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Anticipaciones DE LOS PARAÍSOS Y LOS INFIERNOS, por Fernando Yurman

El Dorado 1
Fue El Dorado la fiebre de los conquistadores, también la furia siniestra de Lope de Aguirre, esa la leyenda que encontró en Venezuela su mayor encarnación.

En una de sus luminosas observaciones, el antropólogo Yuval Harari sostuvo que la imaginación otorgó a la especie humana la condición del progreso: el futuro emergió de la posibilidad de imaginar sobre lo dado. La mayor confirmación de esa tesis fundamental sucede actualmente: millones de migrantes, gracias a la globalización de imágenes y noticias, pueden imaginar no ser los pobres o los hambrientos que acostumbraban en otras latitudes. Ahí no termina el ejemplo. La imaginación ha permitido amoblar el cielo, pero también el infierno, y ambos influyen sobre la única realidad tangible. El paraíso procurado por los africanos ha significado el infierno para muchos europeos, así como antes el imaginario paraíso europeo fue el infierno de los africanos. La misma imaginación que gesta el progreso también prepara la catástrofe. Esa fatalidad merece analizarse.

Más allá de las promesas y condenas bíblicas, los lugares absolutos de la dicha o del sufrimiento parecen arcanos de culturas más remotas.  Los antiguos griegos, que inventaron tantos castigos de ingenio perverso, como los de Sísifo, Ícaro o Prometeo, y los placeres de Dionisio o Apolo, no dejaron por eso de imaginar un infierno y un paraíso. El primero casi pegado al otro, pero en las regiones heladas del Norte, donde a su vez, rodeados de hielo, en cálidas islas moraban los hiperbóreos, seres sin pesar, trabajos ni batallas. Esa región madre de los vientos fríos que recibía el Mediterráneo, fue luego la morada de Thor, de los Vándalos y Vikingos y de las sagas mitológicas más sangrientas de Europa. El Mediterráneo pudo imaginar la Comedia del Dante, donde la tortura está individualizada según la falta del pecador, y los astutos aparatos patibularios ilustran la destreza artesanal de la época. El amor cortés y los frisos eclesiásticos del averno, deudores de poesías y pinturas, se repartieron por su parte el hedonismo y el dolor. Fue en el siglo XIX que el romanticismo, y en especial las negras flores de Baudelaire, inventaron una nueva versión infernal, también pegada al paraíso:  el goce y el sufrimiento venían juntos en la imaginería bohemia. Heredero de esa larga herencia, que expresionismo y fervor romántico habían pulido, el sistema de concentración nazi había convertido la crueldad en una pasión reconocida y prestigiosa. No fue el primero ni el último en ese afán, pero fue el mejor, una definida y estetizada perfección del mal. Cumplía además con el imperativo de fundir imaginaciones aparentemente contrapuestas, el orden y la violencia, la exaltación vital y la destrucción. Sobre el arcaico friso del infierno y el paraíso, la devoción y la guerra, la fe y las cruzadas, el amor y el odio guardaban la vieja hermandad.

Esa dimensión nazi infernal solía vincularse en muchos estudios a las pulsiones destructivas, y también a los ideales utópicos, al carácter complementario del infierno práctico con el paraíso imaginario. El análisis cubría los ideales públicos fantasiosos, pero también debería hacerlo con las apetencias de la ambición privada. Con notable agudeza, Klaus Man había enfocado en su novela Mephisto el paraíso escondido de los trepadores en aquella pirámide de poder. Los oscuros pactos y prebendas, que tejen y luego cementan el totalitarismo, fueron descritos con tal escandalosa fidelidad que el libro, publicado antes de la guerra, siguió teniendo dificultades para reeditarse en Alemania en décadas de posguerra. Con paralela mirada taciturna, el poeta Joseph Brodsky observó sobre Rusia que todos habían sido víctimas o verdugos, y a veces las dos cosas, pero le faltó un término. Hoy sabemos que tampoco la Unión Soviética se mantuvo solo por el terror y la represión demandada por los voraces agujeros del gulag, también hubo beneficios que la burocracia acumulaba, altos privilegios, desaforadas conveniencias, una minoría de ‘iguales más iguales’, como ocurría con Rebelión en la granja de George Orwell. Esta dimensión, el paraíso escondido en el infierno, es menos palpable, quizás porque la ilusión ideológica fue sombrilla de ambos o porque desde el paraíso del mal, como fue la República de Salo, hay menos testimonios directos. En China, no es necesario escarbar ese notorio desenlace, que replica Cuba y en Venezuela se repite como farsa, pero con la misma eficacia delictiva.

