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Antología EL GAUDEAMUS SALMANTINO DE PÉREZ ALENCART, por Enrique Viloria Vera

Alfredo Pérez Alencart
“El corazón de Pérez Alencart es una probada Plaza Mayor de la amistad y de la poesía”.

Viva la Universidad, vivan los profesores. Vivan todos y cada uno de sus miembros, resplandezcan siempre.

Con motivo de la celebración del octavo centenario de la Universidad de Salamanca (USAL), el poeta peruano-salmantino Pérez Alencart añadió un personal homenaje a su alma mater en la que fue estudiante, se doctoró, enseña y sigue aprendiendo. En efecto, el profesor-poeta compiló los poemas que ha dedicado a la USAL a lo largo de su trayectoria escritural. El poeta —memorioso y agradecido— comunica:

“Aquí llegué —desde mi Perú natal— un 13 de octubre de 1985, cumplidos los 23 años y con un título de licenciado en Derecho en la maleta. Llegué justo para el inicio del curso académico, cuando «el tiempo nos convida / a los estudios nobles…», según el conquense de Salamanca. Llegué conociendo la obra y la trayectoria admirable del vasco de Salamanca y del encarcelado por la Inquisición, a quien dediqué un amplio homenaje en 2013, titulado Decíamos ayer, volumen donde se incluyó una selección de su obra y la traducción de su famosa décima ‘Al salir de la cárcel’, trasvasada a 50 idiomas. Lo mismo hice con mi admirado Miguel de Unamuno, cuando en 2012 coordiné un magno homenaje poético, Di tú que he sido. Así saldé parte de lo que les adeudaba. Más de tres décadas después no puedo —ni quiero— olvidar la acogida que desde el primer momento me brindó Carlos Palomeque, entonces decano de la Facultad de Derecho, un laboralista eximio impregnado de vastas sapiencias humanísticas, casi impropias de estos tiempos, máxime en el ámbito jurídico. Gracias a él la Universidad de Salamanca ha resultado ser mi Casa inexpropiable.”

Aprovechando un acontecimiento irrepetible, los 800 años de su universidad, el autor se pone poemas a la obra e informa:

“Esta antología contiene textos escritos en distintas épocas y han sido publicados, la mayoría, en libros o revistas. Ahora los acopio, sumo algunos inéditos y los albergo en una sola Arca, a modo de homenaje inequívoco a la Universidad de Salamanca y a todas las personas que forman parte de ella”.

Hace unos cuantos años publiqué un largo ensayo titulado La poética del asombro sobre la poesía publicada hasta el momento por Pérez Alencart, en uno de sus capítulos expresaba:

“El corazón de Pérez Alencart es una probada Plaza Mayor de la amistad y de la poesía. No concibe la vida nuestro escritor sin sus amigos de diverso signo y sin sus poetas amigos, a pesar de que, en algún arranque de eremita salmantino, de ermitaño amazónico, afirme tajante, categórico, concluyente, que se siente solo en medio de sus amigos. Nada más alejado de nuestra verdad, de la opinión de sus camaradas, al menos. Los que hemos disfrutado de su natural bonhomía, de su experimentada bondad, de su benigno candor, preferimos recordar una de sus tantas salmantinas despedidas sin lágrimas ni suspiros, en las que sólo se permite lloriquear adentro a la emoción recóndita y manuscrita del poeta: “Amigos. / Quede sólo serenidad para adivinar / las lágrimas o alegrías / del hombre que sube el penúltimo escalón, / tanteando el aire, / resuelto a olvidar múltiples crucifixiones. / Tiempo de pálpitos infinitos, / ¡qué despacio te voy sintiendo! / Perímetro de crujientes luces, / ¡cuán grato el haberte cohabitado! / Ciudad donde el saber se manifiesta, / ¡nunca podrás desfallecer en mi memoria!”.

Sin embargo, con esta anuencia justificada en el desconocimiento y la ignorancia, con esta licencia que modestamente solicita el comentarista de este extenso y prolijo epítome de la amistad, permítasenos centrar nuestra atención en determinados afectos entrañables del poeta, a quienes de manera directa y particular les dedica personales versos, sentidos e intransferibles poemas, rotulándolos para la eternidad con el lacre que se estampa desde su corazón de compañero agradecido y justiciero, porque como bien lo afirma el propio Pérez Alencart: “a uno le gusta nombrar la gratitud / que inunda el corazón. Porque / como hombre cabalgo entre sentimientos / y lanzo telegramas / y vuelvo cada vez más a los recuerdos”.

