Chet Baker / UNA MELODÍA LEJANA, por Edilio Peña

Sin embargo, el trompetista no estaba cansado y no tenía sueño.

Caminaba con el resplandor suave de la luna. Había tocado la trompeta toda la noche subyugando a un público ebrio y entusiasta.

Lo había hecho con los ojos cerrados, porque era la mejor manera de sentir la música. Inclusive, cuando cantaba una canción demasiado triste. Algunas de esas que llenaban de lágrimas los ojos de las mujeres solitarias.

Sin embargo, el trompetista no estaba cansado y no tenía sueño. La calle solitaria lo había hecho suyo. Había olvidado los aplausos, pero no el rostro de aquella mujer que lo miró intensamente, antes de que él desapareciera por la puerta del bar. Cuando el amor toma, no deja. Había oído decir.

Caminaba lentamente sin pensamientos, con el humo de un cigarrillo que lo envolvía. De repente, detuvo sus pasos, levantó la cabeza y se quedó mirando el ojo azul de la luna. Llevó la trompeta a sus labios y comenzó a tocar una melodía lejana que jamás había tocado. De repente, a sus espaldas, oyó la tibia voz de una mujer que le susurraba al oído.

—¿Sabes?, estás hecho para amarte.

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