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Adiós a Ana María Pardo ELLA CONTABA HISTORIAS, por Sebastián de la Nuez

Hermanas Pardo
Ana María, a la izquierda. Queta, a la derecha. Y un libro abierto en el medio.

Hace pocos días falleció Ana María Pardo, de la inolvidable Librería Soberbia, recinto de la ilusión y la fantasía que se resolvía en anaqueles, mesas y vitrinas, concitando a bibliómanos y lectores diversos de Caracas; ya no habrá más misterio por desempolvar, queda la memoria fragmentada de un par de mujeres muy especial.

Le encantaba contar sus aventuras de adolescente en el castillo medieval que una vez tuvo su familia en el sur de Francia, Castelnoubel. Le gustaba decir que entre sus ascendientes se encontraba el general Soublette, héroe de la Independencia. Anotaba anécdotas, reunía recortes y fotografías para la siguiente visita del periodista que escribiría sobre Soberbia, la librería atendida durante tantos años junto a su hermana Queta (ver nota aquí). Hubiese sido bueno decirle a Ana María Pardo Pardo —sus padres eran primos, de allí el apellido repetido—, ya en confianza tras varias visitas en su casa de La Florida o luego, en Sebucán, que su risa y su hablar, su andar y sus interlocuciones en francés para que Enriqueta —medio sorda— le entendiese cabalmente, y esa empeñosa forma de perpetuar su propia memoria, tendrán la impronta de lo imperecedero. Su gustosa y cómplice disposición a echarse un buen trago de whisky terminaba por hacerla la abuela más entrañable y cercana que cualquier mortal puSdiese añorar.

Ahora que se acaba de ir, es bueno que le quede esto a sus hermanas —en Europa para siempre— o a la parentela de Caracas: Ana María y Enriqueta hicieron de su oficio una ofrenda. Por quienes las conocieron en Soberbia, o asistieron a sus recorridos de búsqueda del objeto conservado o quizás abandonado —libro, folleto, reliquia, postal, estampa: lo que fuese—, se sabe que poseían las herramientas de una alquimia particular, capaz de convertir en sacro una prenda olvidada en un baúl, en una estantería carcomida por la polilla, en un mercado de las pulgas improvisado dentro del garaje de una casa en mudanza.

Han dejado fragmentos de su sabiduría en librerías, casas particulares y bibliotecas públicas de Caracas, sobre todo. Y, mejor que anécdotas o historias más o menos significativas, han dejado viñetas color sepia que retratan el tránsito de dos mozas francófonas convertidas al criollismo citadino. Una de las viñetas de Ana María —recogida-escrita-contada-vivida por ella— tiene como epicentro la espada de Bolívar. Recordaba que el grupo encargado, dentro del Banco Central de Venezuela, de la sección numismática fue instruido para una tarea: que Ana María tuviese entre sus manos la espada de Bolívar pues estaba en su derecho de ejercer dicho honor, tratándose de una tataranieta del general Carlos Soublette. Su madre se llamaba Margarita Teresa Pardo Soublette y había nacido en 1891.

De modo que se dispuso una pequeña ceremonia oficial y ella recordaría todo un procedimiento, desconectando las alarmas de la bóveda donde se encontraba depositada la espada con otras joyas. Escribió que le causó gran emoción sostenerla entre sus manos.

Pero no siempre se había llevado bien con el Banco Central. Sus relaciones con el ente se habían iniciado cuando, en los años 50, tuvo que consultar en sus boletines estadísticos los precios del café y el cacao. Con esos datos podría determinarse el valor de una indemnización. ¿Cuál? La que le correspondía a su padre, Guillermo F. Pardo de Leygonier, por el decomiso de mercancía durante la ocupación alemana. Los sacos de Guillermo Fortunato, provenientes de Venezuela, se hallaban en el puesto de El Havre al momento de la intervención, en 1940.

Ana María trató de consultar, pues, los boletines del BCV para que el padre recuperara lo perdido (otra coincidencia entre el nazismo y el chavismo: les encanta confiscar lo ajeno). Tuvo que llamar al bedel [así mismo dijo y escribió Ana María: bedel] para que constatara cómo estaban de mutilados estos boletines y la propia directora de la Biblioteca deploró el estado en que se encontraban esos materiales. Todo ello fue importante para validar la reivindicación posterior que beneficiaría a Guillermo Fortunato.

En otras viñetas uno puede asomarse sobre el vecindario de Puente Anauco y observar a las hermanas Isabel y Camila Marturet en un trágico trance; la triste decadencia de las Sanabria, hermanas de Edgar (expresidente provisional de Venezuela) en andrajos por los alrededores del Hotel Waldorf pues nadie se ocupaba de su demencia senil; el saludo facha del nieto de Mussolini saliendo de almorzar en la Casa de Italia. O, en Francia, el descubrimiento de un cofre de la Gestapo en el sótano de un edificio residencial del Distrito 16; el soldado del Ejército norteamericano encargado de velar por la familia Pardo, Tanto Gusto (lo único que sabía decir en español, y así lo apodaron en la familia) o el soplón al servicio de Pérez Jimén

Una vista interna de Castelnoubel, hacia 1940.

ez, en la embajada venezolana, que provocó el despido de Guillermo Fortunato por recibir las cartas que le llegaban a Miguel Otero Silva, enemigo del régimen. En fin. Es toda una historia hecha de fragmentos, de viñetas, de vívidas reminiscencias.

En estos días, la ciudad de Caracas es un campo desolado después de una batalla cruenta. No hay consuelo posible ante esa densidad amorfa de la tragedia colectiva, que hace casi irrelevante la desaparición de Ana María Pardo. Casi. Porque hay una legión de amigos que guardan en sus estantes un tesoro, o varios, y seguramente fue ella junto a Queta quien los puso en sus manos.

Publicado originalmente en http://www.hableconmigo.com

 

 

Sobre Alfonso Molina

Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores.

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