 Especialmente, en esta nueva antología salmantina y encomiástica, donde destaca a dos de sus egregios tutores, mentores, guías, que devinieron en amigos y familia:

Carlos Palomeque: “Yo estaba allí, / en ese allí deslizado hacia el vacío / y el yo habitado por doloridos adioses de mi patria. / Sin embargo, / no faltaron apoyos felices / y un horizonte para siempre (…) / Así el destierro me acogió / con la fuerza impalpable de los afectos”.

Alfonso Ortega Carmona: “SU palabra inauguró la felicidad como un bálsamo / que aprendimos a saborear día a día (…) / Alfonso Ortega preside el festín aquí en Salamanca. / De su boca surge el preludio ameno / y las inmensas jornadas. / Celebremos el polen suntuoso / que proyecta a los oídos. / Luego vaciemos las gratitudes”.

Sin embargo, en este muy personal Gaudeamus dedicado a su alma mater salamantina, el poeta acota sus afectos y admiraciones para —difícilmente— encuadrarlos en los muy estrictos y sabios muros de este diez veces octogenario templo del saber, explica:

“Y como no todos los años se cumplen ochocientos, ahora corresponde reunir los textos que escribí en torno a la USAL y a sus recintos y personajes que dejaron su poso en mí. A los ya mencionados hay que sumar otros maestros y alumnos del Estudio, como Nebrija, Vitoria, Torres Villarroel, Salinas, Zacut, Miguel Elías, Aníbal Núñez, Girolano de Sonmaia, Berrueta, Pedro de Osma… así hasta llegar a Victoria Muñoz, trabajadora de la limpieza en la Facultad de Derecho, ya jubilada; o bien a Teresa de Jesús y a San Juan de la Cruz, doctores por Salamanca y cuyas obras siempre me acompañan”.

De manera especial, subrayo este poema dedicado a Victoria Muñoz, quien, con su escoba, fregona y paños de limpieza, siempre puntual, también aportó su contribución para que “lo augusto provoque respeto” Leamos:

VICTORIA, TAN TEMPRANO

Victoria, tan temprano

ya limpiaste los despachos del ala izquierda,

cuando llego con mis vocales sobrevivientes

y exijo al Estatuto que hable

hasta entenderlo vivo,

allí por tu espalda

y tu bayeta.

Después de ti hay quien limpia los cristales.

Después de ti los pasillos

quedan llenos

y se instala el bullicio.

Siete lustros, Victoria,

tú que de Boada viniste

y tan temprano ya limpiaste los despachos.

Ahora te toca el sosiego y las horas más libres.

Amplias, diversas son las loas, ponderaciones, lisonjas y remembranzas del poeta que durante más de treinta años ha convivido con las aulas, los patios y los pasillos que siguen estando, con otros distinguidos alumnos de la USAL con los que no compartió —en su oportunidad— alegrías o sinsabores, con los ancestrales maestros que no conoció, pero que lo marcaron como hombre y poeta y, en especial, con aquellos acreditados profesores que le dieron cobijo y sentido a la existencia de un joven e inexperto peruano que se atrevió a brincar la mar océano, con mucho entusiasmo y poco dinero.

Sirva este poema suyo como colofón a la sentida, agradecida y solidaria antología de Pérez Alencart a la vieja —aunque siempre nueva— universidad española por antonomasia que, en Salamanca, sigue difundiendo saberes.

MI UNIVERSIDAD

Me llamaba con aleteos

inverosímiles, de esos

 que no es posible desertar.

 Misterio alzado

 tras cruzar los mares.

Ala o piedra viva:

me amparó en su interior

 sin exigirme abolengo

 o carné de identidad.

Cuento seis lustros

 y más.

Algunos avatares para

 tanto sosiego:

oficio con leyes,

 beneficio en Poesía.

 Y gratitud, hasta el último de mis días.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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