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Adiós, Miss Venezuela DORIAN GRAY ES VENEZUELA, por María Dolores Ara

Francisco Suniaga
Francisco Suniaga completa con ‘Adiós Miss Venezuela’, la trilogía conformada por ‘La otra isla’ y ‘Esta gente’, novelas que tienen en común una visión particular de Margarita.

Con la excusa de un relato policial que nuevamente nos lleva a sentir la compañía cálida de José Antonio Benítez —abogado gris, amigo leal, margariteño triste, detective por carambola—, Francisco Suniaga narra en Adiós, Miss Venezuela (2016) la experiencia de la belleza como modo de revelación capaz de llegar hasta  la verdad, y sobre la experiencia de la verdad que conduce a entender la belleza.

El suicidio de una exmiss y los hechos que rodean esa muerte inexplicable nos insertan en nuestra realidad histórica para pensarnos cultural, social e históricamente. ¿Quiénes somos detrás de las máscaras? Belleza, riqueza, democracia, libertad han sido etiquetas enmascaradoras de realidades opuestas que permanecieron escondidas mucho tiempo, arrinconadas en algún sótano para evitar mirarlas a la cara. Solo se mostraba la apariencia brillante que falseaba verdades incómodas.

La metáfora de la belleza, anidada en el concurso de Miss Venezuela, constituye el eje narrativo principal. Venezuela como gestadora de belleza natural  y constructora de artificios hermosos exhibe la belleza de sus mujeres y de su paisaje con ostentación superficial. Una cosa es lo que se ve y otra lo que va por dentro. La inevitable similitud con El retrato de Dorian Gray salta a la vista. La belleza es el resultado tangible de la pureza, la bondad del alma. Hay una ley que impide ser poseedor, al mismo tiempo, de una materia bella en un espíritu aborrecible. El pecado, el vicio, la corrupción salen a la luz, sin pedir permiso; y solo un pacto con el diablo puede impedirlo. El cielo y el infierno de cada quien están esculpidos en su figura. El cuerpo es representación, reflejo y símbolo del alma. Y el alma es una terrible realidad de cuya conciencia no podemos escapar. La fealdad consiste en saber que tenemos un alma muerta en vida, y que la belleza que se mira y admira es producto de una enajenación.

“…sufriremos todos por lo que los dioses nos han dado, sufriremos terriblemente:..”, exclama el pintor del cuadro de Dorian en la obra de Oscar Wilde. Se refiere a que los hombres que gozan de la bendición de la belleza tendrán que pagar por ella un altísimo precio. Y eso es lo que apreciamos en la protagonista de esta novela, María Genoveva Herrera, Beba, la miss perfecta, bondadosa, sublime y virtuosa que sufre y padece su belleza. Que sabe que su belleza es su desdicha porque no le ha servido para ser amada, ni para dejar un legado cultural, ni para elevarse por encima de la banalidad. No ha podido desembarazarse del estigma de la belleza vacía, que se consume y se usa para ser desechada cuando ya muestra signos de decadencia. Y el dolor de no poder  ir más allá de la belleza misma, elevarse por encima de ella y ser apreciada por mucho más que la efímera y trivial belleza del cuerpo lleva a Beba al suicidio. Consciente de que su belleza es su infelicidad prefiere marcharse de un mundo que no la entiende ni la acepta porque no encaja en el canon.

Beba es más que una miss que rompe con el estereotipo. Beba es el país. El país cuyo horizonte moral ha sido derrotado por el interés individual, calculado y pragmático. El país manoseado y usado por la inconsciencia de unos, la ignorancia de otros, y la avaricia de todos. Un país para exprimir. Un país donde quienes tienen cualidades bellas destinadas a poner en práctica principios humanistas terminan por dispararse en el corazón ante la incomprensión de los que solo ven la apariencia y la riqueza como factores de éxito. Beba paga por su sensibilidad inverosímil. Venezuela paga por su exuberancia. Tanta maravilla ha terminado por matarla. Sin horizonte social, esclavizada por todos para ordeñarla, culturalmente empobrecida, económicamente depauperada, nadie la ha querido, solo ha servido para poner sobre ella los peores instintos. A Beba tampoco la quiso nadie: una madre que la explotó, un padre pasivo que no la defendió, un marido que la metió en una vitrina, un amante que le sacó el jugo, y un entorno que la manipuló. Nadie trató al ser humano. Nadie miró en el corazón de ninguna de las dos, para darle el trato que se merecían.

En palabras de Pedro Boadas, el mejor amigo de Benítez, psiquiatra a medio hacer y filósofo de vocación, Venezuela se suicidó en masa, el año 1998, cuando eligió a Chávez presidente.

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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