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Ante la desbandada migratoria ES OBLIGATORIA UNA SOLUCIÓN RÁPIDA Y CONTUNDENTE, por Alfredo Michelena

En esta fotografía del sábado 6 de agosto de 2016, autoridades detienen una embarcación en la que viajaban 20 migrantes venezolanos y uno colombiano en la subestación de la guardia costera en Parera, Curazao. La policía decomisó contrabando como cigarrillos y municiones y detuvo a todas las personas que viajaban a bordo porque presuntamente intentaban ingresar ilegalmente en Curazao. El portavoz de la Guardia Costera, Roderick Gouverneur, dijo que todos los migrantes estaban detenidos el lunes. (Foto de Roderick N. Gouverneur/Guardia Costera Caribeña Holandesa)
Balseros para las islas del Caribe cercano, Aruba, Curazao, Bonaire y Trinidad. (Foto de Roderick N. Gouverneur/Guardia Costera Caribeña Holandesa)

El impacto que está produciendo la crisis venezolana en la región —el Efecto Venezuela— y en especial en nuestros vecinos se veía venir. Surgió como la preocupación de que el régimen chavista al no cumplir con sus compromisos con los países de la cuenca del Caribe, vinculados a Petrocaribe y ALBA, desataría una crisis por aquellos lares. Han pasado varios años y de una u otra manera los caribeños han podido palear la crisis. Unos incluso han logrado canjear sus deudas a buenas ratas de descuento como Jamaica y República Dominicana y otros han buscado otros suplidores, como Cuba, gobierno que a pesar de haber recibido US$14 millardos de Pdvsa se ha quedado con la totalidad de la troglodita refinería Cienfuegos que le modernizamos. Esas economías, en cierta forma, se han adaptado a ese efecto. En esto también habría influido una política estadounidense de suplir gas natural a Centroamérica y el Caribe como señaló Rex Tillerson en su presentación de la nueva política para el hemisferio.

Pero el drama es que la crisis humanitaria y la desbandada migratoria no se produjeron allá sino aquí. Y esa crisis, negada una y otra vez por el pranato, ha comenzado a hacer mella en nuestros vecinos.

Balseros para las islas del Caribe cercano, Aruba, Curazao, Bonaire y Trinidad. Caminantes por las fronteras terrestres de Cúcuta, Los Filúos y Santa Elena de Uairén, que no se quedan allí sino que su destino, como los bandeirantes brasileros o los conquistadores españoles, está más allá de esa raya que, como los que siguieron a Pizarro, significa un punto de no retorno pero no en la búsqueda de los tesoros escondidos en tierra ignotas sino la desesperada consecución de la sobrevivencia.

Jóvenes ahora de las clases populares que salen con poco o sin dinero ya no buscando un futuro que esta patria secuestrada por el pranato les ha robado sino un presente, pues para muchos quedarse significa la muerte.

“La situación de Venezuela ya no es una situación que solamente le compete a los venezolanos. Es una situación que ha generado crisis en la región”, señaló la Canciller peruana. Tillerson les vino a proponer un frente para encarar al pranato y rápido, pues la situación humanitaria no espera y el Efecto Venezuela podría desequilibrar sus propias sociedades. Más de 10 % de nuestra gente ya migró y se estima que esto, que se aceleró en 2017, podría duplicarse este año pues 40 % de la población quiere salir del país.

Primero fue la solidaridad latinoamericana. Cómo no habrá de serlo si nosotros aceptamos millones de ellos en nuestra patria sin chistar, aunque les echábamos la culpa de todo.  Ahora el problema es cómo palear ese río que cruza la frontera a pie o en canoas.

Por primera vez en la región aparecen los campos de refugiados. Hospitales y colegios móviles para atender a los venezolanos y en cierta medida impedir el impacto de cientos de miles de compatriotas que quizás no consigan trabajo y mendiguen por las calles. Suena feo pero es así. Juan Manuel Santos dijo lo que muchos otros presidentes entienden: la solución tiene que ser rápida y contundente, si no sus países sufrirán el Efecto Venezuela en carne propia por su tibieza en enfrentarlo.

Publicado originalmente en el Nuevo País.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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