de 1812, mientras se celebraban unas elecciones y no se atendía la tragedia en vivo sino que se vitoreaba el porvenir. No se aceptaban ayudas humanitarias foráneas sino que se arengó ¡vuelve el trisagio!: si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca. No se detuvo referéndum alguno por una nueva constitución, mientras se celebraba el futuro promisor con palabras mágicas. ¡Y listo! ¡Porque Venezuela siempre ha sido un país de futuro! Lástima que no salgamos del futuro, como decía siempre un músico valenciano entre tragos y notas de su piano, rayando una nueva partitura, tristezas profundas en tono menor, seguramente.

A partir de ahí lo demás es replay. A partir de aquel momento lo que vino sigue siendo ritornelo. Estribillo agravado que deriva en fraude y fracaso, asco y náusea, náusea y asco, engaño tras engaño. Memorial de agravios. Alí Babá y los cuarenta y picote de ladrones. Sin olvidar la anuencia cercanamente pretérita de unos carcamales notables, unos cuantos anti políticos y algunos empresarios —que no es lo mismo pero es igual— clamando con viejos rencores, optando por la rotura, la quiebra, y sin dejar de lado cómo las faltas de respeto comenzaron en una juramentación ante una momia en acto también repetitivo pero que había producido una especie de sentido democrático a lo largo de cuarenta años y piquito.

El ouroboros sigue mascándose su propia cola casi diecinueve años después. Con saña y alevosía. Con los mismos musiúes y las mismas cachimbas. Mandando más que un dinamo a las tropas famélicas. Con uniformes similares, buenas panzas y dientes perfectos, armados hasta el blindaje y defendiendo honores mientras se cocinan divisas aconsejados por la mandinga caribeña que sigue mamando de la teta, enfundados en guayaberas y carros blindados, cobrando en dólares, eso sí.

Como cuatreros de mala película mexicana, como bucaneros y corsarios que no pasaron por Disney, en operaciones piratas, se han dado a la tarea de asaltar caminos, instalar alcabalas móviles, cobrar peaje, endiosar pranes, disparar gases, balas y metras horizontales, nombrar verdugos en altos cargos de justicia, reproducir esbirros,  pagar por matar a civiles manifestantes, perseguir a la disidencia, buscando a ver cómo acaban de puyarle los oídos y, sobre todo, la boca a la señora de la balanza.

Con subterfugios leguleyos han ido y seguido armando toda una trama que ampara triquiñuelas, secuestros, asesinatos, torturas y muerte. Jugarretas e inversiones pícaras que aseguran nuevas empresas a futuro, limpias y sanas de polvo y paja. Engrasándole las manos o extorsionando a empleados públicos. Haciendo crecer el número de testaferros aquí y afuera para proteger la indecencia. Expropiando medios de difusión masiva o comprándolos a precio de gallina flaca y gallo muerto. Esparciendo un éter adormecedor para perpetuar silencios y otras sumisiones. Amenazando los pocos canales libres de comunicación y televisando los portentos de lo que vendrá, del país libre y soberano con muchos motores que siguen sin prenderse, pero que mañana sí porque más temprano que tarde, el cambio vendrá para estar mejores, para ser mejores, para que estemos mejor y seamos de una buena vez y para siempre el mejor país del mundo.

Se creen herederos de una casta indomable y orgullosamente se creen ese cuento, esos cuentos. Perros mordiéndose entre ellos y perros mordiéndose la propia cola —¡que me perdonen los mejores amigos del ser humano!— insisten en generar fórmulas de ley eficaces para el continuismo. Su naturaleza de alacrán les mueve a seguir picando al sapo aunque les lleve hasta la otra orilla. La feúra en salsa rosada; la torcedura en traje de etiqueta; la traición vestida de marca; los manjares chorreando por la comisura de los labios de los ahora grandes cacaos y las señoras recientemente empingorotadas; el buen whisky meneado con el dedo que ha jalado el gatillo; los carros de último modelo para los hijitos que le reproduzcan los gestos pero no aquí sino afuera. Es decir, se mantiene el memorial de agravios y se agrava más aderezado con la sempiterna tendencia a echarle la culpa a otros, a los enemigos, a los que, de un momento a otro nos van a invadir y quienes han causado una guerra económica tan feroz que pobrecito nosotros, mira dónde estamos.

A todas estas, la inflación no para y los sueldos no alcanzan; los hospitales funcionan al mínimo indispensable de una curita; no se consiguen medicinas siempre indispensables; escasean alimentos; crecen los rosarios y las cadenas de oración; revientan los tweets y las mensajerías de texto; prosiguen vaticinios y palabras mágicas; los pésames abundan; siguen confiscando medios y cerrando emisoras; las políticas públicas también escasean; el atraso pareciera perpetuarse, la internet sigue lenta ¡tanto que a lo mejor ni siquiera llegue este correo a su destino! Y ya ha comenzado el tercer milenio, el XXI ya empezó ¡pero el atraso es de un siglo! ¡Por los clavos de Cristo, Señor!

Así seguimos en el país. Así andamos en Venezuela. Ha habido temblores últimamente. Estamos temblando. Todos. Crecidas de ríos y el mar picado. El Guaire todavía infecto sigue atravesando la ciudad, como metáfora interminable. Los zamuros no han parado de proliferar y también se mojan envueltos como en trajes negros, parados en las azoteas mientras avizoran la carroña. Se acentúan aguaceros en todo el territorio nacional y no para de llover por dentro.

Cuando escampa, siguen volando las guacamayas por los cielos de Caracas con su alegre y colorido bullicio y el Ávila como telón de fondo. La sociedad civil, mayoría siempre, inventa, atiende y persiste aun con las persecuciones y las trompas estiradas de quienes, creyéndose dueños de todo y de todos, siguen mandando, disponiendo, imponiendo, engañando, inquiriendo, amenazando, subestimando, legitimando la desgracia con decretos bárbaros, leguleyos, muchos disparates y auto hundimiento.

Así andamos. El luto vivo y el optimismo ahí.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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