Fue Todorov, en uno de sus ensayos posteriores al derrumbe soviético, quien observó que el nuevo capitalismo erigido en Rusia tenía sus magnates en los mismos lideres del régimen anterior, aquellos avezados burócratas que estaban en mejor capacidad de aprovechar la hecatombe. Esa continuidad es también la del paraíso dentro del infierno. Lo que más parece haber afectado al pueblo ruso no fue descubrir que lo que decían del socialismo era mentira, sino que lo que decían del capitalismo salvaje era verdad. Esta oscura saga del poder no está registrada en los vaivenes ideológicos. Solo las ficciones se hicieron cargo del costado siniestro.

Con clarividencia e inocencia, en Mephisto, el hijo mayor de Thomas Mann había mostrado en el nazismo el destino terrible del Fausto. Esta advertencia madura de Goethe, en lo que había sido su desenlace literario, y quizás filosófico, apunta por arriba al Werther, la primer fusión romántica de Amor y Muerte, su simiente diabólica. Intuyó que el paraíso y el infierno, el goce perpetuo y el terror, suelen soplar juntos en los desastres de la civilización europea.

Existió también la idea inicial de un paraíso en América y su búsqueda desenfrenada desaó el vertiginoso derrumbe demográfico de la población indígena. La conquista, como El halcón maltés, era de la misma sustancia de la que están hecha los sueños. Los espejismos de ‘la cueva de Montesinos’ del ensoñado Quijote o de la ‘Ínsula’ del ambicioso Sancho, conformaron la desvariada y ávida colonización española. Fue El Dorado la fiebre de los conquistadores, también la furia siniestra de Lope de Aguirre, esa la leyenda que encontró en Venezuela su mayor encarnación. Sitio geográfico del paraíso, la verdadera región del Edén, describía la bitácora de Colón cuando entraba al Orinoco, su clima y bienestar también quedó en la memoria de Guillermo Humboldt, y la consideraban Tierra de Gracia, y  se llamó ‘sucursal del cielo’ durante muchas décadas del siglo XX.

El infierno, sin duda, era inevitable, ya que viene pegado a los paraísos. La descripción de la Venezuela actual asevera sin reparos esa lógica mítica pendular. La crisis es ahora una disolución, el derrumbe silencioso, sin guerra, de una sociedad donde lo único ordenado es el crimen organizado. Una vorágine enigmática que succiona todo él sentido y valor del Estado, las instituciones, el pegamento cívico, la memoria social y la ética pública. Un maelstrom,  una Atlántida que se hunde al aire libre. Recuerdo que en El país de las últimas cosas, una novela de Paul Auster que se anticipó diez años a la circunstancia, quedó documentada proféticamente la actual cotidianidad caraqueña. Héctor Shamis, en un articulo de estudiada precisión, comparó Venezuela con el Oran de La Peste de Camus. Antes, solo Kafka o El Gabinete del Dr. Caligari previeron el nazismo. Es como si solo la ficción pudiera dar cuenta de los enigmas colectivos, cuando los análisis sociológicos o económicos no bastan.

En su ominosa novela Diario de la guerra del cerdo, Bioy Casares pareció anticiparse una década a la dictadura militar argentina; de Venezuela recuerdo que la poeta Martha Kornblith había escrito El perdedor se lo lleva todo, además de otros poemas y muchas intuiciones del porvenir, mensajes de una realidad que otros no veíamos. Es lo que amamos lo que nos subyuga, la feliz esclavitud, sentenció Aldous Huxley. No era psicosis aquella inminencia enorme que predijo esta poeta en el paraíso de las ruletas y el dinero, y quizás no fue la única que sintió venir el ronquido. El magma mortífero y paradisíaco de un alud populista y petrolero devastó sin sorpresa esta nación adormecida, sepultó sus instituciones, y la sombra estampada de lo que fue esa Pompeya será de larga memoria para las próximas generaciones.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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