La otra cara / URGE LA SANIDAD, por Inés Muñoz Aguirre

¿Cómo empiezo a sanar sin pensar que hay otro que no soy yo, quien tiene la solución?

Nos ocurren muchas cosas negativas. Todo a nuestro alrededor se desmorona. Hacer una lista de lo que nos sucede como sociedad sería algo interminable. Cada día ocurre algo peor y sabemos que todavía podemos llegar más abajo.

Sin embargo, en lo particular hay un tema que para mí es el más grave de todos: hemos sido vencidos emocionalmente. Entiendo que cualquiera de los que lee este texto en este momento podría preguntarme ¿y cómo no? Y yo me contesto a mi misma, que a veces subo y bajo por un tobogán: pues no, porque si me entrego emocionalmente estoy perdida.

Tenemos que sobreponernos para asumir la urgente necesidad de reconocernos, con virtudes, defectos, fallas, aciertos y diferencias. No podemos siempre endilgarnos la razón y negársela al otro, o lo contrario. Tenemos que aprender a escuchar y a partir de allí razonar y ser capaces de dejar a un lado las posiciones cerradas. Tenemos que aprender a decir sin creer que tenemos siempre la razón. Es urgente buscar la sanidad de nuestras emociones. Si nos encerramos y creemos que solo nosotros tenemos la razón, sin reconocer al otro, quiere decir que nos enfrentamos a cierta enfermedad. Creo —y eso lo pueden indicar los profesionales de la psicología o la psiquiatría— que la mente, al igual que lo hace el cuerpo, envía señales cuando algo no está bien. Tenemos mucho tiempo en el que nos comunicamos a través de la agresión, los insultos, la descalificación. ¿Se acuerdan que hace veinte años nos asombrábamos de los comentarios soeces, de las groserías en espacios que antes se respetaban, de la manifestación de ideas que señalaban fuertes resentimientos? Si somos capaces de recordar cuanto nos asombraba y nos hería, tenemos que evitar reproducir tales comportamientos. Sobre todo porque hemos llegado a un punto en el que no hay espacio para la reflexión placentera, se ha atornillado en nosotros el mensaje negativo hasta introducirlo en nuestros tuétanos.

El hambre y la miseria ha derrotado a mucha gente. La ignorancia ha ganado la batalla. En cualquier país —en el que los gobernantes hayan perdido la conexión real con lo que significa ser elegidos para cumplir la tarea de administradores— se somete a la población a la miseria intelectual porque ello contribuye a que no puedas pensar.  ¿Qué ocurre con los profesionales, los hombres y mujeres que defendían el cultivo de los valores, los que dirigieron grandes empresas o se destacaron como catedráticos, los que aún no han hecho maletas dejando el barco a la deriva?

Toda mi disertación se centra en que son ellos los verdaderos líderes y no otros los que tienen que comenzar a trabajar por derrotar en cada venezolano el pensamiento negativo. Si no lo hacemos, cada quien desde la instancia que le corresponde, no tendremos vuelta atrás en muchísimo tiempo. Es importante revisar nuestras actitudes, no las del otro, para poder conseguir respuestas a algunas preguntas: ¿Qué debemos hacer para recomponernos como sociedad desde una  perspectiva social? ¿Cómo empiezo a sanar sin pensar que hay otro que no soy yo, quien tiene la solución?

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