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Algo está pasando EL 5 Y 6 DE LOS OSCAR, por Antonio Llerandi

‘The Irishman’: aparte de ser una ladilla misógina de tres horas y media de duración, todo, absolutamente todo, es previsible.

Terminó la carrera de caballos de los Oscar. No soy propenso a las apuestas y por eso prefiero opinar ahora que llegaron a la meta. En mi condición de opinador no existe ni el más mínimo asomo de crítico. ¡Matusalén y las Once Mil Vírgenes me libren de semejante oficio! Querendón del cine sí, pero crítico nunca, aunque tenga mis opinioncitas.

Hace años, concretamente a partir de la década de los cincuenta del siglo que ya pasó, existió por mucho tiempo un juego, por llamarlo de alguna manera, denominado el 5 y 6. Una mezcla sui generis de deporte, juego, apuestas, hasta estudio. Y digo estudio porque había incluso revistas especializadas, como la llamada Gaceta Hípica, que vendía más ejemplares que cualquier hebdomadario francés, que todo el  mundo adquiría y escudriñaba al más mínimo detalle durante toda la semana hasta la mañana del domingo cuando todo culminaba con el ‘sellado’ del formulario del 5 y 6, y Venezuela toda estaba cundida de estos sitios autorizados por el Hipódromo Nacional, había uno a la vuelta de la esquina. Y a partir del mediodía todo el mundo se pegaba al televisor (como en los Oscar) esperanzados en oír en la voz de Aly Khan el ganador de su cuadrito.

Pero sucedió algo terrible para este democrático juego. Y digo democrático porque todo el mundo podía y de hecho apostaba, desde el modesto ‘cuadrito’ de Bs. 4 (cuatro bolívares) que era la mínima apuesta, más Bs. 1 del formulario, que completaban el ese entonces clásico ‘cachete’ o moneda de Bs. 5, hasta lo que tú decidieras invertir o botar porque podías multiplicar por los ejemplares que quisieras y el cuadrito podía llegar a costar una fortuna.  Pero lo democrático era que si tú acertabas 5 o 6 ganadores cobrabas igualito costara lo que costara tu inversión.

Lo terrible que sucedió con el 5 y 6, igualmente con el país, comenzó cuando tuvimos como presidente a Blanca Ibañez y a su vicepresidente Jaime Lusinchi. Como el 5 y 6 producía mucho dinerito y ese dinerito iba para el Hipódromo Nacional y este a su vez dependía del Gobiernito, pues empezaron a utilizarlo casi como una caja chica de la presidencia y colorín colorao, con los años sucesivos el jueguito y el país se han acabao.

Pero volvamos a los Oscar, que por algo es el título del artículo. Los Oscar son como una carrera de caballos, hay quienes toman la delantera y se desbocan por ganar y muchas veces terminan cansados y en los últimos puestos, léase El Irlandés y Erase una vez en Hollywood.

Voy a detenerme en The Irishman. Aparte de ser una ladilla misógina de tres horas y media de duración, todo, absolutamente todo, es previsible. Con razón era un guion que rodó durante años y nadie lo había querido hacer.  Las mujeres en esa película forman parte del diseño de producción, son puro decorado, por eso lo de misógino. Y Robert De Niro que parece que aprendió la lección de Ricardo Darin y en las veintisiete películas últimas hace de Robert De Niro y cobra. Pero vamos a lo esencial, porque esto está pareciendo ya una chismografía.

Se supone, y todos lo aplaudimos, que Scorsese, previo al lanzamiento de la película, hizo una apología del cine y menospreció, con razón, las llamadas ‘efectistas’, todas las disneyladas llenas de trucos tecnológicos y alejadas de la razón fundamental del cine, los seres humanos. ¿Pero qué coño fue lo que hizo Scorsese? Zamparse una supertecnología para hacerle una cirugía plástica fotográfica a los tres ancianitos del film, que costó 150 millones de los verdes, exactamente la mitad del costo de la película. Y para nada, porque por mucho botox que le hicieran en cámara, los tres viejitos seguían siendo unos viejitos disfrazados malamente de pseudojóvenes. ¿No les parece algo hipócrita el asunto? Y además ¿en qué terminó la llorona? En que está en conversaciones con Disney para hacer una película o será para dirigir una de superhéroes. La película, desde luego, no llegó a la meta.

Otro que arrancó temprano y que pensó que se la estaba comiendo era Tarantino, además con un tema de la esencia hollywoodense, con su toque misógino también, aunque se llevó un consuelito con el premio a Pitt, porque quién le dice que no al muñeco, todas las mujeres que he conocido en los últimos veinte años deliran por él. Pero tampoco llegó.

Y en los metros finales, como en las carreras de caballos, empezaron a aparecer unos ejemplares con más aliento, con más ganas, y ¡guácata! Se los llevaron por los palos y llegaron ahí, ahí, casi junticas. En pelotón, agrupaditas, y dándose traspiés entre ellas, Joker, Jojo Rabit, The Two Popes, Little Women, Marriage Story, Ford vs Ferrari, Judy , sacaron uno que otro premiecito de consolación. Y dos caballitos extranjeros que llegaron con el bofe afuera y sin ningún premio, Pain and Glory y Les Miserables.

Ya los gringos no hayan qué hacer para ganarse el Oscar, tres mexicanitos le han dado palo en los últimos tiempos.  Pero el batacazo del 5 y 6, fue Parasite, se los llevó a todos por los cachos, no sólo como mejor película extranjera o no hablada en inglés, sino como las más mucho mejor de todas, con todo y su endemoniado idioma coreano. Es que los asiáticos están arrasando o es que en la Academia se han colado unas Blancas Ibañez y unos Jaimes Lusinchis que están metiendo el dedito donde no deben y van a acabar también con los Oscar. ¿Quién sabe?

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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