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Arpón THRILLER DE UN HOMBRE MADURO Y UNA ADOLESCENTE, por Pablo Gamba

Arpón
La falta de sensatez y de sentido de realidad no son problemas de juventud.

Arpón es la ópera prima de Tom Espinoza, otro de los venezolanos que hacen carrera en el cine fuera del país, en su caso en Argentina.

Fue estrenada en el Festival de Varsovia, que es clase A, y compitió también en el Festival de Turín. Formó parte, asimismo, de la selección fuera de competencia del Festival de La Habana. Se trata de una coproducción minoritaria de Venezuela y España, en la que participaron el compositor Nascuy Linares y el sonidista Francisco Toro, entre otros venezolanos, y cuyo estreno en el país se espera para febrero.

Espinoza comenzó a llamar la atención con un corto de largo título, abreviado Las arácnidas (2015), cuyos personajes eran integrantes de un equipo de nado sincronizado femenino. Empezaba a perfilarse allí el que puede ser el principal tema de su cine: los misterios de la adolescencia de las muchachas. Está también presente en Arpón, a través de las estudiantes de bachillerato que quieren cambiar una parte de su cuerpo, inyectándose una sustancia en los labios, entre ellas Cata (Nina Suárez Bléfari). Pero el protagonista es Germán (Germán de Silva), el director de la escuela, y el largometraje se interesa por la actitud de un hombre solo, hacia el fin de la madurez, frente a las mujeres y a las jóvenes. La falta de sensatez y de sentido de realidad no son problemas de juventud aquí.

La película comienza con un estilo que en parte recuerda al de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, en filmes como Rosetta (1999) y El hijo (Le fils, 2002). Se sigue así de cerca a Germán en la tarea de revisar policialmente las mochilas de los estudiantes que va encontrando a su paso. Parece darle la razón el hallazgo de una jeringa en el mismo baño al que corrió a esconderse Cata para escapar del abuso. Da la impresión de que es la única chica que le opone resistencia en la escuela. Finalmente el director encontrará otra jeringa en el bolso de Cata, quien le explicará para qué las utilizan ella y sus compañeras.

Lo más resaltante es que no se trata solamente de transmitir tensión mediante la cámara en mano y el dinamismo del montaje. Más allá de eso, especialmente en la primera y la tercera partes, el estilo hace partícipe al espectador de la mirada perturbada de Germán, que es correlativa de su comportamiento obsesivo.

Pero Arpón es un thriller, lo cual también establece su alcance y sus limitaciones. El malestar de Cata y otras chicas con su cuerpo de adolescentes, planteado al comienzo por las inyecciones en los labios, se expresa esencialmente en un breve parlamento, mientras ella se ve en el espejo del quitasol, en el carro de Germán, por ejemplo. Es un sacrificio de la tendencia a la dispersión propia del realismo moderno, que es subordinada aquí a la eficacia narrativa, como lo exige el buen manejo de los géneros en el paradigma clásico. Sin embargo, en la segunda parte la tensión que atrapa se afloja, a medida que la relación entre ambos personajes deriva hacia lugares demasiado comunes. Se debe también a que el acercamiento de Germán y Cata resulta poco verosímil.

Hay también una secuencia en la que el punto de vista cambia, y no es solo al de la chica sino al de un muchacho del grupo de jóvenes con los que ella va a la playa, sin que exista algo que parezca justificar ese giro en el resto de la película. Aparece allí también por primera vez el arma del título –que tiene una analogía con la aguja de la inyectadora– en una escena en la que se pasa de lo real a lo imaginario sin solución de continuidad. Y volverá a estar presente el arpón más adelante, de manera evidentemente simbólica y poco realista.

Estos detalles de ambigüedad en la representación, y la importancia del subtexto sexual, también anuncian el que podría ser el estilo de Espinoza. Sin embargo, no desestabilizan un relato que es claro, entretenido y solo complejo hasta el punto de que puede ser disfrutado por los cinéfilos sin que el espectador que es básicamente televidente se asuste o se aburra. Esa negociación parece definir lo que se propone hacer el cineasta, buscando establecerse en una suerte de justo medio entre los polos de lo ‘industrial’ y lo ‘independiente’ del cine argentino. El radicalismo, sin embargo, es el camino hacia hallazgos más sorprendentes.

ARPÓN (Argentina-Venezuela-España, 2017). Dirección y guion: Tom Espinoza. Producción: Martín Aliaga, Juan Fermín, Daniel Ruiz Hueck, Roxana Ramos. Fotografía: Manuel Rebella. Montaje: Leandro Aste. Música: Nascuy Linares. Sonido: Francisco Toro. Elenco: Germán de Silva, Nina Suárez Bléfari, Ana Calentano, Laura López Moyano.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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